¿Quién mató al choco? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Quién mató al choco?

Dos días antes de que Armando Rodríguez, el Choco, fuera asesinado, dos individuos mataron a un payasito que pedía limosna en una esquina de Ciudad Juárez. Imagino el diálogo en la camioneta Lobo del año; seguramente uno le apostó al otro una cerveza o un cigarro: “A que no lo matas”, “A qué sí”. Y, pum, el disparo. El payasito cayó sobre su sangre. Y ya. Una nota en alguna página. Una mención en algún parte policiaco. Cero investigación. Este es el México que vivimos. Este es el México que dejará Felipe Calderón porque no está claro hacia dónde va la estrategia, si es que la hubo, o la hay.

Mataron al Choco y dejaron viuda a Blanquita y huérfanos a tres infantes. ¿Quién fue? ¿Por qué? Un hombre bueno no merece un final tan triste. Un periodista honesto y valiente (que no vivía de filtraciones y “documentos de inteligencia” sino de periodismo en el campo de batalla) merecería no los aplausos, tan sólo la vida. Lo mataron en Juárez y les digo: mañana vienen por usted y por mí, en donde estemos. Porque nadie puede detenerlos. Porque no queda claro en dónde están los asesinos: si se esconden en las oficinas de gobierno o en casas de seguridad, ¿qué importa?, para el caso es lo mismo. Lo mataron y las esquirlas alcanzan la frente de cada hombre honesto en este país.

Armando, dicen las crónicas, sólo pudo tenderse y cubrir el cuerpo de su hija con el suyo. La llevaba a la escuela y después iría a El Diario, su casa editorial, desde donde escribió durante más de una década sobre la podredumbre, la corrupción y la mezquindad de los que desde el poder del narco o del gobierno se hacen ricos derramando la sangre de los otros.

Durante la tarde del día en el que Armando fue asesinado, el editor José Pérez-Espino y yo empezamos, en automático, a hacer un recuento de “las bajas” de nuestra generación, allá, en Juárez. No diré los nombres por respeto a ellos y/o a las familias. Sólo reseño que nos faltaron dedos para contar a los que fueron arrastrados por las drogas, a los desaparecidos (porque no sabemos de ellos o porque no los encuentran), a los que murieron por temas relacionados con el narco. No exagero un ápice. Sólo hay datos de los que, como Armando, fueron víctimas en el ejercicio. Pero muchos otros cayeron o fueron debilitados por las inercias de esta enfermedad terrible que es, creo yo, la corrupción generada por los dólares del narcotráfico. Corrupción que permite la impunidad. Impunidad que nos postra ante el peor de los males del México contemporáneo, sólo tan vergonzoso como la existencia, en pleno siglo XXI, de cuarenta y tantos millones de miserables.

Sólo me queda insistir: a nuestro amigo el Choco lo mató la impunidad. Fueron las manos oscuras liberadas por Felipe Calderón y su estrategia poco razonada. La impunidad acabó con Armando Rodríguez y ha hecho víctimas a los civiles que mueren a diario por acciones de una guerra inútil, acaso idiota. Son muertos de este gobierno, a mi parecer, porque se puso a una sociedad contra sí misma, porque se provocó un reacomodo de cárteles, porque se quería ser espectacular (trajecito de militar y fotos para la prensa) y no ir directamente por las cabezas del narco. ¿En dónde están El Chapo o el mz? ¿En dónde está el Lazca? ¿En dónde Enedina, el Viceroy, el Grandote o el Nacho? Siguen libres, disfrutando de fiestones que después se reseñan con corridos y en YouTube. Y mientras, miles pelean contra miles y la sociedad se desangra, inútilmente, porque nadie se queja de la ausencia de coca o de otras drogas. Porque nadie ve que las policías dejen de corromperse. Porque nadie cree que se esté haciendo algo. Si usted le pregunta a un juarense qué hace el Ejército o la Policía Federal Preventiva en las calles, le dirá: “Imponen a otro cártel.” Y dan nombres. ¿Para qué le doro la píldora? Lo escribo porque se grita.

A nuestro Choco lo mató la deshonestidad de generaciones de “servidores públicos” que se han vuelto ricos mientras otros, los padres de familia, los honestos, los buenos y decentes, mueren en manos de las bestias.

Adiós, Armando. ~