Prejuicios y opinión pública | Letras Libres
artículo no publicado

Prejuicios y opinión pública

 

Es muy poco probable que los asistentes a la reciente Marcha de las Putas se hayan detenido a pensar lo que tienen en común con sir Ernest Rutherford, que hace cien años mostró la existencia del núcleo atómico. Pero algo tienen.

La Marcha de las Putas es la traducción del movimiento Slutwalk originado en Toronto, Canadá, cuando un policía tuvo la desgraciada ocurrencia de maltratar la lógica envolviendo un intento (fallido) de razonamiento en la tela sin chiste de su prejuicio sexista. Hablando ante estudiantes de leyes en una universidad canadiense, dijo sin recato, según reporta la BBC: “Me han advertido que no diga esto, pero las mujeres deberían evitar vestirse como putas para no ser victimizadas.” Semejante dislate cabreó a un buen número de mujeres, que decidieron “sacar su frustración a las calles”, tal como explican en http://www.slutwalktoronto.com/about/what, vestidas exactamente con lo que les vino en gana. Slutwalk critica lo dicho por el policía porque, alegan, “usar un término peyorativo para racionalizar un comportamiento inexcusable crea un ambiente en el que es correcto culpar a la víctima”. Lo que el poli propuso no fue menos que basar una política pública –regular la vestimenta de las mujeres– en un razonamiento que le cae bien al nivel basal del sentido común: que las mujeres son sexualmente agredidas a causa de su apariencia.

Entre en escena sir Ernest Rutherford. No sabemos cómo se comportaba con las mujeres, pero sí que agredía hojas delgadísimas de oro a mandarriazos de partículas alfa. En sus rarísimos experimentos en la Universidad de Manchester, en Inglaterra, este físico neozelandés vio algo extraordinario que le hizo concebir una idea perfectamente a tono con el sentido común, y eso a pesar de su muy insólita descripción de lo que vio: “Fue tan increíble como si dispararas un obús de quince pulgadas a un pañuelo de papel y diera media vuelta para hacer blanco en ti.” La idea luminosa de Rutherford fue proponer un modelo del átomo como sistema solar: con un núcleo en el centro y una cohorte de electrones orbitando alrededor. El modelo resultó inconsistente con la electrodinámica clásica y hubo de ser rescatado por la mecánica cuántica, que luego lo confinó al gabinete de las ideas casi muy buenas.

Pero he aquí la clave de la asociación entre el policía misógino y el físico ingenioso: el rigor de este y su ausencia en aquel. Sorprendido por el obús respondón, Rutherford aventuró una hipótesis imaginativa y sensata (a saber: que la carga eléctrica positiva del átomo debía estar concentrada en un núcleo minúsculo, de modo que al aproximarse algunas pocas partículas alfa –los obuses–, positivamente cargadas también, tenían que salir rebotadas por la repulsión eléctrica). Fastidiado, en cambio, el poli canadiense repitió una hipótesis que suena sensata a muchos (a saber: que la vestimenta de una mujer es la causa de la agresión criminal).
Dos hipótesis. Dos vías posibles. Una, someterlas a prueba con mala leche; dos, creerlas o rechazarlas a ciegas, sin involucrar a la lógica en el proceso. ¿Y no es esta segunda opción la más socorrida, por mucho, en la vida privada como en la cosa pública? ¿Y no está basada en eso que llamamos prejuicio?

Juguemos con la idea de que la ciencia, como actividad profesional, se ocupa de adquirir el mayor conocimiento posible acerca de las cosas que estudia. Por tanto, investigación científica y prejuicio parecen mutuamente excluyentes.

Más aún, en tanto resista el cuestionamiento y el desafío intelectual sin desmoronarse, el conocimiento científico será riguroso. Y, a riesgo de caricaturizar demasiado, es útil al menos en la medida en que la acumulación de conocimiento científico permite establecer relaciones entre causas y efectos.
Si a primera vista la indignación de las marchantas viene de lo injusta (por falsa) que es la relación causa-efecto insinuada por el policía de Toronto, en segundo análisis tal vez sea la ausencia de rigor en su “racionalización” lo que más pone la sangre a hervir. Eso, más la otra insinuación: la que invita a adoptar el recato en el vestir como política pública de prevención del asalto sexual. En su blog de El Universal, Katia D’Artigues ejemplifica con tres o cuatro microautoridades que se dejaron llevar por este truquito. Pero la cosa ocupa dimensiones superiores cuando autoridades con mayor estatura abrazan el mismo método irracional para justificar acciones de gobierno.

Un primer ejemplo atañe a los segundos pisos y supervías cuya construcción nos justifican con el argumento de que a mayor superficie de rodaje, seguirá, como efecto benéfico, una disminución en los atascos viales. Suena sensato, ¿no? Excepto que si en vez de prejuzgar el argumento como válido lo somete uno a examen científico, se descubre justo lo contrario: ya lo explicó Salvador Medina en el blog de Letras Libres (25 de mayo de 2011). Segundo ejemplo: la pretensión del gobierno federal de impulsar (subvencionándolo) el cambio de foquitos convencionales por los llamados “ahorradores” como medida de mitigación de emisiones de gases de invernadero. Por un lado, un razonamiento casi idéntico al invocado por Medina echa por tierra la hipótesis; y, por otro, las cifras de consumo energético de la Secretaría de Energía muestran que, aun si hubiese un efecto benéfico por mitigación, este sería mucho menor que el que puede lograrse si se ataca la causa de mayor impacto: el sector transporte, no el consumo doméstico.

El tercer ejemplo es más serio. A juzgar por lo argumentado públicamente, estamos “en guerra contra el narco” para evitar “que las drogas lleguen a tus hijos”. Y en esta guerra no vale la opción de despenalizar el consumo, ni siquiera el de la mariguana, porque, alegan un funcionario tras otro, la mariguana es la puerta de entrada a las drogas más duras. Para no darle vueltas: fumar churritos es una causa de pasar a meterse coca. Los políticos en el poder parecen no querer cuestionarla, pero no por eso deja de ser solo una hipótesis. ¿Como la del policía de Toronto? En cierto sentido, sí. Y sin embargo: Auditorio de la Facultad de Medicina de la unam; 18 de enero de 2011; ponente: Juan Ramón de la Fuente. Hipótesis cuestionada: ¿es la mariguana una puerta de entrada a las drogas más duras? De la Fuente: “es un argumento socialmente persuasivo, pero la ciencia refuta ese tipo de lógica”.

Abundan otros ejemplos de decisiones de política pública basadas en prejuicios. ¿No sería obligación de los servidores públicos servir a la ciudadanía exhibiendo la lógica entera de sus argumentos? ¿No lo es de la prensa, también, el exigirla? ¿Lo harán durante las campañas electorales de cara a julio de 2012? En otro arranque de ingenio, Rutherford dijo: “No tenemos dinero. Por lo tanto, debemos pensar.” Tomémoslo prestado: si no tenemos discusión inteligente en los medios, los ciudadanos deberemos razonar. ~