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artículo no publicado

Apuntes para el debate liberal

¿En qué medida el resultado de las pasadas elecciones representa una derrota liberal? El siguiente texto aporta claves para entender el papel del liberalismo ante el próximo gobierno.

¿Se han fijado cómo las palabras cambian, evolucionan, en ocasiones pasan a significar lo opuesto o bien adquieren denotaciones contradictorias? Como la palabra liberal. Como el término liberales. No es lo mismo un liberal en Estados Unidos que en México, el liberalismo de raíz hispana que el inglés o el francés. Prosigo con las obviedades: hay un liberalismo mexicano nutrido de muchas vertientes de pensamiento liberal.

No hace mucho la palabra liberal era usada como insulto, derogatorio, en el debate. Más aún si se le añadía el prefijo neo: podían atribuírsele todos los males del mundo. Sin embargo, también el poder recientemente electo ha presumido en el discurso su ascendencia liberal y ha arrojado el término conservador al rostro de los oponentes.

No es difícil ver que se aproxima una muy interesante batalla cultural e historiográfica sobre quién detenta con mayor legitimidad el membrete liberal (aunque al final se concluya que no existe un solo modelo liberal). Interesante también porque la batalla histórica se librará en el seno del movimiento que llegó a la Presidencia de la República: ¿las muchas izquierdas –e incluso derechas– que aglutinó Morena se reconocen como liberales? Más bien lo contrario, varias han peleado todos estos años contra el liberalismo. Ahora tendrán que acogerse a la buena nueva de que son liberales de raigambre maderista y juarista. Que de hecho siempre han sido liberales. Pero de los buenos. Y para certificarlo redactarán una Constitución moral.

Por eso resulta complejo hablar de la derrota liberal. ¿Perdieron o ganaron los liberales? Ganó Morena, un movimiento iliberal –formado alrededor de una figura carismática– en el que el Ejecutivo tenderá a concentrar poder y a abusar de su autoridad, ignorando a los otros poderes del Estado. Andrés Manuel López Obrador ganó en el marco de una ola populista que recorre el mundo (incluyendo a América Latina, de acuerdo con Michael Reid, en “La sombra de la vuelta al populismo”, publicado en El País). Decenas de países a lo largo del mundo están gobernados por populistas o atraviesan ese proceso (véase “Populismos y representación”, de José María Maravall, en El País). Su victoria puede entenderse como una reacción nacionalista contra el gobierno de Trump y por la corriente antiglobalizadora que se extiende en diversos países, con ejemplos como el Brexit y el proteccionismo trumpiano. Ganó porque estuvo doce años en campaña en comparación con los tres meses que tuvieron el resto de sus contrincantes. Cuando José Antonio Meade y Ricardo Anaya por fin arrancaron sus campañas, ya cada ciudad y pueblo del país estaban tapizados con fotografías de López Obrador abrazando al candidato local de Morena. Un hándicap complicado. Morena ganó porque el PRI adoptó, en connivencia perversa con el gobierno federal, la estrategia de golpear por todos los medios al candidato que ocupaba el segundo lugar y no al que iba en primero. Su estrategia evidentemente fracasó. López Obrador ganó porque la coalición Por México al Frente –que formaron PAN, PRD y Movimiento Ciudadano– nunca funcionó como un auténtico frente, no seleccionaron al candidato ideal y este nunca pudo conectar con los votantes. AMLO fijó la agenda durante toda la campaña. Aprendió de sus errores, manejó con muy buen tino las redes sociales, capitalizó el descontento, supo tejer una formidable red de apoyos en todo el país. Posó como centrista. Ganó por el desgaste histórico del PRI, debido a la pésima popularidad del presidente. Concentró en su figura el rechazo social contra la corrupción, la impunidad, la inseguridad, Ayotzinapa y la Casa Blanca. Aunque perdió en los debates, ganó la confianza de un amplio sector y la fe de otro sector aún más amplio. De manera contundente, Morena ganó las elecciones y perdió el modelo liberal. Perdieron las reformas estructurales liberales y el equilibrio de poderes que defienden los liberales se desbalanceó dramáticamente en favor del poder concentrado en un solo hombre que controlará el gobierno, las cámaras y su partido. El escenario iliberal por excelencia. Eso fue lo que se ganó el 1 de julio.

Si el liberalismo perdió en las urnas, antes había perdido en la batalla de las ideas. El pensamiento liberal no tuvo propiamente un abanderado: Anaya nunca se reconoció como tal y Meade cargaba la enorme losa de la corrupción priista. El liberalismo parecía una marca vergonzante, de clóset. En verdad muy pocos hicieron la defensa del modelo liberal, y esos pocos no fueron convincentes bien porque falló su estrategia de comunicación o bien porque las ideas que representan ya no despiertan ni la imaginación ni el entusiasmo del votante. Acaso ya no sea vigente su defensa del individuo en un entorno que confía en los valores comunitarios. Se votó en contra de su modelo representativo y de equilibrio de poderes. O mejor dicho: en contra del mal funcionamiento de ese modelo. Si hubiera funcionado bien, no estaríamos aquí. ¿En dónde estamos? En la antesala de un gobierno populista.

¿Cuáles son las limitaciones del liberalismo, por qué dejó de entusiasmar? Con claridad las urnas mostraron que las ideas liberales no ofrecen hoy soluciones atractivas para la mayoría. La tentación de señalar estrategias populistas –concentración de todas las campañas del partido en una sola candidatura, ataques recurrentes a los poderes legislativo y judicial, etc.– como las responsables de la derrota liberal no debe sustraernos de la responsabilidad de plantearnos con seriedad qué hicimos mal, qué dejamos de hacer, qué es necesario conservar y qué debemos renovar. No vayamos a caer en la trampa de los socialistas luego de 1989. Cuando se les decía que la caída del Muro de Berlín era una muestra del fracaso del socialismo, ellos respondían que no era así, que había fracasado “el socialismo real”, pero el socialismo, en el empíreo, se encontraba listo para usarse en la próxima revolución. Ahora decimos: no perdió el liberalismo porque este nunca se aplicó. Allá en las alturas el liberalismo sigue inmaculado.

El liberalismo, se dice, no es una ideología sino una actitud ante la vida. Una defensa de la libertad, de las libertades. ¿Se ha dejado de creer en el valor del individuo, del esfuerzo individual a favor de valores gregarios? ¿Se ha dejado de creer en la representatividad, para dar paso a las propuestas de la democracia directa? ¿Se piensa hoy día que el equilibrio de poderes es un obstáculo para el ejercicio pleno del poder, un estorbo para el cambio? Lo cierto es que la sociedad mexicana votó por otorgarle el poder casi absoluto a una sola persona. Y más allá de cualquier membrete o duda, es un deber irrenunciable trabajar para acotar ese poder, para intentar ponerle muros de contención y equilibrio, mediante mecanismos institucionales y el ejercicio de la crítica.

“En mi carácter de titular del Ejecutivo –dijo López Obrador ante miembros del Poder Judicial al recibir su constancia como presidente electo– actuaré con rectitud y con respeto a las potestades y soberanía de los otros poderes [...] no habré de entrometerme de manera alguna en las resoluciones que únicamente a ustedes competen.” ¿Cómo no criticar los adjetivos y las presiones que López Obrador lanzó en contra de las autoridades electorales de Puebla y contra el INE por el tema del fideicomiso? ¿Debemos aplaudir solo las promesas y olvidarnos de las amenazas? Y también: ¿cómo no celebrar que se hayan acelerado las negociaciones sobre el TLCAN? Que miembros de Morena se hayan sumado a las negociaciones ha sido positivo. Aunque no existe todavía un documento final y en este momento no es posible saber qué se acordó, la firma del TLCAN (y lo que el tratado conlleva: un afirmación por la globalización, la competencia, la productividad, el libre mercado, el respeto a la propiedad y los contratos) es ya una señal magnífica, pero no suficiente. Existen gobiernos, como el chino, autoritarios en lo político y liberales en lo económico.

¿Qué se hizo mal? Se votó, puede deducirse de los resultados, en contra de las reformas liberales. De nuevo: ¿no se vendieron bien o no concitan la emoción colectiva? El liberalismo, con sus sistemas de control y vigilancia, no pudo poner freno a la evidente corrupción del actual gobierno. Eso también se castigó en la elección. Fallamos al no poder ofrecer ideas prácticas y atractivas contra la pobreza extrema. Al principio de su sexenio, Peña Nieto propuso, dentro de sus prioridades, una cruzada contra el hambre. No lo cumplió (hoy sabemos que parte de ese dinero se desvió gracias al mecanismo conocido como “la Estafa Maestra”). No hubo suficientes reclamos liberales por ese incumplimiento que afectaba a millones de personas, las más necesitadas del país. No propusimos ideas eficaces para combatir la inseguridad. No asumimos la bandera de la despenalización de las drogas, que no es una solución pero sin duda contribuiría a enfrentar el problema. El tema de la inseguridad es crucial. La gente tiene miedo de que la maten o la asalten y eso hace que busque defensa y refugio en el Estado, que confíe en quien promete remedios fáciles como la amnistía a delincuentes. La falta de medidas liberales que funcionaran llevó a la gente a buscar la protección estatista.

¿Podemos decir, como escribió Octavio Paz en “Nocturno de San Ildefonso”, que “quisimos el bien: / enderezar al mundo. / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad”? Humildad para aceptar qué se hizo mal. ¿Sabremos los liberales examinar con atención las ideas populistas para extraer de ellas elementos que revitalicen el liberalismo? Entre nosotros fue el mismo Paz quien propuso que del liberalismo y el socialismo surgiría una nueva doctrina.

No debemos, me parece, asumir la deplorable actitud de negarlo todo, minimizar cualquier logro. Esa fue la estrategia redituable de Morena. Oponerse a todo por sistema. A todas las reformas, a todos los proyectos, insistir en que la única ocupación del actual gobierno había sido robar. Es necesario justo lo contrario: criticar, analizar, vigilar, enfocar la lupa ciudadana en los actos de gobierno, pero también crear, imaginar, proponer, presentar a la sociedad proyectos alternativos en todos los órdenes.

Las tareas y retos de un liberalismo fortalecido son enormes. Más aún en el escenario de un posible ejercicio del poder absoluto, a las puertas de un gobierno autoritario, iliberal, que además podría usar la careta de gobierno liberal. La primera tarea, la he mencionado, es la contención del poder a través de las instituciones y la crítica. Nos corresponde la constante defensa de la libertad de expresión y creación. Su defensa y su ejercicio. La defensa del Estado laico ante la amenaza de una moral pública impuesta desde el gobierno. La defensa del laicismo en un entorno cargado (no sabemos si solo con propósitos electorales) de motivos religiosos. Es necesario plantear alternativas liberales a las propuestas oficiales en áreas como la seguridad, el empleo, el hambre, la corrupción y la pobreza. Defender una educación democrática e imparcial, sobre todo ahora que la cnte anunció que impedirá la circulación de los libros de texto gratuito, hasta haber revisado su contenido y haberlo adecuado al momento político. Corresponde al pensamiento liberal defender la libertad de mercado y la propiedad, sin dejar de hacer propuestas contra la desigualdad. Es tarea del liberalismo la protección del individuo en tiempos gregarios: las fraternidades forzosas desembocan en sangre. Nos corresponde preservar el pluralismo y la diversidad, decir con fuerza y claridad que no le corresponde al Estado legislar sobre “el alma”, que se le votó para gobernar, no para salvarnos.

El liberalismo debe ser el promotor activo del debate, de la discusión informada, de la deliberación civilizada entre personas con ideas y criterios diferentes, entre funcionarios y críticos, con foros ciudadanos especiales para ello. No queremos funcionarios que usen su Twitter para promoverse, sino funcionarios que puedan explicar y defender sus acciones de gobierno. Debemos exigir más democracia. Que sea más fácil registrar partidos nuevos y también más difícil conservar el registro. Eso sin aumentar el gasto: el dinero será siempre el mismo, pero se repartirá entre más contendientes, de forma proporcional. Toca al liberalismo demandar más transparencia. Ahondar en la transparencia municipal. Atender la idea de Gabriel Zaid de hacer públicos todos los pagos que realice el gobierno. Los liberales debemos pugnar por abrirnos al mundo ahora que las políticas proteccionistas amenazan con cerrar cada vez más espacios a la globalidad.

Toda acción social, política, cultural, señala Mark Lilla en El regreso liberal, debe ir acompañada de una estrategia electoral. No necesariamente por un partido específico. En el caso concreto mexicano: en tres años se celebrará una consulta para revocar el mandato de López Obrador (obligación que se autoimpuso para vender su proyecto) y se realizarán elecciones intermedias. Una meta posible será buscar que se pierda el dominio de las cámaras. ¿Para obstaculizar al gobierno? Por supuesto que no. Para recuperar el principio de que el contrapeso es saludable a la vida democrática. ¿Y si las cosas marchan bien es necesario ese contrapeso? La oposición no es un lastre ni una condena, es una condición indispensable de la democracia. La oposición implica crítica y tolerancia a la crítica. Nos corresponde proponer alternativas y ponerlas a debate.

Quién es liberal y quién no es cosa que debe discutirse, sin duda. El liberalismo es sobre todo un temple. Una disposición de ánimo. En defensa de la libertad, del individuo, de la tolerancia, del respeto a la ley, de las oportunidades parejas para todos. Contra el poder absoluto. Contra el poder. Contra el Uno. ~


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