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artículo no publicado

Reliquias

La devoción popular encontró en los restos mortales el culto al cuerpo humano post mortem.Durante siglos la exaltación por las reliquias —"parte del cuerpo de un santo o lo que por haberle tocado es digno de veneración"— estuvo relacionada exclusivamente con las esferas religiosa y espiritual. Entre la mundana vida terrenal y la santidad sólo mediaba un hueso.
     El México virreinal fue testigo de la fascinación social provocada por la exposición pública de los restos de santos, como ocurrió el 2 de noviembre de 1728, fecha en que, según la Gazeta de México, los templos más importantes de la capital novohispana mostraron en sus relicarios muelas, dedos, manos, manchas de sangre, algunas cabezas de las "once mil vírgenes", cuerpos enteros, entrañas y cabellos de los santos más importantes: San Francisco Xavier, San Agustín de Hipona, Santa Hilaria y Santa Córdula —entre muchos otros.
     Con la instauración del liberalismo en México y la separación Iglesia-Estado (1857-1867), la veneración por las reliquias de orden religioso traspasó elámbito espiritual para incorporarse por completo a la esfera cívica. Entre la vida cotidiana del ciudadano común y el más puro patriotismo mediaba también alguna reliquia.
     Si la visión histórica de los derrotados desapareció de la memoria colectiva, los objetos sagrados de la famosa "reacción" mexicana encontraron acomodo en los templos, o bien ocuparon algún modesto espacio dentro de losaltares de la Patria para mostrar lo que había quedado de su historia: tan sólo huesos y polvo.
     De aquellas primeras décadas delsiglo XIX, en la capilla de San Felipe de Jesús de la Catedral de México se conservan los huesos de don Agustín de Iturbide. En 1838, Anastasio Bustamante los rescató de Padilla, Tamaulipas —donde muriera fusilado en 1824— y los trasladó a la Ciudad de México. Años después, como última voluntad, Bustamante pidió que al morir su corazón fuera colocado junto a los restos del consumador de la Independencia —tal era su admiración por Iturbide. A partir de 1853, su sueño se hizo realidad: huesos y corazón ambientan hoy la capilla del primer santo mexicano.
     Maximiliano dejó varias reliquias que en su momento desataron granpolémica. El doctor encargado del embalsamamiento intentó lucrar con una franja de seda roja empapada en sangre imperial, una de las balas extraídas de su cuerpo, trozos de cabello y barba y la mascarilla mortuoria en yeso tomada del rostro del emperador. Con excepción de la franja de seda, el resto de los objetos, junto con la mesa donde se practicó el embalsamamiento y el ataúd en que fue puesto el cuerpo, permanecen intactos hasta nuestros días. Descansan en tres lugares: el recinto aBenito Juárez en Palacio Nacional, el Museo Nacional de las Intervenciones y el Museo Regional de Querétaro.
     Por una cuestión de dignidad nacional, junto con las reliquias del infortunado Habsburgo no podían faltar las de su acérrimo adversario y héroe dehéroes de la historia del país: Benito Juárez. Su recinto en Palacio Nacional alberga objetos de uso personal como anteojos, relojes, libretas de apuntes o plumas y dos reliquias relacionadas con su último suspiro: la mascarilla mortuoria en bronce y la cama donde se encontró con la muerte.
     En el siglo XX el sistema político mexicano convirtió el pasado nacional en una especie de religión cívica —condecenas de santos y no pocos demonios— que terminó por convertirse en un "catecismo de historia patria" donde convergían la visión de los triunfadores con una serie de mitos exagerados. La propia Revolución Mexicana se convirtió en el paradigma del México moderno y sus hombres alcanzaron la santidad a través de la muerte violenta.
     Venustiano Carranza le otorgaba un valor especial a las reliquias: al triunfo de la revolución constitucionalista recibió las balas que los médicos extrajeron de los cuerpos de Madero y Pino Suárez, mismas que conservó hasta su muerte. Por una extraña coincidencia, Carranza pagó por adelantado la renta de una casona ubicada en la calle Río Lerma en la Ciudad de México, cuyo monto cubría hasta el 21 de mayo de 1920 —día en que fue asesinado. En el hoy Museo Casa de Carranza, en una de las habitaciones se puede apreciar la ropa del Primer Jefe manchada con la sangre de la traición de Tlaxcalantongo; junto a ella, los dos fragmentos de bala que acabaron con Madero y Pino Suárez.
     Emiliano Zapata contribuyó con el relicario cívico. En Tlaltizapán, Morelos, la casa que sirviera de cuartel general a la revolución del sur en 1915 guarda como lo más preciado el sombrero, el calzón de manta y el pantalón que llevaba puesto Emiliano el jueves 10 de abril de 1919, día en que cayó asesinado. La sangre del caudillo impregna el silencio de aquella modesta propiedad.
     Por muchos años la más célebre de las reliquias revolucionarias fue el brazo de Álvaro Obregón que daba la bienvenida a quienes visitaban su monumento en el parque la Bombilla de San Ángel. En un acto de piedad, el miembro fue incinerado hace algunos años, pero el invicto general dejó otra reliquia. El 17 de julio de 1928, Obregón recibió sentado la visita de la muerte. Dicen las malas lenguas que al recibir los impactos de bala cayó de bruces sobre un plato de mole. La silla tocada por la muerte se encuentra en el Centro Cultural San Ángel.
     La historia oficial tiende a desaparecer. Con ella se extinguirán los grandes mitos. Será entonces cuando los santos, héroes, demonios y villanos del pasado nacional, junto con sus reliquias —armas, uniformes maltrechos, ropas ensangrentadas, restos humanos— encontraránfinalmente el descanso, no en un relicario, sino junto a la justicia histórica. -