Reaparición de Franz Kafka en la provincia de La Habana | Letras Libres
artículo no publicado

Reaparición de Franz Kafka en la provincia de La Habana

Franz Kafka se sienta a almorzar un plato de viandas que le coloca su madre sobre la larga mesa de majagua del comedor. O quizás la mesa era de jagüey. Ya se sabrá. La yuca y la malanga humean en el plato de porcelana percudido: un poco de mojo no vendría mal. Franz lo pide con un gesto apenas perceptible, voz muda: bien se entienden la madre y Franz. O no. ¿Mojo qué? ¿Qué es mojo? Franz alza la vista, contempla el rostro pálido de la madre. ¿Y sabes qué es yuca, qué es malanga? La madre, alarmada, se retira. Quizás un cambio de clima no les vendría mal: a él por la enfermedad, a ella por la enfermedad de él.
     Diez minutos después regresa a retirar el plato. Un plato hondo, desportillado. ¿Has masticado treinta y dos veces cada bocado como es debido? Se sostiene; ante la pregunta se sostiene: y ante cuántas cosas más. Un primer amago, consigue controlarlo (aún es posible) (luego, se verá). Consigue controlarlo mediante un bostezo: paliativo de la tos. ¿Paliativo? Se trata de un pensamiento. Tose, no bosteza. Cavila, no tose. No tose, gustaría sentarse a escribir algo, pero a qué; cada vez que lo intenta le sale espuma en aquel nuevo idioma que ya domina a la perfección.
     No lleva a nada cavilar. Regresa la madre con el frutero esmaltado rojo mamey fondo blanco marfil: se está mejor aquí, pese a que el clima invariable produce una especie de levitación mental que no levanta un palmo de la superficie de la tierra: es poco. Así quién escribe. Contempla la fruta en el plato: la fruta bomba a cuadros, diríase, pedazos de invariable tamaño. Perfección de la madre. ¿O tendrá que ver con este nuevo lugar? Azúcar prieta salpicada sobre la fruta bomba, unas rodajas de mango filipino: luego todo lo espolvorean con canela, incluso a veces una pizca de sal: debe ser para contrarrestar el exceso de dulzor. ¿Habrá caimito?
     Franz Kafka no es persona caprichosa, no lo fue antes, no lo es ahora: no lo fue allá, no tiene por qué serlo aquí. Sólo que esta tarde el caimito tiene para él un sentido nuevo, en verdad profundo: no lo podría explicar pero es así. No se trata de un valor simbólico, quita ya. Es otra cosa. Siente apetito. Tanto tiempo sin sentir apetito. Y mucho menos un apetito que se pone de manifiesto en la configuración del caimito: pulpa perfumada, inenarrable conversión del estiércol en carne perfumada. ¿Caimito qué es? La voz de la madre esta vez lo sobresalta. Viene de lejos.
     ¿Sabes qué es fruta bomba, qué es mango filipino? Hay un mango que llaman del Caney. Hay un mango que llaman manga. ¿Y qué es caimito? Las cerezas del frutero tienen aquella tarde un raro sabor a acetona. Domingo. Dormita, a la mesa. Vendrá visita. Parece que la papa y el nabo surtieron extraño efecto en el sistema vegetativo de Franz, parece que su paladar no se acostumbra. Pide yuca, pide mojo, pide malanga, Franz. Va y por ahí te salvas. Quiere decir, prolongar la vida; escribir algo más. No estaría mal, a la verdad que siempre viene bien un poco de escritura. Escritura, escritadera, escribidura, shmibidura.
     Almorzar. ¿Qué es pan con timba? ¿Qué majarete? ¿Voz nueva la palabra jaba? Mira a la madre que regresa de la compra (sudada): oye el golpe de la jaba repleta contra la encimera: dos latas leche condensada, lata café, dos latas bonito, lata frijoles negros, par de libras boniato, plátanos para fufú. De la calle llega el fotutazo. Inenarrable picotear de la bijirita en el cristal de la ventana. Primeros indicios de que termina la siesta. Volver al trabajo: quizás no hay nada más seguro. Sicurezza. Assicurazioni Generali. Especioso, especioso. Mucho trabajo para lo que se trabaja en estas islas. Vieja costumbre. Hay cosas que nunca cambian. Tal vez yo trabaje mucho y así tenga esta tos que ya parezca tuberculoso. Inenarrable mancha rosácea, chafarrinón arrebolado de las mejillas (según el espejo del botiquín). Luz fría. Rostro contemplado al natural. La corbata, acicalada. Abluciones. Tomar el camino del trabajo. Salir tarareando mientras se desgranan unas palabras. Oír jutía, Jatibonico, mayombero.
     Inenarrable repetición por el camino quemando quemando vámonos ya a oír la palabra bárbaro se oye decir qué bárbaro Papá Montero, tumba, canalla y rumbero, salud, la chispa de la vida clara, vida ligera, la vida sabrosa. -