Adivinanzas | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Manuel Monroy

Adivinanzas

De la gracia verbal al ingenioso uso de metáforas, las adivinanzas tradicionales tienen notables virtudes literarias. Son divertidos desafíos a la inteligencia.

Las adivinanzas son un género milenario de la tradición oral. Las hay universales, que pasan de unas lenguas a otras o se inventan paralelamente. Y las hay limitadas a una lengua, cultura o época, de la cual dependen.

En México es imposible adivinar: “¿Qué está en la pared y brilla?” [El arenque]. Es una adivinanza campesina polaca. Implica lugares donde el arenque es alimento cotidiano y se acostumbra colgarlo en la pared. El arenque, como un espejo, refleja el brillo de la lámpara.

Pero en polaco no funcionaría: “Blanca por dentro, verde por fuera. Si lo quieres saber, espera.” Funciona en español, porque “espera” esconde: es pera.

En cambio, la adivinanza de la Esfinge: “En la mañana en cuatro patas, a mediodía en dos y en la tarde en tres” funciona en griego y en cualquier idioma. Edipo adivinó que era el hombre: niño que gatea, adulto que camina, viejo que anda con bastón.

Adivinar es descifrar lo enigmático. El adivino tradicional interpretaba los signos visibles de lo divino invisible.

Como simple juego, las adivinanzas estimulan la inteligencia, desafiándola, y pueden ser divertidas. Literariamente, su interés es doble: por la imagen, metáfora o definición implícitas (la gracia del contenido) y por su formulación verbal (la gracia literaria). Son obras de invención como el refrán y el aforismo.

No es fácil inventar una buena adivinanza, digna de competir con las tradicionales. Las que circulan desde hace siglos son las sobrevivientes de un proceso de selección social que eliminó las absurdas, aburridas o demasiado fáciles. Hay adivinanzas ridículas como “Barco sin pelos para tus abuelos” [el bastón] o pretenciosas: “Campo blanco, flores negras, un arado y cinco yeguas” [la mano que escribe].

Aprovecho la libertad de la tradición oral para retocar algunas que recogen María del Socorro Caballero A. (Adivinanzas, México: edición de la autora, 1983) y Rosanela Álvarez (La quisicosa. Adivinanzas tradicionales para niños, México: cidcli, 1984). Soluciones al final.

Agua de las verdes matas,

tú me tumbas, tú me matas,

tú me haces andar a gatas.

Agua pasa por mi casa,

cate de mi corazón.

Altanero,

gran caballero,

gorra de grana

y espuela de acero.

Anda y sigue en su lugar.

Arca de buen parecer

que ningún carpintero

ha podido hacer.

Caballito de banda a banda

que ni come ni bebe ni anda.

Cae de una torre

y no se mata.

Cae en el agua

y se desbarata.

Como te ves, me vi.

Como me ves, te verás.

Con el pico, pica;

con el ojo, jala.

Corral redondo,

vacas al fondo.

Unas se echan

y otras se levantan.

Corre, pero no camina.

¿Cuál de los animales

tiene las cinco vocales?

¿Cuál es el animal

que anda con una pata?

Dos hermanas diligentes

que caminan a compás,

con el pico por delante

y los ojos por detrás.

Dos niñas van a la par

y no se pueden mirar.

El que lo hace, no lo quiere.

El que lo compra, no lo usa.

El que lo usa, ni lo ve.

Empieza como llovizna

y termina como nada.

En alto vive,

en alto mora,

en alto teje

la tejedora.

En medio del mar estoy

y en Guadalajara abundo.

Entra al río y no se moja.

No es el sol ni la luna

ni cosa alguna.

Lana sube y lana baja.

Llevo mi casa al hombro

y camino sin patas.

Mientras más larga

más corta.

No es hotel y tiene cuartos.

No es mujer y tiene medias.

Tiene manitas y no es niño.

No soy sala de cine

y tengo asientos.

No tengo pico,

pero pico.

¿Qué es algo

y nada a la vez?

Redondo como cazuela,

tiene alas y a veces vuela.

Redondo, redondo,

barril sin fondo.

Se mete por todas partes

y de todas partes lo echan.

Se sube sin escalera

y espanta a la cocinera.

Si me rompen con un palo,

llueven frutas a granel.

Silba sin boca,

corre sin pies,

te pega en la cara

y no lo ves.

Soy amiga de la luna,

soy enemiga del sol.

Si viene la luz del día,

alzo mi luz y me voy.

Soy la redondez del mundo,

sin mí no puede haber Dios,

papa y cardenales sí,

pero pontífice no.

Te la digo, te la digo,

te la vuelvo a repetir.

Te la digo veinte veces

y no la sabes decir.

Tiene hojas sin ser árbol,

tiene lomo sin ser mula.

Tito, tito, capotito,

sube al cielo y pega un grito.

Tú allá y yo acá.

Un convento bien cerrado

sin campanas y sin torres;

y monjitas laboriosas

haciendo dulce de flores.

Una caja de soldados

con gorritos colorados.

Una esfera como el mundo.

Y, dentro del mundo, el mar.

Va al agua y no bebe,

va al pasto y no come,

pero se mueve.

Verde en el monte,

negro en la plaza

y coloradito en casa.

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