Anatomía de un jazzista enojado | Letras Libres
artículo no publicado

Anatomía de un jazzista enojado

Sue Graham Mingus
Mingus & Mingus. Mi vida con el hombre furioso del jazz
Traducción, prólogo y notas de Elisa Corona Aguilar
Ciudad de México, La Cifra, 2020, 256 pp.

 

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Resulta revelador que la autobiografía de Charles Mingus, Menos que un perro, esté escrita en tercera persona y comience con un diálogo entre el músico y su psicoterapeuta alrededor de los tres Mingus que conviven en su interior: uno despreocupado que se limita a observar, otro violento por miedo a ser agredido y uno más, amable y confiado, que luego no sabe qué hacer con los atropellos profesionales de los que se cree víctima. Ese desdoblamiento puede verse como un simple recurso narrativo pero también como una necesidad espiritual: en algún momento el músico quiso usar la meditación para salir de su propio cuerpo y morirse. Falló, admitió después, por cobardía, pero nunca abandonó –como demuestra Menos que un perro– el deseo de escapar de sí mismo.

El uso de la tercera persona no es la única convención que Mingus quiso romper en un libro en el que, por supuesto, hay lugar para las escenas previsibles de toda autobiografía musical: el hallazgo del instrumento que lo haría famoso, el profesor que le dice que nunca podrá tocar los clásicos como se debe, los cameos de algunas leyendas del nivel de Thelonious Monk o Charlie Parker, o sus polémicas opiniones acerca del jazz. Sin embargo, sobre todas esas coas, es evidente cierta obstinación con otro tipo de experiencias –la violencia, el sexo, el abuso laboral, su sufrimiento por no ser ni lo bastante blanco ni lo bastante negro para sentirse parte de una comunidad– que es fácil entender por qué un editor lo calificó como “el libro más sucio que había leído jamás”. Según Gene Santoro –autor de Myself when I am real. The life and music of Charles Mingus (2001)–, el músico había empezado a escribir su autobiografía a mediados de la década de los cincuenta y, durante quince años, había expandido y reescrito el texto (añadiendo “críticas mordaces sobre el negocio de la música, un reparto de personajes del ámbito musical y de la calle, mucho sexo explícito destinado a ser escandaloso junto con conversaciones románticas sobre el amor en la adolescencia, insistentes reflexiones sobre los lados divino y espiritual de la vida y algunas estrategias verbales a lo James Joyce”), pero no había encontrado editor hasta 1971, cuando salió a la luz con recortes que redujeron a un tercio su extensión original. Menos que un perro termina con una conversación sobre Dios con el trompetista Fats Navarro, muerto en 1950, por lo que podemos deducir que cubre las tres primeras décadas en la vida de Mingus, años cruciales pero no especialmente productivos en materia musical. De ahí que el contrabajista se muestre más preocupado en narrar sus aventuras con bullies y prostitutas que en hablar de jazz.

Está, por supuesto, el asunto de que muchas de sus palabras no pueden tomarse al pie de la letra. Los abundantes diálogos que pueblan el libro parecen obedecer más al afán de Mingus por desdoblarse que por reproducir una conversación que en verdad haya tenido lugar. Uno de sus compañeros, el baterista Dannie Richmond, decía que “buena parte de lo que Mingus escribió a lo largo de su vida era fantasía”. De ahí que la primera biografía importante sobre el contrabajista –Mingus. A critical biography (1984), de Brian Priestley– haya sido escrita en respuesta a las desaforadas memorias del músico (en las que el biógrafo reconoce, sin embargo, eventos que “encierran al menos una verdad simbólica”).

Por este y otros motivos, un libro como Tonight at noon, la historia personal de la cuarta esposa de Mingus, Susan Graham Ungaro, conocida después como Sue Mingus, merece más atención y mucho mayor reconocimiento. Mujer blanca graduada del Smith College, periodista y fugaz actriz, Sue ofrece un relato de primera mano que, por un lado, evita la conmiseración y, por el otro, la hagiografía. Cuando Charles y Sue se conocieron en 1964 ambos vivían el final de sus respectivos matrimonios con hijos y tuvieron que pasar once años antes de casarse (en una ceremonia formal y no en la que les había improvisado Allen Ginsberg a mitad de una fiesta). Tonight at noon, que toma su título de una expresión popular entre los músicos –“Esta noche al mediodía”, una forma de decir que los horarios siempre están patas arriba en las presentaciones en vivo– y de un brillante álbum de Mingus, se vende como “una historia de amor”. La etiqueta puede dar una idea equivocada si pensamos en un insípido romance entre dos personas opuestas (ella provenía de la limpia y segura Milwaukee y él de la conflictiva Watts), pero desde la primera página es claro que Tonight at noon es mucho más que eso.

Traducidas recientemente al español por Elisa Corona Aguilar con el título de Mingus & Mingus, las memorias de Sue ofrecen no solo un panorama que va de mediados de los sesenta hasta la muerte de Charles en 1979, sino que nos muestran opiniones, escenas y gestos que Mingus nunca fue capaz de advertir en sí mismo y que, gracias a la agudeza para los detalles por parte de la autora y su empeño por no ser solo una simple nota al pie en la vida de una celebridad, superan en humanismo, aspiraciones literarias y humor al libro del músico. Las diferencias llegan a ser notables: ahí donde Mingus se jacta de su capacidad, digamos, atlética (por ejemplo: tener sexo con veintitrés mujeres, o al menos eso asegura, en una misma noche), Sue observa las distintas facetas de un cuerpo que puede lo mismo dar muestras de ternura que moverse, atril en mano, para perseguir a un tipo del público que lo ha insultado. Un cuerpo que, como se sabe, terminó por sucumbir a la esclerosis lateral amiotrófica: “Cuando has visto a tu esposo ser uno de los hombres más físicos, más dinámicos que jamás habías conocido y luego convertirse en una calabaza en silla de ruedas sin perder su magnetismo o su pasión o su atractivo, entonces ya nada te parece extraño.”

El rango espiritual y de personalidad también es más amplio: en su libro, Sue se propuso entender el temperamento explosivo que hizo famoso a su marido y le dio el sobrenombre del “hombre furioso del jazz”. En el escenario, Mingus parecía un poseso, dice Sue, fustigando lo mismo a sus compañeros músicos que al público, rugiendo “como una locomotora fuera de rieles” y, a la vez, creando arte con esa dinámica que podría parecer más propia de un buscapleitos que de un creador en estado de gracia. Lejos de los reflectores, Mingus también llegaba a ser irascible, injusto y fanfarrón, pero había poderosas razones sociales y psicológicas detrás. A menudo el músico sufría de actitudes discriminatorias por parte de todo tipo de personas, incluso de los taxistas que no querían darle la parada por su color de piel, y en respuesta había diseñado una serie de estrategias, varias de ellas intimidantes, para hacer valer sus derechos. Peleaba, dice Sue, no porque lo disfrutara sino “porque había aprendido cómo y había funcionado”. Una vez iniciada esa forma de supervivencia era imposible dar marcha atrás: en una ocasión, por ejemplo, entró al departamento de contabilidad de Columbia Records vestido con traje de safari y una escopeta para preguntar por qué se habían retrasado con las regalías, y en otra había llevado a la negociación de un contrato a un amigo que pasó todo el rato afilándose las uñas con un cuchillo frente al ejecutivo de la compañía. Llamaba “enojo creativo” a ese tipo de desplantes.

En un principio, el libro iba a llamarse Relato de un artista moribundo y se enfocaría en la lucha que Mingus había emprendido contra la esclerosis, después de un diagnóstico desesperanzador, y en el viaje que había realizado a Cuernavaca, al lado de Sue y otras personas, en busca de una curandera que lograra el milagro. Esos catorce meses de angustia –en los que también se barajea la opción de la eutanasia y el suicidio: “Me cortaría las venas, pero no puedo mover las manos”, llegó a decir una tarde– ocupan, como era de esperarse, una buena parte del relato. Para nuestros tiempos resulta estremecedora la carrera a contrarreloj en busca de un remedio (el que fuera: hipnosis, acupuntura, inyecciones de órganos de cordero no nacido, una fórmula rusa, etc.) y aquellos episodios en los que el cuerpo de Mingus deja de responder a su voluntad, incluida una tristísima escena en la que trata de tocar su contrabajo y, después de algunas notas, “dejó caer las manos de las cuerdas y le regresó el instrumento a la enfermera”, para no volver a intentarlo jamás. La etapa mexicana, que podría prestarse al exotismo o la caricatura, conmueve porque Sue sabe dibujar las diferencias culturales y las interacciones con los lugareños sin ocultar los desencuentros, los momentos de solidaridad y la creciente sospecha de ser víctimas de un fraude. Ninguno de los implicados parece estar del todo convencido de que una bruja fuera a devolverle la salud a Mingus, pero al mismo tiempo se muestran decididos a seguir los grotescos tratamientos hasta el final.

Sue tuvo el acierto de no escribir un diario de la enfermedad, que habría dado como resultado un texto desgarrador, pero de alcances limitados. Describe toda una época y narra, en efecto, una “historia de amor”, con las desavenencias, inseguridades y contradicciones que la palabra sugiere. Aún más: corre el riesgo de no centrarse en Mingus ni en las figuras culturales de primer orden –Joni Mitchell, Dizzy Gillespie, Max Roach, Timothy Leary– que estuvieron a su alrededor sino que incluye a una comunidad de gente ordinaria cada vez más significativa. En Mingus & Mingus hay espacio para hablar de Eugene, hijo del primer matrimonio de Charles, medio adicto y medio ladrón, o de Arturo, el enfermero, entre otras muchas personas. Sue crea inspirados retratos en miniatura, al tiempo que, en su papel de coprotagonista, acepta la responsabilidad de dibujarse a sí misma con honestidad, autocrítica y humor. El mayor logro de Mingus & Mingus es esa voz que Sue construye para contar su relato de amor y de muerte: cercana pero no sensiblera, divertida, curiosa, reflexiva, capaz de conectar las ideas y los actos, la pasión musical y los intereses comerciales, la espiritualidad y las convicciones políticas de un músico al que la autora vio por primera vez comiendo solo en el bar donde iba a tocar y al que describió, con precisión insuperable, como “una isla remota caída por accidente en un mar de gente”. ~


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