Al otro lado del vidrio | Letras Libres
artículo no publicado

Al otro lado del vidrio

César Aira

Diez novelas de César Aira

Prólogo y selección de Juan Pablo Villalobos

Barcelona, Literatura Random House, 2019, 544 pp.

Con la publicación de Diez novelas de César Aira, Literatura Random House ha reunido por primera vez diez títulos que llevaban un tiempo fuera de circulación, según lo indica Juan Pablo Villalobos, encargado del prólogo y la selección. El volumen salió el pasado febrero para celebrar los setenta años del autor y si hoy, después de la muerte de Ricardo Piglia, se puede afirmar que Aira es el mayor escritor argentino vivo, este libro lo confirma.

Sin embargo, al terminar de recorrer las más de quinientas páginas de este volumen, uno no puede dejar de sentir que todo, tanto la preeminencia de Aira como este título consagratorio, es un gran malentendido. Al menos, no es lo que planificó Aira en 1967 cuando al leer los escritos de Marcel Duchamp entendió que su camino no era “hacer libros”. Esta decisión fundamental es la que explica el modo en que Aira concibe la escritura y su propia presencia en el mundo literario. No pudiendo ser un artista plástico, Aira hizo implosionar la escritura entendida como una de las bellas artes y su equivalente el libro, mediante una proliferación multicelular: la multiplicación vertiginosa y delirante de tramas en sus breves novelas (algunas de ellas de ocho páginas, como La pastilla de hormona) y la producción imparable de libros y libritos publicados muchas veces por editoriales mínimas, fantasmales, que se vuelven muy difíciles si no imposibles de encontrar.

Así, se hace difícil no ver en este gesto editorial de Random House, además de un homenaje celebratorio, un intento de canonización y domesticación, pues se le impone un orden bibliográfico y comercial a la entropía característica del sistema Aira. No obstante, los propios textos consiguen replantear su desafío al interior del tomo enciclopédico. Pues, ¿cómo abordar un libro que contiene diez novelas? Diez novelas que son apenas el diez por ciento de la producción conocida de César Aira, quien en 2018 alcanzó la centena de títulos publicados. Uno se ve obligado a enfrentar el hecho mismo de esta abundancia de obras y sus condiciones de producción. Lo cual implica una ruptura del pacto lúdico que nos pide Aira, pues, como lo señala en El congreso de literatura: “el retroceso de una idea a sus condiciones de producción es la condición necesaria de su seriedad”. Y como lo indica a renglón seguido: “En mi caso, nada vuelve atrás, todo corre hacia delante, empujado salvajemente por lo que sigue entrando por la válvula maldita.”

De su encuentro definitivo con Duchamp y las vanguardias, Aira hereda la concepción mecanicista del arte y la literatura: la obra como artefacto, la escritura como máquina o “válvula maldita” y el creador como simple operario. Un tinglado arrastrado por una ley única: la velocidad.

En Aira, la velocidad se expresa en dos niveles distintos. El más visible, el editorial, luce acelerado, pues ya es leyenda que el argentino puede publicar dos, tres o cuatro títulos en un mismo año. El privado, en cambio, está regulado por una disciplina o una contención de hierro: Aira no se permite escribir más de una página por día. El cruce de estas dos velocidades contradictorias es una buena manera de describir la experiencia de leerlo, para lo cual el volumen Diez novelas es un laboratorio único donde se experimenta con las nociones de tiempo y espacio narrativos. En un día se pueden leer dos novelas y media de César Aira con la sensación extrañísima no solo de no haber avanzado, sino de haber caído en una dimensión donde no existen coordenadas conocidas.

Es en este punto donde entra en juego la curaduría editorial, tanto de Claudio López Lamadrid, quien lamentablemente no llegó a ver publicado este último proyecto, como de Juan Pablo Villalobos, conocedor y coleccionista de la pinacoteca narrativa aireana y a quien le correspondió seleccionar diez obras de veinte disponibles y proponer un itinerario de lectura. Por ejemplo, el hecho de que el libro abra con esa pieza perfecta que es el ¿cuento? titulado Cecil Taylor es un acierto, pues sirve como introducción a las atmósferas de César Aira.

Cecil Taylor –“uno de los mejores cinco cuentos que yo recuerde”, según Bolaño– relata la historia del célebre pianista neoyorquino que, al igual que Duchamp en las artes visuales, logró derribar no solo las estructuras musicales sino la propia noción de estructura dentro del jazz. Aira reinventa la etapa vital de Taylor previa a la consagración, llena de penurias y privaciones. Lo fascinante es que el público, con sus rechazos e interrupciones, que a veces sobrevenían cuando Taylor apenas había pulsado una sola tecla del piano, encarna sin saberlo el programa estético de Taylor: la suspensión, alteración y sabotaje de cual- quier estructura musical donde pudiera anidar el sentido. Como si el mundo no tolerara (y no la tolera) la simultaneidad de una revolución estética y de la percepción.

Este desfase entre el artista y el público es el territorio propicio a la creación. Lo particular de Aira es que no espera al veredicto del lector una vez concluido el libro, sino que se anticipa a cualquier inercia interrumpiendo él mismo las secuencias narrativas y dislocando el imposible centro de sus relatos. Y la muestra está en el comienzo mismo de Cecil Taylor. Allí, Aira traza una lograda escena nocturna, siguiendo los pasos de una prostituta al amanecer, que se detiene junto a otros curiosos noctámbulos frente al extraño espectáculo del otro lado de una vitrina: un gato y una rata observándose estáticos antes de trabarse en combate. La prostituta golpea el vidrio, la rata aprovecha un segundo de distracción del gato para esfumarse. Los noctámbulos, al verse despojados de la que quizás fuera la única gratificación de la amarga noche, se desquitan con la prostituta. ¿La matan? ¿Logra escapar? No lo sabemos. Aira hace punto y parte y dejar oír los pensamientos del narrador, quien pasa a teorizar sobre la continuidad y los finales, tanto en el arte como en la vida.

La “tracción narrativa” de la vida arrastra todos los finales o pausas que les oponemos, nos dice Aira. Ante el vértigo de vivir, agrega, el artista se paraliza y solo observa “la falla profunda que separa un final de una continuidad”. Esta parálisis lo salva y a la vez lo justifica: “La inmovilidad es el arte en el artista, y es al otro lado del vidrio donde suceden los hechos que cuentan sus obras.”

Ese vidrio está representado en la obra La novia desnudada por sus solteros, mismamente, también conocida como El gran vidrio, que Duchamp abandonó inconclusa en 1923, después de ocho años de trabajo. Punto sin culminar y al mismo tiempo culminante de su trayectoria. Después Duchamp se dedicaría a jugar ajedrez y a ser marchante de arte.

La insistencia de Aira en yuxtaponer en un mismo relato secuencias narrativas que no se corresponden entre sí es, como él mismo lo ha dicho en varias entrevistas, un intento de perpetrar en el campo de la literatura las disrupciones que se han hecho en el arte y la música contemporáneos. Este era, al menos, su objetivo inicial. En los últimos años, sin embargo, Aira parece haberse reconciliado con la literatura y con los libros. Lejos han quedado esos años donde se creía un Godard de las letras. Esto no quiere decir que la dirección ni la velocidad de su apuesta hayan cambiado con los años. Solo se ha refinado la percepción de Aira sobre su propio proceso creativo.

En este sentido, las interrupciones y dislocaciones de las secuencias narrativas, que hacen que una novela como La costurera y el viento, la segunda del conjunto, comience como una bildungsroman y termine como una aventura fantástica con ciertos ribetes folcloristas, dejan de ser solo la aplicación literaria de la técnica del collage y se convierten en un programa estético de alcances metafísicos. Pues si algo justifica el inicio de Cecil Taylor con la anécdota de la prostituta, que después se ve interrumpida con una reflexión teórica para luego dar paso a la historia del pianista, es la creación de una atmósfera. Así lo explica el narrador: “La atmósfera le permite al autor trabajar con fuerzas libres, sin funciones, con movimientos en un espacio que deja de ser este o aquel, un espacio que logra anular la diferencia entre el escritor y lo escrito, el gran túnel múltiple a pleno sol.”

Anular la diferencia entre el escritor y lo escrito es otra forma de alcanzar esa “belleza de la indiferencia” a la que aspiró Duchamp en su obra y en su vida.

Aira insistirá en la importancia de la atmósfera en cada una de las novelas que integran este volumen. Bien sea con una reflexión performativa, como sucede en la magistral Los dos payasos, o bien sea a través de reflexiones directas, como en El volante, donde el texto del relato es el de un volante cuya escritura se le sale de control a quien lo redacta, una profesora de expresión actoral para quien la realidad “es pura atmósfera sin detalles”. Más adelante, para profundizar en su definición, agrega: “Hay monos diurnos y mo- nos nocturnos, monos de la realidad y monos de la novela, monos de la atmósfera y monos del detalle.”

Semejante distinción permite entender el concepto histórico de novela para Aira y la variante que él ha intentado introducir. Si hasta ahora la novela ha sido el dominio del detalle, es decir, de lo sucesivo en el tiempo, su apuesta será la de llevar la novela al dominio de la atmósfera, es decir, del espacio. Los detalles mundanos, inevitables, son la excusa o las tachuelas que permiten fijar en la memoria porosa del lector una atmósfera, que a su vez es un mapa de un territorio incierto. Es la alquimia que hace de una novela (o de una serie de novelas) una instalación artística que recorremos con atención absoluta y que al salir del museo o la galería, con un cansancio repentino, relegamos al olvido. Como lo afirma el narrador de Diario de la hepatitis, el texto con el que cierra el volumen: “Los mejores libros deberían ser los que olvidamos. Libros hechos con tanto arte como para darnos la experiencia extática del olvido.”

Quizás esta ha sido la manera de Aira de reconciliarse consigo mismo. Si bien no ha podido evitar, por culpa de la válvula maldita, la escritura indetenible, la producción serializada de libros, al menos sí ha conseguido que estos adquieran la transparencia que solo consiguen los maestros: hacernos olvidar que siempre estamos del otro lado del vidrio. ~


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