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artículo no publicado

Proposiciones sobre Balzac

Las biografías de Honoré de Balzac (1799-1850) suelen ser aburridas. Ello no se debe a la vulgaridad de una persona que los hermanos Goncourt calificaron como insignificante, sino a la desmesura que priva entre el genio y su creación.
I believe in it all. What I can't understand
is why God made the world in the first place.
— Evelyn Waugh
Gordo y logrero, impresor arruinado y editor oportunista, víctima de un romance tan novelesco que hubiera sido indigno de una trama suya, Balzac sólo puede ser medido con las ciento y pico novelas que escribió. Su existencia es demasiado breve y queda congelada en el motivo del forzado de la literatura, atado a la mesa de trabajo y corroído por la cafeína, las deudas y la buena vida. El único biógrafo competente de Balzac es Rodin. Lo esculpió en una sola pieza.

Paul Valéry, el enemigo de la novela ante el Altísimo, leía a Balzac a escondidas, en el baño, con el pudor del pornógrafo.

La moda es canonizar: los tres grandes demiurgos de la literatura son Homero, Shakespeare y Balzac. Sólo ellos multiplican.

Me adhiero al lugar común. Balzac distribuyó su experiencia en Louis Lambert (1832), en La búsqueda de lo absoluto (1834), en Cesar Birotteau (1837), en La prima Bette (1847), en La muchacha de los ojos de oro (1834) o en los ilegibles Cuentos droláticos (1832), en cualquiera de los libros que caigan en manos de su lector. Pero cada una de esas piezas no suman una vida. La epopeya de Balzac no cabe en ninguna de sus novelas.

No hay una vida de Balzac pero existe, gracias a esa erudición bibliográfica francesa casi inventada exclusivamente para él, una Ciencia de Balzac. La medida de su mundo suscita y resucita todas las artes y las ciencias de los siglos XVIII, XIX y XX. La comedia humana es una cartografía de París, una geografía de Francia, una frenología del carácter, un psicoanálisis de la transgresión, una medicina y una psiquiatría, un arte de la impresión, de la tipografía y de la caricatura, un examen de la edición moderna, una lucha por los derechos de autor, una historia política de las revoluciones europeas entre 1789 y 1848, un catecismo de la Iglesia, una radiografía del clero, una crítica de la monarquía y una pedagogía del socialismo utópico, la historia de las mil y una quiebras, una estadística de la mediocracia, una genealogía del honor, todos los ejercicios de estilo. Desde el doctor Cabanes, que destrozó su cadáver, hasta Roland Barthes, que destripó Sarrasine, no hay médico forense que salga de las autopsias de Balzac con las manos vacías.

A todos los lectores de Balzac nos es dado ese talismán de piel cuya reducción ineluctable aniquila a Raphäel en La piel de zapa (1831). Mientras que la existencia de los héroes y de las heroínas balzaquianas es tan breve como la de una mosca, el tiempo real de su lectura rebasa una vida humana.

Alain (Émile Chartier, 1868-1951), el pedagogo y filósofo francés, escribió Avec Balzac (1937), el libro más fascinante que conozco sobre el novelista de Tours. No encuentro mejor manera de homenajear a Balzac que reseñando esa modesta proposición, acaso la más eficaz que se ha escrito sobre el arte de la lectura.

Balzac no se acomodó jamás a la novela de folletín. Cuando ésta empezó a ser distribuida por la prensa diaria o semanal, hacia 1835, el arte de Balzac, sostiene Alain, ya consistía en no abreviar nunca. Sus textos miden la preparación espiritual de cada lector.

Balzac nunca imitó a los Antiguos. Es Antiguo él mismo, como Homero, dice Alain. Por eso pienso que es autor de todas las mitomanías, pero de ningún mito.

Las novelas balzaquianas son asuntos tenebrosos. Opacas y oscuras. Mientras que La cartuja de Parma stendhaliana es transparente, las casas de huéspedes, los castillos y las cárceles de Balzac han sido ensuciados con la tinta de las imprentas y los borrones de la historia. Pero el novelista, "que todo lo ama y todo lo perdona", no se rinde ante nadie. Napoleón, la adoración del legitimista Balzac, nunca pasa de ser una referencia y una nostalgia, una baratija imperial en las manos de un veterano de Egipto y de Rusia. Luis XVIII, dice Alain, sólo ocupa una línea en El lirio en el valle (1835), una novela que otro escritor le habría consagrado. Esas vulgaridades, dice el crítico, dejémoselas a Dumas padre.
     Dumas fue más historiador popular que novelista, pero fue él quien escribió la novela perfecta: El conde de Montecristo (1845). Lo dice García Márquez con toda razón.
     No estaba en el destino de Balzac trazar esa imitación diamantina de la alegoría dantesca. Balzac huye de la perfección como la vida de los sueños.

El héroe más visible de Balzac es Vautrin, el invisible. A diferencia del caballero Quijano, de Ricardo iii, de Tristam Shandy, de Emma Bovary, de los hermanos dostoievskianos, me parece que no significa nada. Es incoherente y aterrador, pero fugaz, como una pesadilla.

A Alain, educador laico, sólo le conmueve, entre todas las catástrofes sembradas por Lucien de Rubempré, ese primer fracaso que destruye una vocación y mata a un joven poeta. Pero Balzac —refuto a Alain contra sí mismo— nunca cometió la tontería romántica de creer que el arte es hijo de la meditación. Balzac todo lo inventó mientras creaba. Toma el barro sin saber con qué forma llegará al horno.

La política en Balzac es utópica en el sentido peyorativo de la palabra. Pero Alain asegura leer ese utopismo con la misma inocencia con la que se abre La República, de Platón. Sus curas de aldea y sus médicos campiranos siempre son los primeros hombres, sobrevivientes de la Atlántida.

Mi experiencia como lector de Balzac dista de la ejemplaridad. Recuerdo sus novelas como el magma de los sueños: rostros híbridos, metamorfosis andróginas, situaciones equívocas, angustias recurrentes, frases musicales, recuerdos que se diluyen... Dudo si una escena de El gabinete de los antiguos ocurre en El primo Pons, que no he leído, confundo a los solterones con las solteronas y carezco de juicios morales o conmovidos sobre el tío Goriot o sus hijas, el joven Lambert, el coronel Chabert o Veronique, la piadosa asesina de Tascheron. ¿Dónde ocurre La misa del ateo? ¿Cuántas veces le concede crédito Nuncingen a Birotteau? ¿A quién cura el doctor Bianchon?

Ante los árboles genealógicos de La comedia humana que adornan la desangelada Maison de Balzac me siento huérfano y deprimido. Esa heráldica me es ajena. Resultaría incompetente para participar en alguna encuesta francesa sobre mi personaje balzaquiano preferido. Mi Balzac es una fantasía, prueba de cargo contra su realismo. Cada vez que me distraigo en la calle sueño con encontrar, al fin, a un verdadero personaje de Balzac entre la muchedumbre. Me ha ocurrido dos o tres veces: las suficientes para persistir.

Un libro, sugiere Alain, es una reserva de signos. No se leen frases, ni párrafos, ni capítulos. El lector que sueña lee libros. Como los de Balzac. -