Ana Mairena más allá de la nota roja | Letras Libres
artículo no publicado

Ana Mairena más allá de la nota roja

La madrugada del 6 de octubre de 1978, la escritora Asunción Izquierdo Albiñana y el político Gilberto Flores Muñoz fueron degollados con un machete mientras dormían en su casa, ubicada en avenida Palmas 1535, Lomas de Chapultepec. El nieto fue declarado culpable por ese crimen, entre numerosas dudas acerca de su responsabilidad. A la mañana siguiente, el periódico El Día en primera plana lamentó la muerte de una “colaboradora distinguida, dama dignísima y mujer creativa”. No fue el único eco de aquella noticia: Vicente Leñero dedicó su libro Asesinato. El doble crimen de los Flores Muñoz a relatar a detalle la serie de descuidos, omisiones e ilegalidades del caso. “El Negro” Durazo era en ese momento jefe de la policía capitalina.

La señora Izquierdo Albiñana no solo era colaboradora de El Día sino que había escrito algunas obras de ficción, entre ellas la historia de un hombre que mata con un machete a una mujer rica. Su nombre es difícil de asociar con la literatura mexicana porque durante toda su vida escribió bajo diversos pseudónimos.

Hija de padres valencianos, un sacerdote y una monja que renunciaron al llamado eclesiástico por amor, María de la Asunción Magdalena Felícitas Izquierdo Albiñana (San Luis Potosí, 1910) se casó, acorde con la época, al cumplir la mayoría de edad con el militar Gilberto Flores Muñoz, uno de los fundadores del Partido Nacional Revolucionario (pnr). Publicó “Una aventura blanca”, su primer cuento, en El Universal Ilustrado en 1932; ese mismo año, con el nombre de Psique Hadaly, “Los Caleros de San Miguel”, en la revista universitaria Juventud. Para entonces, su esposo era diputado federal y en ese tiempo, como ahora, las esposas de los funcionarios públicos se dedicaban a difundir programas sociales y no a la promoción de sus aptitudes personales.

Firmada como A. Izquierdo Albiñana, su primera novela Andréïda (El tercer sexo) se publicó en 1938. Apegada a las convenciones que el género tenía a principios de siglo –omnisciencia del narrador, estructura cronológica, lirismo en la descripción, divagaciones morales y filosóficas, tono melodramático–, narra la historia de Andréïda en un internado para señoritas en Estados Unidos, donde sobresale por su inteligencia y escandaliza a sus compañeras debido a sus ideas acerca de transformar a la mujer en el espécimen autosuficiente de un llamado tercer sexo. Con su nombre auténtico publicó una novela más –Caos en 1940. Cuando Flores Muñoz fue senador en 1941, se opuso a que escribiera, pero ella lo hacía a escondidas, bajo distintos pseudónimos: Alba Sandoiz, Pablo María Fonsalba y Ana Mairena. “Siempre que su marido se enteraba, se peleaban terriblemente y ella inventaba otro sobrenombre”, dijo su amigo cercano Agustí Bartra a Excélsior en 1978.

Desde las páginas de El Nacional Pedro de Alba se preguntaba en 1945 cómo era posible que Alba Sandoiz demostrara el perfecto dominio del arte de escribir, al tiempo que reconocía que México apenas empezaba a darse cuenta de las facultades artísticas de las mujeres. A su vez, el crítico Manuel Pedro González la consideró una novelista joven que aún no escribía su mejor obra, pero que alcanzaría prestigio y fama en los próximos veinte años, siempre y cuando lograra corregir “las fallas que invalidan todas y cada una de sus novelas; defectos de lenguaje, técnica y gusto”.

Su situación le impedía por un lado usar su nombre real y, por el otro, relacionarse con el medio literario. Al escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle le dijo en una carta: “Ha de saber que deambulo a ciegas, privada de todo cambio de impresiones y cuando una persona, como usted, se acerca a mí, bendigo la maravilla que no merezco y no alcanzo a salir de tal deslumbramiento.” En otra misiva le cuenta a la escritora peruana Emilia Romero: “Se me ocurrió enviar un cuento [‘La princesa Vxuú’] al Certamen del Cuento Mexicano y salió premiado. Y fue así como me vi ante el dilema de no identificarme o adoptar un nuevo pseudónimo y servirme de una tercera persona para reclamarlo y esto fue lo que hice con el concurso de Graciana Álvarez del Castillo, mi excelente amiga.” A partir de ese momento se hizo llamar Pablo María Fonsalba; su esposo se convertiría en poco tiempo en precandidato a la presidencia y secretario de Agricultura y Ganadería, en el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines.

Basada en el asesinato a puñaladas de la millonaria Mercedes Cassola y su amante Ycilio Massine, ocurrido en la Ciudad de México en 1959, Izquierdo Albiñana escribió Los extraordinarios. Esta novela cuenta la historia de Jacinto Rosales, originario de Aquismón, pueblo de la Huasteca Potosina, un joven pobre de ojos verdes, con aspiraciones de pintor, que recién llegado a la capital decide robar y matar con un machete a Mercedes, su patrona en el taller mecánico, pues, en su opinión, solo los ricos pueden darse el lujo de ser buenas personas y él fantasea con comprarse esa cualidad. El libro –una “sátira contra el lumpenproletariado endiosado por el miserabilismo”, en palabras de Christopher Domínguez Michael– llegó a ser finalista en el prestigioso Premio Biblioteca Breve, que al final se declaró desierto, y convirtió a Izquierdo, bajo el pseudónimo de Ana Mairena, en la primera mexicana en alcanzar ese reconocimiento.

De 1973 a 1978, como Ana Mairena, escribió en El Día “Crónicas al vuelo”, una columna semanal sobre asuntos de actualidad, mujeres y política. Dos entregas llamaron la atención por su carácter indiscreto y a contracorriente. En “El rostro con el que me iré” hace una reflexión desgarradora sobre la identidad, a la par que pone en evidencia su imposibilidad de callarse y seguirse escondiendo detrás de las múltiples máscaras que había portado hasta ese entonces. Campean el dolor, la desilusión y la ira contra su destino: “Conozco el riesgo de elegir, entre mis diez mil rostros, la prefiguración fugaz y perecedera de aquel que me seguirá cuando yo ya esté imposibilitada de seguir.” En “Lamentable ‘muestra’ de liberación femenina” retoma una noticia reciente sobre un filicidio para manifestar su desacuerdo con esas mujeres modernas que son capaces de asesinar a sus propios hijos porque no quieren saber nada sobre pañales y que “jamás sentirán en su regazo el dulce peso de un niño”. El texto le valió una tremenda crítica por parte del equipo editorial de la revista Fem, que la tildó de antifeminista por asociar la liberación femenina con el instinto homicida (vol. 1, núm. 4, 1977, p. 101).

Cuando la periodista y precursora del feminismo en México, Adelina Zendejas, le preguntó a Asunción sobre la liberación femenina, ella le respondió: “¿Para qué quiero liberarme? Yo escribo porque me gusta y uso pseudónimo para que el señor no se enoje y ya” (Excélsior, 25 de noviembre de 1978). El comentario aludía, por supuesto, a su esposo que para entonces era el director general de la Comisión Nacional de la Industria Azucarera.

Aunque en la actualidad sus libros son prácticamente inconseguibles –Cena de cenizas y Los extraordinarios aparecen de pronto en las librerías de viejo–, leer la obra de Ana Mairena permite adentrarse no solo en la situación que tenían las escritoras en México a mediados del siglo XX sino atisbar una vida más allá del horrendo crimen que pareció vaticinar en su muy celebrada novela. ~


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