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artículo no publicado

Alamán de carne y hueso

Alabado por los conservadores y vituperado por los liberales, muchos escribieron sobre Alamán, pero los menos trataron de entenderlo, de poner en contexto la complejidad de sus acciones y opiniones.

Nunca terminará la discusión sobre el papel de Lucas Alamán en la historia de México. La polémica lo alcanzó en vida, se ha prolongado por los siglos y se reavivó hace apenas un par de meses, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador lo utilizó para descalificar a uno de sus adversarios como si su nombre llamara al desprecio o la vergüenza. Desde una concepción estatuaria de la historia de nuestro país sin duda es así, pero un retrato realista de don Lucas no puede pintarse de esa manera, en blanco y negro, sino en color y con profundos matices.

Lucas Alamán y Escalada nació en 1792 en Guanajuato, ciudad que vivía entonces el auge que años después haría decir al capitán Ignacio Allende con el característico chovinismo criollo: “preciosa ciudad que debe ser capital del mundo”.

Carlos María de Bustamante, Campañas del general D. Félix María Calleja, Ciudad de México, Imprenta del Águila, 1828, p. 25.

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 Hasta aquel edén minero, fundado sobre el trabajo de miles de trabajadores que horadaban las entrañas de los montes en busca de oro y plata, llegó repentinamente la revolución el 28 de octubre de 1810.

La depredación de los insurgentes y la matanza de los españoles que habían buscado refugio en la Alhóndiga de Granaditas marcaron profundamente al joven Alamán. Nunca se reconciliaría con la rebelión del cura Miguel Hidalgo, responsable de aquella “reunión monstruosa de la religión con el asesinato y el saqueo”.

Lucas Alamán, Historia de Méjico, tomo i, Ciudad de México, Imprenta de J. M. Lara, 1849, p. 379.

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 Los Alamán se vieron obligados a emigrar de la ciudad devastada: “pasó mi familia a establecerse a Méjico, lo que fue el motivo de mis viajes y de todas las vicisitudes de mi vida, que sin esta causa habría pasado tranquilamente en Guanajuato, en las ocupaciones del giro de mi casa”.

Idem, tomo II, 1850, p. 65.
 

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Lucas Alamán continuó sus estudios en el Colegio de Minería y emprendió en 1814 una travesía por España, Francia, Inglaterra e Italia que se prolongaría hasta 1819, cuando la quiebra del negocio materno lo hizo retornar. En 1821, elegido diputado por la provincia de Guanajuato, viajó nuevamente a España. Con otros representantes novohispanos, como José Mariano Michelena, Lorenzo de Zavala y Miguel Ramos Arizpe, defendió ante las Cortes los intereses de su patria, guiado por un liberalismo cercano al de su admirado Gaspar de Jovellanos. El grupo de diputados americanos consiguió, entre otras cosas, que el notorio liberal don Juan de O’Donojú fuera nombrado jefe político superior de Nueva España.

Alamán destacó como autor de un proyecto que recuperaba el viejo plan de convertir al Imperio español en una confederación de reinos autónomos. La propuesta se leyó el 25 de junio de 1821, pero fue rechazada por los diputados peninsulares por contravenir el juramento de respetar la integridad del territorio español. Alamán ciertamente abominaba de Hidalgo, pero le seducía la idea de la independencia de Nueva España. De hecho, su proyecto de autonomía no estaba muy alejado de lo propuesto por Agustín de Iturbide en el Plan de Iguala del 24 de febrero anterior: la independencia bajo una corona borbónica.

El proceso final de la independencia mexicana coincidió con las ideas de Alamán, según las cuales los cambios debían ser ordenados, graduales y responder a la naturaleza de las naciones.

Por contraste, la revolución de Hidalgo para él había sido “una revolución vandálica, que hubiera acabado con la civilización y prosperidad del país”, idem, tomo V, 1852, p. 352.

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 Aunque no presenció la entrada de Iturbide a la capital, el 27 de septiembre de 1821, años después proyectó su alegría de entonces al evocarlo como “el único día de puro entusiasmo y de gozo, sin mezcla de recuerdos tristes o de anuncios de nuevas desgracias, que han disfrutado los mexicanos”.

 Idem, p. 333.

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El 13 de febrero de 1822, las Cortes españolas declararon sin ningún efecto los Tratados de Córdoba firmados por Iturbide y O’Donojú. Sin posibilidades de revertir el hecho consumado de la Independencia, el rechazo solo aseguró la ruptura entre ambas naciones. Iturbide, a la postre, sería coronado emperador. Aquel desenlace debió desazonar a Alamán, favorable a la opción borbonista. Con todo, tras su caída –semanas después del regreso de Alamán a México– señaló que hubiera convenido sostenerlo “con un título que lo expusiese menos a la censura”.

Idem, p. 638.

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Alamán se desempeñó como ministro de Relaciones Interiores y Exteriores en el triunvirato encargado del poder ejecutivo en 1823 y fue confirmado en el cargo por el presidente Guadalupe Victoria en 1825. En estos años, Alamán puso a salvo de la furia pública la estatua de Carlos IV y los restos de Cortés. Interesado en el rescate y la creación de instituciones de cultura, fundó el Archivo General, organizó el Jardín Botánico, apoyó a la Academia de San Carlos y estableció el Museo de Antigüedades e Historia Natural.

Colaboró también en la redacción del proyecto de Acta Constitutiva de la Federación, en tensión con los estados que reclamaban mayor independencia. Obtuvo el reconocimiento de la Gran Bretaña e inició la difícil negociación de un tratado comercial. Procuró fortalecer los lazos con Texas, provincia en que se advertían ya amenazas secesionistas, pero al mismo tiempo respetó la separación de Guatemala, razón por la que fue muy criticado por sus contemporáneos.

Alamán renunció a su ministerio en septiembre de 1825, a causa del creciente poder de la masonería yorkina y la funesta influencia del embajador norteamericano Joel R. Poinsett en el gobierno. Comenzaba a distinguirse entre los afectos a ese grupo a quienes se convertirían en sus mayores adversarios políticos.

En 1828, al final del periodo de Guadalupe Victoria, la disputa entre masones escoceses y yorkinos llevó a un grave conflicto poselectoral entre Manuel Gómez Pedraza y Vicente Guerrero que se saldó con la revolución de la Acordada y el saqueo del Parián. De manera ilegítima pues había perdido en las urnas, Guerrero llegó a la presidencia de la república. El nuevo presidente expidió el decreto de abolición de la esclavitud el 15 de septiembre de 1829. Aunque Alamán se había opuesto a la introducción de esclavos por los colonos texanos y consideraba su liberación como “muy buena”, el hecho le arrancó uno de los comentarios más innobles de su vida, quejándose de que la manumisión se declaraba “sin disponer nada acerca de indemnizar a los dueños”.

Idem, p. 469.
 

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Guerrero no duró mucho en el cargo: declarado incapaz para gobernar por el Congreso, huyó de la Ciudad de México para reemprender su guerra de guerrillas en el sur del país. A su salida y durante una semana larga, a fines de 1829, Alamán –en compañía de Pedro Vélez y Luis Quintanar– ejerció el poder ejecutivo.

Anastasio Bustamante, designado a la presidencia, recuperó a Alamán como ministro de Relaciones a principios de 1830. Tal fue su influencia en este gobierno que atinadamente se le ha llamado la “administración Alamán”. El guanajuatense creó en octubre de ese año el Banco de Avío para el fomento de la industria nacional. La educación fue otro de sus grandes afanes, pues la entendía como la verdadera base de la libertad: “sin instrucción no hay libertad, y cuanto más difundida esté aquella, tanto más sólidamente cimentada se hallará esta”.

Moisés González Navarro, El pensamiento político de Lucas Alamán, Ciudad de México, El Colegio de México, 1952, p. 33.

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 Reformó la enseñanza superior y creó escuelas técnicas, pero sus esfuerzos no alcanzaron a las clases populares.

Con respecto a la Iglesia, si no se obtuvo entonces el reconocimiento por parte de Roma, por lo menos el papa concedió el nombramiento de nuevos obispos, indispensables para la continuidad de la vida religiosa mexicana. Su desinterés por reclamar el patronato de la Iglesia, concedido por el papa a los reyes españoles y que los liberales exigían se reconociera al gobierno mexicano, fue visto por estos como “servil acatamiento a la voluntad del clero”.

Idem, p. 62.

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 Alamán coincidía sin embargo con algunas opiniones liberales, como la de hacer en lo posible gratuitas las obvenciones parroquiales.

Uno de los propósitos más importantes de Alamán como ministro de Relaciones fue el de la integración hispanoamericana. Se trataba de un proyecto para erigir a México en la “metrópoli de toda la América” sobre la base de un “pacto verdaderamente de familia, que hará una sola de todos los americanos unidos para defender su independencia y libertad y fomentar su comercio y mutuos intereses”, como había afirmado desde 1823.

Francisco M. Cuevas Cancino, El pacto de familia, Ciudad de México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1962, pp. 14 y 26.

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 En 1831 reafirmó esa voluntad enviando dos ministros plenipotenciarios a Centro y Sudamérica con la misión de revivir la idea de una asamblea americana como lo había intentado Bolívar con el Congreso de Panamá de 1826. Sin embargo, los retrasos en su misión y la salida de Alamán del ministerio frustraron el proyecto.

Aunque la “administración Alamán” no renegó del federalismo, a nuestro personaje le atraía ciertamente más “la república central, con cierta amplitud de facultades en las provincias, divididas estas en territorios más pequeños, para hacer el bien local sin los inconvenientes que producen las soberanías de los estados”.

 Lucas Alamán, op. cit., tomo V, p. 807.

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 Le preocupaban los defectos de la Constitución federal de 1824 respecto a la división de poderes, lo que él llamaba la “monstruosa acumulación de poder en los cuerpos llamados legislativos” en perjuicio del débil poder ejecutivo.

Moisés González Navarro, op. cit., p. 33.

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 ¿Bastaban estas convicciones para llamarlo conservador? En esta época, aún no. Rechazando las categorías tradicionales, el suyo era todavía un “liberalismo centrista”.

 Así se explica en Josefina Zoraida Vázquez, “Centralistas, conservadores y monarquistas, 1830-1853”, en William Fowler y Humberto Morales Moreno (coords.), El conservadurismo mexicano en el siglo XIX, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/University of St Andrews/Gobierno del Estado de Puebla, 1999, p. 117.

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El gobierno de Bustamante combatió con saña a Guerrero y sus partidarios. Para Ignacio Manuel Altamirano, aquella “represión feroz y despiadada” se desarrolló por consejo de Alamán.

 Ignacio Manuel Altamirano, Historia y política de México (1821-1882), Ciudad de México, Empresas Editoriales, 1947, p. 38.

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 El punto culminante llegó con la aprehensión de Guerrero mediante engaños y su ejecución en Cuilápam, Oaxaca, en febrero de 1831.

Antonio López de Santa Anna, ya para entonces imprescindible en toda revuelta, se levantó contra Bustamante en enero de 1832. El presidente solicitó licencia para combatir personalmente a los rebeldes, pero en diciembre capituló y aceptó la creación de un gobierno interino en tanto se celebraban elecciones. En estas resultaría triunfador Santa Anna, con Valentín Gómez Farías como vicepresidente. El 6 de abril del año siguiente, Alamán fue formalmente acusado por haber dado su consentimiento al fusilamiento de Guerrero. El exministro se mantuvo escondido durante más de un año y no fue absuelto por la Suprema Corte hasta el 17 de marzo de 1835.

Comenzó entonces en la vida de Alamán un largo periodo de alejamiento de la política. Concentrado en la administración de los bienes del duque de Monteleone –heredero napolitano de las propiedades de Hernán Cortés– y de sus propios negocios, que incluían una procesadora de algodón en Orizaba y una fábrica de paños en Celaya, contempló con angustia el rápido deterioro del país: la independencia de Texas, la primera intervención francesa, la ocupación estadounidense, la pérdida de la mitad del territorio nacional, la amenaza de nuevas secesiones, la vida política sometida al militarismo. México era ya solo una sombra de lo que había sido la orgullosa Nueva España.

El pensamiento de Alamán en aquellos años de depresión nacional sufrió una evolución, fruto de su decepción y del horror al desorden y la destrucción que identificaba con sus enemigos políticos. Del liberalismo moderado pasó a un conservadurismo franco, especialmente en el tema cardinal del papel de la Iglesia en la vida pública de México.

Alamán se pretendía realista: para construir la nueva nación, afirmaba, los liberales no habían hecho más que echar abajo el edificio colonial sin que estuviera claro su éxito. La expulsión de los españoles en 1827, el saqueo del Parián, el caso de Lorenzo de Zavala, tan fiel a su ideología liberal que traicionó a su patria para ser vicepresidente de la república de Texas, las provocaciones anticlericales de Gómez Farías, todo ello ejemplificaba la pérdida de un orden estable para fundar un sistema “extravagante” en lo religioso y lo político, “si sistema puede llamarse a la destrucción de cuanto existe”

Moisés González Navarro, op. cit., p. 59.
 

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¿Cómo rescatar a México? Procurando conservar lo que no se había destruido aún. Industrializando al país y educando a sus ciudadanos. Dejando de lado las pretensiones de alcanzar un sistema político como el de Estados Unidos, ajeno no solo a los deseos sino a la situación real de las provincias mexicanas. Y, sobre todo, ante un país todavía extenso, deshabitado, incomunicado, pobre y dividido, reforzando el único lazo de unión que quedaba entre sus pobladores: el de la religión católica. El progreso no sería obra de una imposición violenta y destructiva, sino fruto de la lenta evolución de la sociedad en armonía con su historia.

Alamán no era, con todo, un tradicionalista: en su pensamiento no cabía la posibilidad de regresar al viejo orden de los gobiernos absolutos. Su apego a la Iglesia tampoco llegaba al extremo de hacerle partidario de la Inquisición, como se le acusó años después: de joven sufrió la persecución del tribunal por tener libros prohibidos, y en sus textos siempre la criticó como un ente desprestigiado por sus fines más políticos que religiosos. Si Alamán llegó a favorecer una opción monárquica es todavía discutido. Lo cierto es que tras la derrota de México en la guerra de 1847 clamó por la intervención: “Perdidos somos sin remedio si la Europa no viene en nuestro auxilio.”

Idem, p. 132.
 

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Las dolorosas reflexiones de Alamán alumbraron su Historia de Méjico, que apareció en cinco volúmenes a partir de 1849. Resultó un trabajo portentoso, “obra magistral escrita en su austera prosa neoclásica”, según la calificó el historiador británico David Brading,

David A. Brading, Orbe indiano. De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867, Ciudad de México, fce, 2001, p. 696.
 

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 pero en la que asoman en cada línea su decepción y pesimismo. Mucho se le ha criticado por sus sesgos, especialmente al abordar la Independencia, pero no son mayores que los de otros historiadores de la época. Solo es que se dan en sentido contrario a la historia oficial.

En 1849, Alamán encabezó la organización del Partido Conservador para su participación en las elecciones del Ayuntamiento de México. Alcanzó el triunfo, pero gobernó apenas seis meses debido a las maquinaciones del general Mariano Arista. Poco después, el 9 de enero de 1850, apareció en el periódico El Universal una anónima declaración de principios que reiteradamente le ha sido atribuida:

Nosotros nos llamamos conservadores [...] porque queremos primeramente conservar la débil vida que le queda a esta pobre sociedad, a quien habéis herido de muerte [...] Nosotros somos conservadores, porque no queremos que siga adelante el despojo que hicisteis, despojasteis a nuestra patria de su nacionalidad, de sus virtudes, de sus riquezas, de su valor, de su fuerza, de sus esperanzas [...] Nosotros queremos devolvérselas, por eso somos conservadores.

El Universal, 9 de enero de 1850, p. 1.

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En 1851 fue elegido diputado por Jalisco y, al año siguiente, senador. De ahí pasó en 1853 al gabinete del presidente Antonio López de Santa Anna, en la incursión política que más se le criticó y que al cabo resultó en una identificación injusta de Alamán con los excesos a los que llegó el jalapeño en su último gobierno.

En realidad, Alamán no sentía afinidad por Santa Anna, que le parecía un “conjunto de buenas y malas cualidades”,

Lucas Alamán, Semblanzas e ideario, Ciudad de México, UNAM, 1989, p. 141.
 

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 como no la había tenido por Guadalupe Victoria, a quien consideraba “un gran mentecato”,

José C. Valadés, Alamán, estadista e historiador, Ciudad de México, UNAM, 1987, p. 145.

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 y ni aun por Bustamante. Creía simplemente en el bien que podía aportar al guiar a un gobernante torpe. Además, para entonces estaba ya convencido de la necesidad de un poder central fuerte, que permitiera controlar a todos los responsables de que México viviera en un perpetuo estado de revolución.

Sin embargo, poco pudo hacer. Al corto tiempo enfermó y murió de neumonía el 2 de junio de 1853. Santa Anna, libre de sus prudentes consejos, abandonó toda mesura en su gobierno, desplegó aires de monarca y se hizo llamar Alteza Serenísima.

Lucas Alamán –sin duda el más importante intelectual mexicano de la primera mitad del siglo XIX– se había ganado el título de “ideólogo del conservadurismo”. Con él, la historia maniquea lo uniría no solo a la dictadura de Santa Anna, sino también con episodios que ni siquiera vivió, como la Reforma y el Imperio. Altamirano, con evidente falsedad, llegaría a llamarlo en 1882 “enemigo jurado de la independencia americana y del sistema republicano”.

 Ignacio Manuel Altamirano, op. cit., p. 37

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Alabado por los conservadores y vituperado por los liberales, muchos escribieron sobre Alamán, pero los menos trataron de entenderlo, de comprender el desgarramiento interno de un hombre que amó profundamente a México y al mismo tiempo quiso que no dejara de ser la Nueva España. Como escribió Moisés González Navarro, Alamán “fue tanto un archirreaccionario como el hombre más progresista. Lo importante es buscar en las manifestaciones de su pensamiento, desentrañar, de la complejidad de su ideario, los resortes íntimos, los móviles más recónditos de su acción”.

Moisés González Navarro, op. cit., pp. 98-99.

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