¡Qué Eggers! | Letras Libres
artículo no publicado

¡Qué Eggers!

Se necesita tener pantalones para ponerle, al primer libro que uno escribe, un título como A heartbreaking work of staggering genius. Esos adjetivos agreden, retan, saltan a la vista. Para el autor, una novela con semejante título implica un auténtico reto: estar a la altura de su propia pedantería. Lo curioso es que Dave Eggers, un californiano greñudo perdido en Brooklyn, realmente logró escribir un libro conmovedor y fulminante. AHWOSG, como se le conoce, cuenta cómo Eggers aguantó el embate de dos golpes consecutivos e inesperados: la muerte de sus padres. En menos de cinco meses, el joven Eggers enfrentó una responsabilidad que no había previsto: ser padre de sí mismo y de su hermano pequeño, Toph. El libro está lleno de retozos literarios, advertencias al lector, reglas y recomendaciones para la correcta lectura del texto, evocaciones varias y jugueteos estructurales. Pero lo que hace al libro digno de su nombre es que, de entre la furia literaria de Eggers, surge una historia que enternece. La soledad de los hermanos termina por convertirse, entre cajas de pizza en pleno añejamiento, viajes y conversaciones en carro y reglas impuestas con torpeza, en una verdadera aventura: un growing up tale que no tiene nada que pedirle a Salinger.
     La historia de los hermanos Eggers se convirtió en uno de los libros más vendidos y aclamados del 2000. Su autor, con todo y su sonrisa renuente, se volvió una celebridad literaria. Toph, el pequeño protagonista de la historia, adquirió tintes de culto. Eggers le prometió que no tendría que aparecer en ninguna revista, en ningún programa de televisión. Pero el pequeño se lo tomó demasiado en serio y simplemente jamás dio la cara. Algunos incluso llegaron a sospechar, porque así convenía al creciente culto eggersiano, que Toph en realidad no existía. Mientras tanto, Eggers le dio la bienvenida a su nueva persona: el niño de oro de las letras estadounidenses, el nuevo Pynchon, el justo heredero de De Lillo.
     Todo lo Eggers empezó a ser popular. La pequeña revista McSweeney's, editada por el excéntrico autor, se agotó en todos lados. Y es que no podía ser de otra manera. McSweeney's tiene ese mismo frenesí verborreico que salpica la obra de su creador. Pero no sólo eso. Eggers no está contento con jugar a solas con las palabras, también le gusta confundir al lector con el formato de su publicación. McSweeney's a veces es una revista tamaño Granta, otras viene en una caja que parece un relicario. Uno nunca sabe qué esperar cuando se trata de Eggers. En un par de meses, McSweeney's llegará, quizá, en presentación de papel higiénico. Y se escucharán aplausos.
     Dos años después de AHWOSG, Eggers ha publicado You Shall Know Our Velocity (o YSKOV, para facilitarnos las cosas). Pero eso de publicado puede resultar un eufemismo. A pesar de los contratos multimillonarios que llegaron a su puerta después del éxito de AHWOSG, Eggers se mantuvo firme: no aceptó un centavo de las grandes casas editoriales y decidió editar su libro con sus propios medios. Lo que podría haber sido un inmediato best seller se convirtió en el libro más difícil de encontrar en las librerías de Estados Unidos. Ni en Barnes & Noble. Ni en Borders o Brentanos. Ni siquiera los estantes virtuales de Amazon.com pueden presumir de contar con el nuevo libro de Eggers. Nada. Out of stock. La única manera de conseguir un ejemplar es visitando la página de McSweeney's y pedir el libro, que está, por supuesto, diseñado con inmensa sobriedad, como queriendo no existir.
     Para colmo de males (para los lectores hambrientos): el nuevo trabajo de Eggers parece ser realmente bueno. A juzgar por las reseñas que se le han hecho (supongo que el New Yorker sí recibió un ejemplar), YSKOV no desmerece frente a AHWOSG. Pero, entonces, ¿qué pretende Eggers? Por lo pronto, el tipo ha cumplido su cometido: revolucionar las letras de su país e invertir en el futuro de posibles autores. Desde su éxito, el autor se ha dedicado a promover una escuela para escritores en Valencia, California. Pero no cualquiera puede aspirar a enrolarse en "Valencia 826". Eggers ha puesto un solo requisito: los alumnos deben tener entre ocho y dieciocho años de edad. Los demás no interesan.
     Todo lo que Eggers ha ganado con AHWOSG ha ido directamente a la escuela para niños y a hacer de McSweeney's una verdadera editorial independiente. Aun así, queda la duda: ¿La excentricidad de Eggers es genuina? ¿De verdad quiere escapar de los reflectores? ¿El dinero de la maquinaria editorial le saca ronchas genuinas? ¿O será que sabe que no hay mejor manera de alcanzar la fama que pretender despreciarla? El tiempo dirá. ¿Cuál será el futuro de Dave Eggers? No tengo ni idea. O, mejor dicho: NTNI. ~