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artículo no publicado

Retratos del poder chileno

Escribo estas líneas en la misma noche de la primera elección presidencial chilena del siglo XXI. El líder indiscutido de la centro izquierda, el campeón de las encuestas de popularidad durante una década, Ricardo Lagos, ganó la presidencia por un margen de 2.6% sobre el candidato de la derecha pura y dura.
Sus predecesores habían vencido a la derecha por márgenes del 26% (Aylwin) y 31% (Frei). En cambio, en la primera vuelta de hace un mes habían empatado, técnicamente, en un 47%. Hasta el día de antes, ninguna encuesta preveía un resultado tan disputado. La propia gente de Lavín apenas creía su nuevo arrastre en las urnas. Hacía demasiado tiempo que la derecha chilena había dejado de creer en una victoria política por el voto, en lugar de por la fuerza. Y la Concertación por la Democracia se vio obligada a dar un viraje de 180 grados para la campaña de segunda vuelta, recogiendo a la rápida muchas de las banderas de sus enemigos, que antes pisoteaba.
     Ahora, Ricardo Lagos ha ganado estrechamente con el margen prestado, a última hora, por el voto comunista. Muchos aún no caen en la cuenta. Después de diez años de gobiernos básicamente exitosos, dirigidos por la misma Concertación de partidos que derrotó a Pinochet, la derecha se ha dado el lujo de castigar a esa alianza sacando su votación más alta en casi un siglo. Ni el general, con todo el poder de su dictadura, obtuvo más que Lavín, en el plebiscito que perdió.
     ¿Qué ha pasado? ¿Quién se equivocó? Políticos, sociólogos, periodistas, empiezan a renunciar a sus averiados aparatos de análisis, y se ponen líricos o esotéricos. Con cierta repugnancia, algunos afirman que estos ya no son votantes sino "clientes", impredecibles. Mientras otros sugieren que la gente se inclina por las personas de los candidatos, en lugar de por sus ideas o mensajes. Algo inusitado en el sobreideologizado Chile de otrora; y también, quizá, una tendencia que marcará la política del próximo siglo, no sólo acá sino en muchos sitios de Latinoamérica. En todo caso, un fenómeno nuevo que posibilita —o exige— nuevas maneras de leer nuestra realidad. Creo que una de ellas, una de las pocas miradas confiables que nos quedan, es la lectura literaria. La literatura, con su acento en los destinos individuales de sus personajes, con su énfasis en las historias con h minúscula, en lugar de la gran Historia con H mayúscula, puede ser el último recurso para entender estos tiempos que sorprenden en paños menores a los discursos científicos; tiempos que se resisten a las generalizaciones y contradicen las teorías.
     La narrativa tiende a leer los hechos privados, y también los sociales, como material de novela. Es decir, no como hechos abstractos, sino como fenómenos encarnados en sus protagonistas. Un escritor ve en las personas lo que el origen griego de la palabra significa: máscaras. Y en las máscaras a los personajes que éstas representan. Los personajes en la campaña presidencial chilena, por ejemplo.

Lagos, el trágico
El protagonista de esta novela, qué duda cabe, era el candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, Ricardo Lagos. Lo era por el puro peso de su condición de trágico. Macizo, rotundo, lo distingue un rostro de asumida fealdad, lucida con un desdén casi imperial. La frente redonda, la nariz de punta aplastada, los labios gruesos que sugieren una sensualidad en pugna con esos ojitos oscuros, inteligentes y melancólicos; en fin, una summa del mestizaje chileno. Cara de andaluz araucanizado. Si la novela de esta campaña se adaptara alguna vez al cine o al teatro, tendría que escogerse para representar este papel central a un actor de mucho carácter, un Vittorio Gassman, por ejemplo. O en todo caso, alguien de mucha habilidad para expresar estados de ánimo contradictorios. Dotado de un vozarrón que alcanza hasta las últimas filas de la platea, Lagos se pasea por la escena pública con un aplomo que, sin embargo, no alcanza a ocultar una íntima timidez, una tensión que jamás se relaja del todo, en fin, una tristeza.
     Observando esa tristeza, no puedo olvidar que Lagos estudió leyes en las marmóreas frialdades de la Escuela de Derecho, en la Universidad de Chile. Yo también estudié en esa Escuela. Y aunque ignorara que él lo hizo, lo reconocería por la lengua, por esa gomina verbal que peina hasta sus improvisaciones; los casi enternecedores terminachos de la oratoria forense : "estamos contestes", por "estar de acuerdo"; la "sana doctrina", en lugar del "sentido común". Pero sobre todo, lo reconocería por la herencia contradictoria de esa educación. Lagos, como muchos hombres enseñados a buscar la justicia, parece más a gusto en la equidad de las abstracciones que en la deformidad de los casos reales.
     Casos reales como los que encontró a cientos en su campaña. En una de sus propagandas televisivas se lo muestra caminando al encuentro de una mujer pobladora. La cámara lenta permite estudiar sus movimientos en detalle. La mujer gorda y desdentada le abre los brazos como quien recibe a su esperanza, y Lagos la abraza. Pero lo hace medio de costado, sin apretarla, cohibido por esa proximidad. No es que no quiera verdaderamente a su pueblo; lo que ocurre, alcanzamos a imaginar, es que lo quiere demasiado, es que se emociona y no sabe qué hacer con ese sentimiento. Y como a muchos tímidos profundos, las emociones lo abruman, lo intimidan, y se pone a un brazo de distancia de ellas. Excepto de una: la indignación. Cuando se indigna, él y su rabia son de una pieza. Como cuando llamó al orden a Pinochet, todavía en plena dictadura, apuntándolo con el dedo índice muy erguido a través de la cámara de televisión, ante todo el país. Nadie antes se había atrevido a tanto; aunque eso es característico también de los tímidos: son de la sorpresiva madera de la que están hechos los héroes. Ese dedazo hizo la fortuna política de Lagos. Y sin embargo, esa ira es la única espontaneidad que conoce, al menos en público (porque en privado ¿qué gracia tiene ser espontáneo?). El resto es su patente incomodidad ante las audiencias, el envarado miedo que debe vencer. Con él de presidente, los chilenos contaremos ya dos tímidos seguidos en La Moneda. Aunque Frei lo es de otra especie, la de los "operados de los nervios", como él mismo se describe, mientras lija una carcajada con sus dientes amarillos. En cambio, Lagos tiene todos sus nervios conectados al alto voltaje de su inseguridad. Uno llega a preguntarse qué habrá llevado a desear ser político a un hombre que sufre tanto en público. ¿De qué penas antiguas le viene esta sed ambiciosa de aceptación y amor? Sabemos que es hijo de dos soledades. Hijo único, de una madre viuda, que casi no conoció a su padre. E hijo de esa otra viudez: la clase media venida a menos, a punto de desbarrancarse en la pobreza. Se ha hecho a sí mismo a pulso, a pura inteligencia y determinación, solo contra el mundo. Y ha llegado hasta la cúspide del mismo modo. Milita en dos partidos, el socialista y el ppd —que él mismo creó, para aliviarse la soledad de la dictadura; pero bien sabemos que habitar en dos sitios equivale a no vivir en ninguno. Es agnóstico, lo que significa que nadie lo acompaña en el universo. Se ha casado dos veces, lo que para un hombre con ese sentido del deber equivale a haber muerto ya una vez. Y aquí está. Solo en el podio, alzando los brazos, pidiendo que lo quieran.

Lavín, el comediante
Si Lagos es un trágico, Lavín es un comediante. Todo escritor sabe que, desde un punto de vista argumental, el protagonista de una novela no siempre es el más interesante. Carga con demasiadas responsabilidades narrativas que lo abruman. Y de esto suelen sacar partido sus antagonistas. Esta elección presidencial chilena confirma esa regla. El personaje más interesante no ha sido el angustiado protagonista, sino su activísimo antagonista, el candidato de la derecha, Joaquín Lavín. No es de sorprenderse. Si en el pasado la derecha latinoamericana proveyó en abundancia a la imaginación literaria con dictadores y caudillos, parece que en la actualidad se está volviendo una fuente insustituible de materia prima narrativa, proporcionándonos candidatos exóticos o imprevisibles, y presidentes de farándula.
     Joaquín Lavín es un economista, de 46 años, proveniente de una familia de agricultores asentados en el lluvioso sur chileno. No viene exactamente de la aristocracia terrateniente, pero sí de sus más fuertes extramuros, la burguesía de provincias. Su retrato no puede ser más diferente al de Lagos. Todo lo que en aquél es experiencia sufrida, en Lavín es inocencia de vida. Tiene lo que en Chile se llama, popularmente, "carita de guagua", rostro de bebé. Un bebé sonrosado, de frente tersa, como si jamás la hubiera angustiado una arruga, con las mejillas regordetas y satisfechas, del lactante que mamó bien. De salir presidente, habría sido el más joven que haya tenido Chile en un siglo.
     Se ha dicho mucho que su máster en economía en Chicago (of all places!) es dato suficiente para entender su ideología: la de un neoliberal duro y puro. Un joven tecnócrata capaz de tomar decisiones despiadadas, con una sola mirada a la calculadora. Se ha dicho también que su afiliación al Opus Dei bastaría para revelarlo en su íntimo conservadurismo. Que de allí vienen la misa diaria, la mística de trabajo, el espíritu de cruzados que los anima a él y a sus correligionarios. Por último, se mencionan antecedentes más circunstanciales, de estrategia: sus viajes a Lima, donde fue a buscar la iluminación fujimoriana, para el arte marcial del populismo; ese jiu-jit-su que consiste en doblarse con todo el cuerpo a la izquierda del adversario, durante la campaña, sólo para enderezarse de golpe cuando el otro cayó en la elección, quedando parado a la derecha, en el centro mismo del poder.
     Pero yo tengo para mí que el rasgo que mejor define el retrato de Lavín está en lo obvio, en su cara. Es su imborrable, impajaritable e indeleble sonrisa. Una mueca feliz y automática, de esas que se activan al menor contacto visual con un extraño. Y creo saber de dónde le viene tanta risa.
     Basta mirarle su "carita de guagua", a Lavín, para entender que todo lo que sabe lo aprendió de chico, en el colegio; en el tradicional Colegio de los Padres Franceses de la Alameda, en Santiago. Chile es todavía un país lo suficientemente pequeño como para que pasen estas cosas: por pura coincidencia, yo también estuve en ese colegio. Y aunque duré sólo dos años en él, lo que sé sobre nuestro paternalista sistema de clases —las sociales, no las escolares— lo aprendí allí. Tenía siete años y recuerdo que una, o serían dos, veces a la semana, las "madames" suspendían nuestro recreo de las doce un poco antes y nos obligaban a refugiarnos tras los ventanales de las salas, antes de abrir un par de inmensos portones que comunicaban con el "patronato". Un colegio paralelo para niños pobres que los curas, por no olvidar del todo su vieja vocación misionera, mantenían con el producto de su negocio principal. Las grandes puertas del patronato, llenas de talladuras y marcas, crujían como las mismísimas puertas del infierno esculpidas por Rodin, y se abrían. Una horda de niños vociferantes y raídos invadía entonces el patio y se apoderaba de "nuestros" juegos metálicos, se revolcaban en los mullidos prados que teníamos prohibido pisar, y se trepaban por el mástil donde ondeaba la tricolor francesa, junto a la chilena. Durante diez minutos, los alumnos del patronato paralelo se tomaban esa pequeña Bastilla del patio, ocupados en un juego febril y voraz que trataba de sacarle el máximo de diversión a esa aventura semanal. Mientras nosotros, los niños del antiguo colegio, encerrados en nuestras aulas, con las narices pegadas a los cristales, los observábamos con miradas estupefactas, entre el miedo y la envidia, provocando que algunos nos sacaran la lengua. Aunque finalmente la victoria siempre era para "nosotros". Siempre, pues al sonido de una campana aquellos "niños paralelos" terminaban por ser arreados nuevamente hacia el oscuro interior del edificio contiguo y las puertas se cerraban —y podíamos olvidarlos— por una semana más.
     Con los años, he llegado a pensar que el espectáculo era deliberado, que se trataba de una corta y temprana —pero contundente— lección de ciencia política. Y no me cabe duda de que Joaquín Lavín, como el mejor alumno que fue en ese Colegio de los Padres Franceses, debe haber aprendido bien la lección. De que en esto, al menos, nunca ha salido del colegio.
     En estos días de campaña, viendo a Lavín recorrer el país en su cronometrada "caminata por el cambio", bajando del podio para bailar cueca o cumbia con los pobladores, poniéndose cascos de minero y chullos de aymaraes, sin jamás dejar de sonreír, he recordado esos diez minutos de recreo para los niños pobres del colegio paralelo, esos diez minutos de fiesta tras los cuales todo volvía a quedar en su sitio y nada había cambiado; los gruesos portones de la sociedad chilena volvían a cerrarse y cada cual volvía a su sitio. Hasta el próximo recreo, hasta la próxima campaña. Y me parece que es porque conoce bien ese secreto que Lavín, siempre, ha sonreído tanto.
      

Tragicomedia chilena
La literatura sigue creyendo en esa manera de la alquimia que es el rostro humano, la transmutación del alma en rasgos físicos. Los personajes centrales de esta campaña se han comportado de acuerdo a sus retratos.
     Lagos grave, adusto, tristón, no ha necesitado más que poner la cara para promocionar las viejas virtudes —un tanto infladas, pero siempre preferibles a la demagogia— del Estado republicano chileno, que él representa. Sobriedad, meritocracia, laicismo. Palabras decimonónicas que deben pronunciarse con el rostro meditabundo de un tribuno de la plebe y una punta de melancolía lírica en la voz. Esa melancolía que hasta cierto punto fue consustancial a Chile, un país flaco y demasiado serio, de pie contra el rincón de América. Una melancolía que también es la de una izquierda que lleva las heridas de muchas equivocaciones y agravios, de demasiados muros que les han caído encima. Pero que, antes que nada, es la tristeza personal de Lagos, la cual no se le destiñe del fondo de los ojos oscuros ni cuando se ríe. Porque el "crecimiento con igualdad", que fue su eslogan, en realidad es como él mismo creció, empatando su destino a pura fuerza de voluntad contra tantas desigualdades.
     Esta misma tristeza, sin embargo, fue su peor enemigo en la campaña. En el nuevo Chile, americanizado por el boom económico que nos heredó Pinochet, "al que ríe la suerte le sonríe"; "el que ríe al último lo hace mejor"; y el que ríe más fuerte de todos, es el rey.
     Y ha sido esa risa contagiosa, nerviosa, el arma más poderosa de Lavín. Su sonrisa indeleble, digitalizada, metáfora y cifra de los tiempos, de esta fiesta de fin de milenio donde celebramos lo que va a morir. La sonrisa de Lavín representa la inocencia, la perfecta falta de pasado de un niño, la conciencia que nace todos los días como si no hubiera un ayer. "Viva el cambio", fue su eslogan. Palabras que invitan irresistiblemente a parafrasear a Lampedusa: "Viva el cambio, para que todo siga igual". Pero, ¡cuidado con enamorarnos de nuestras viejas citas! Porque en este comienzo de siglo, ese eslogan sugiere, a la vez, la nueva oferta de vivir en un cambio perpetuo, en ese presente continuo que parece ser la única eternidad restante en la sociedad virtualizada. Así, la perpetua risa de Lavín puede ser la mejor metáfora de la comedia del Chile nuevo —de una Latinoamérica nueva—, donde medio borrachos de excitación abrimos el clóset en busca de una máscara para la fiesta de fin de año y nos salta de adentro un esqueleto. "¡Qué buena broma!", gritamos, y seguimos bailando. Lavín ha ido por Chile bailando en sus concentraciones y haciendo reír a mandíbula batiente a las masas, con sus conjuntos de batucadas, sus hombres en zancos y sus populistas promesas de una prosperidad que chorreará de la mesa del banquete, hacia el país paralelo. Sólo hay que sentarse a esperar que suene la hora del recreo, cuando se abrirán los portones y los niños pobres entrarán a jugar y reírse y montarse sobre los juegos de los otros, por un rato. Como en el antiguo colegio. *

En su Cándido, Voltaire creó al personaje de Pangloss, quien era tutor de optimismo, o sea, enseñaba a vivir en el mejor de los mundos posibles. Espero no ser un Pangloss, ni un cándido, si me permito especular que, a pesar de todo, el resultado de esta primera elección chilena del siglo XXI ha sido el mejor, dentro de lo posible.
     La clave para ese posible optimismo estriba en leer literariamente, de nuevo, esta "novela eleccionaria". Lagos ha ganado llevando la máscara de la tragedia; Lavín ha perdido usando la máscara de la comedia. Pero ambas máscaras casi se han superpuesto en el estrecho resultado de esta elección. Así, acercando a ambos líderes hasta casi igualarlos en sus preferencias, el conjunto de nuestros votantes parece haber hecho una transacción muy chilena: "Señores candidatos, no queremos ni tragedias ni comedias, por ahora." Al tarjar nuestra opción en el voto, hemos escrito el libreto de lo que será nuestra tragicomedia en los años venideros. Las cosas irán cambiando, aunque no demasiado rápido; todo seguirá igual, pero no tanto como antes. Y ya que las tragicomedias son obras de matices, de acuerdos, de equilibrios, puede que este resultado signifique que estamos madurando, que crecemos, que entramos a este siglo nuevo dejando atrás los maniqueísmos de nuestros anteriores dramas colectivos. No estaría mal.
     Quizá sea mejor que la Concertación haya ganado su tercer gobierno consecutivo con tantas dificultades. Ya sabemos que las luces del poder enceguecen a la autoridad cuando la alumbran por demasiado tiempo. No le hará mal a Lagos iniciar su gobierno poniendo en duda, para comenzar, la máscara de su propia solemnidad, su seriedad tragediosa. En tanto que para su alianza política, esta victoria estrecha puede suponer una inyección de desafíos saludables contra ese síndrome depresivo que se encarnó en la "teoría del malestar"; el discurso predominante durante los últimos años del gobierno democrático, dirigido contra sus propios logros en el poder.
     Y quizá, también, sea bueno que Lavín y su derecha hayan llegado cerca del palacio presidencial de La Moneda. La última vez que entraron en él iban al asalto y de uniforme. Puede que, con este aliciente, la derecha chilena haya recuperado —para siempre, quiero creer— su fe en las urnas, en vez de las armas, como caminos al poder. No sabemos cuánto más vivirá Pinochet en Londres o Madrid o en Santiago; pero su cadáver político ya fue enterrado aquí, por sus propios herederos y sin honores, durante este caluroso domingo de elecciones en Chile.
     Aunque sólo fuera por esto último, nuestra tragicomedia ya da motivos para una melancólica sonrisa; para un, moderado, optimismo. -