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artículo no publicado

Preceptiva foxista

Vicente Fox llegó a la Presidencia con una legitimidad sin precedente. El 2 de julio el candidato de la Alianza por el Cambio fue electo con poco más del 42 por ciento de la votación, pero cuatro meses después su popularidad, como los panes del Evangelio, se había multiplicado. Según las encuestas previas a la toma de posesión del 10 de diciembre de 2000, el 85 por ciento de la población tenía una opinión favorable del próximo Presidente de la República. Esa enorme popularidad y aceptación, sin embargo, se ha erosionado muy rápidamente. La tasa de aceptación ha bajado al 59 por ciento y el 76 por ciento considera que los problemas ya se le salieron de control al gobierno de la República (El Universal, 3-III-03).
     ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo es posible que semejante capital político se haya consumido en tan poco tiempo? No es fácil responder estas preguntas. La explicación de lo que ha ocurrido es compleja. Pero, dicho lo anterior, hay que reconocer dos cuestiones elementales: una, que la responsabilidad principal es de Vicente Fox y de nadie más; otra, que lejos de enmendar repite los errores y comete nuevos. De ahí la importancia de realizar un balance de lo ocurrido hasta ahora. Y de ahí también que este análisis pueda funcionar como una suerte de preceptiva para el propio presidente de la República.
      
No crearás falsas imágenes ni demasiadas expectativas
Como candidato, Vicente Fox concentró todas sus baterías en la corrupción y la ineficiencia del régimen priista. Todos los males y vicios del país se explicaban por una sola y precisa razón: los 71 años de autoritarismo. Por eso el siglo XX —fueron sus palabras textuales— se había perdido irremediablemente. Su visión de la historia reciente se ajustaba a las mismas coordenadas. Las negociaciones de 1988 entre el gobierno de Salinas y Acción Nacional siempre le parecieron una claudicación e incluso una traición de los principales dirigentes de su partido (Luis H. Álvarez, Carlos Castillo Peraza y Diego Fernández de Cevallos). Tampoco reconocía los cambios graduales en materia electoral, y estaba convencido y decidido a terminar con el "partido de Estado" por las buenas o mediante un movimiento postelectoral de protesta. De ahí la advertencia que repitió en varias ocasiones: si el candidato oficial no se imponía por al menos diez puntos de ventaja, la Alianza por el Cambio no reconocería su victoria. Las cosas, por fortuna para todos, ocurrieron de otra manera. Fueron los propios resultados los que conjuraron el conflicto.
     Pero Vicente Fox no abandonó, aun después de haber alcanzado la victoria, su visión de blanco y negro. O dicho de otro modo, si todos los males del país se explicaban por una sola razón: la corrupción priista, todos los bienes derivarían de un acto fundacional: la alternancia política. El 2 de julio marcaba el fin de un régimen y el nacimiento de un México nuevo. (Poco importaba que, para esa fecha, más de la mitad de la población en nuestro país fuese gobernada ya por los partidos de oposición.) Así lo dijo en su discurso de toma de posesión y con esa convicción ha gobernado hasta la fecha. Por eso sus relaciones con la oposición oscilan entre la conciliación y la denuncia. Y por eso también, el Presidente ofreció como programa de gobierno el oro y el moro. La Presidencia de la República sería la palanca de Arquímedes que permitiría mover el mundo. Todo estaba al alcance de la mano, desde un crecimiento del siete por ciento hasta una revolución educativa, pasando por la creación de miles y miles de changarros.
      
     No practicarás el amiguismo ni el nepotismo
     Las pifias empezaron desde mucho antes de la toma de posesión. La estrategia de integración del gabinete fue la primera manifestación de que algo andaba muy mal. El Presidente electo, por una parte, se deslindó de Acción Nacional y reclamó para sí el derecho de integrar un gabinete a la medida de sus necesidades y de su proyecto. Por la otra, jugó con la idea de sumar a su equipo a militantes y personajes de otras fuerzas políticas, como si se propusiera formar un gobierno de coalición. El error en lo que se refiere a la primera cuestión no amerita mayores comentarios. El Presidente no tendió ningún puente efectivo con el partido que, al menos en teoría, lo había llevado a la Presidencia de la República y, sobre todo, que le resultaba indispensable para gobernar, toda vez que en el Congreso no contaba con una fracción mayoritaria que le fuera favorable.
     Sería ingenuo, sin embargo, suponer que la estrategia anterior fue simple y llanamente un error de cálculo. En realidad era mucho más que eso. Fox estaba y está completamente enfrentado a la dirección tradicional de Acción Nacional, es decir, a Diego Fernández de Cevallos y a Felipe Calderón. El conflicto es de vieja data y las rencillas, lejos de limarse, se han acentuado. Después de la victoria del 2 de julio, el Presidente electo creyó que la hora de ajustar las cuentas había llegado. No había por qué hacer la más mínima concesión a quienes él consideraba hombres poco leales e incluso potenciales enemigos. Y por si lo anterior fuera poco, Fox compró la idea que le vendieron dos de los personajes más influyentes de su entorno (Jorge G. Castañeda y Adolfo Aguilar Zinser): había que integrar un gobierno de centro izquierda, que no se identificara con Acción Nacional, que es un partido de derecha. De ahí el ofrecimiento, que no fructificó, de que la Secretaría de Desarrollo Social la ocupara un miembro destacado del PRD.
     El gobierno así integrado no fue de centro izquierda, y mucho menos uno de coalición: lo que resultó fue un guiso de chile y picadillo. Tal vez el único acierto notable fue el nombramiento de Francisco Gil Díaz en la Secretaría de Hacienda, que hasta la fecha ha conjurado las fatales crisis sexenales. Pero buena parte del resto de los nombramientos se hizo sin ton ni son. Jorge Castañeda fue designado canciller porque se lo exigió personalmente al Presidente electo. Para satisfacer a Aguilar Zinser se creó la absurda figura de Consejero de Seguridad Nacional. Carlos Abascal fue a Trabajo para saldar la deuda con una fracción de empresarios que apoyaron al candidato de la Alianza para el Cambio. Y luego vinieron los nombramientos de otros personajes del círculo más cercano: Cerisola en Comunicaciones y, la joya de la Corona, Usabiaga en la Secretaría de Agricultura. ¿Y qué decir, por último, del papel que ha asumido la primera dama dentro y fuera del gabinete?
No despreciarás a tu prójimo
El mandato de los electores el 2 de julio de 2000 fue muy claro: se votó por el cambio, por Vicente Fox para presidente, pero también se votó por un gobierno dividido. Por eso el PRIconservó la mayoría relativa en la Cámara de Diputados y en la Cámara de Senadores. Este dato era y es fundamental. Ninguna reforma constitucional puede pasar ni podrá pasar en lo que resta del sexenio si no es mediante un acuerdo entre el gobierno de la República, el PRIy Acción Nacional. Esta correlación de fuerzas no es, en sentido estricto, ninguna novedad. El PRIperdió la mayoría absoluta el 6 de julio de 1977, y el gobierno de Ernesto Zedillo se vio obligado a negociar con la oposición los presupuestos de la Federación y, por supuesto, las reformas constitucionales. La lección que dejaron esos tres años debió de ser clara para todas las fuerzas políticas: no hay más camino que la negociación y el entendimiento, e incluso cuando esto ocurre las cosas no siempre salen bien, como lo ejemplificó la reforma eléctrica, que no pudo ser aprobada en la segunda mitad del sexenio de Zedillo.
     Aunque parezca increíble, nada de esto se entendió en el entorno de Vicente Fox. El razonamiento que se hizo fue exactamente el contrario. Se pensó que el primer presidente de la alternancia, que contaba además con una tasa de aprobación del 85 por ciento, tendría la fuerza suficiente para imponerse sobre los partidos de oposición e incluso sobre su propio partido. No había, en consecuencia, necesidad de entablar negociaciones ni de amarrar acuerdos. Por eso, con todo desparpajo, Vicente Fox envió al Congreso el primer año de su gobierno dos iniciativas: la reforma indígena y la fiscal. Obviamente, ninguna de ellas pasó. Ambos casos fueron estridentes. Y digo estridentes porque, en lo referente a la cuestión indígena, tanto los priistas como los panistas habían anunciado en todos los tonos y foros que no la aprobarían. Y en lo que se refiere a la iniciativa fiscal, el presidente la presentó en el Congreso sin haber consultado siquiera con su propio partido. El final de esta historia todos lo conocemos: las relaciones entre el presidente y el Congreso se deterioraron y hasta la fecha siguen entrampadas.
No actuarás frívolamente
Primero fue la frase: "Solucionaré el conflicto de Chiapas en quince minutos." Lo dijo durante la campaña. Nadie se sorprendió demasiado. Los candidatos suelen exagerar y simplificar en exceso. Pero, ya como presidente en funciones, se tomó en serio la cuestión. Él y su gabinete de orden y respeto decidieron que la "pacificación" de Chiapas debía ser la tarea primera y fundamental del nuevo gobierno. Todos estaban de acuerdo en que la firma de la paz con los neozapatistas sería la mejor forma de mostrarle a los mexicanos y a las mexicanas, y a las chiquillas y chiquillos de buena fe en todo el mundo, que las cosas habían cambiado de verdad en México. Nada sería ya como antes. Al fin, Marcos se había levantado contra el viejo orden priista autoritario y, en cierto sentido, era un aliado de todas las fuerzas que se habían empeñado en el cambio democrático. Poco importaban la capucha, el uniforme y las armas. El subcomandante seguía siendo muy popular en Europa y América Latina. Había que aprovechar el efecto mediático que todo eso tendría.
     Pero la realidad era otra. La posibilidad de alcanzar un acuerdo y firmar la paz nunca existió. Desde el principio, Marcos fue muy claro en sus exigencias para reiniciar el diálogo, que no para concluirlo ni firmar la paz, con el gobierno de la República: 1) retiro del Ejército de los Altos de Chiapas; 2) liberación de los presos zapatistas y 3) aprobación por el Congreso de la iniciativa de la COCOPA. Fox, por su parte, ofreció lo que no podía cumplir. El tour de force entre el subcomandante y el presidente terminó como tenía que terminar. No se alcanzó ningún acuerdo. Pero además, los panistas se sintieron, con razón, presionados y maltratados por el propio presidente. Durante esos cuatro meses, Los Pinos estuvieron más cerca del ezln y del PRD que del PAN y el pri. Era, literalmente, el mundo al revés. Dos frases sintetizan esos desencuentros: Fernández de Cevallos considerando al presidente como el mejor publicista de Marcos, y Fox refiriéndose al subcomandante como al "amigocho" que tiene allá, en las montañas del sureste mexicano. Cuando el sainete concluyó, el presidente había dilapidado buena parte de su capital político. No adorarás al consenso ni a la reforma del Estado
     La idea original fue de Porfirio Múñoz Ledo. La utilizó durante su breve campaña por la Presidencia de la República, como candidato del PARM, y luego se la llevó en las maletas cuando decidió sumarse a la Alianza por el Cambio. Fox y su entorno la compraron, como tantas otras cosas, en forma casi inmediata. Los nuevos tiempos que el país vivía demandaban, ni más ni menos, que una nueva constitución y una reforma integral del Estado. Los viejos acuerdos, decían, habían llegado a su fin y era necesario alcanzar por consenso un nuevo pacto nacional. La transición mexicana no sería la excepción de la regla. Al igual que en España, donde había habido un pacto entre todas las fuerzas políticas, el famoso Pacto de la Moncloa, y en Chile, donde se había tenido que redactar una nueva constitución, en nuestro país se deberían revisar los fundamentos y la estructura de todo el sistema político e institucional. De otro modo, se estaría construyendo en el vacío y sería imposible alcanzar metas más concretas, como las reformas estructurales.
     Fue por eso que la Secretaría de Gobernación, con la bendición del presidente Fox, emprendió una serie de reuniones con la totalidad de las fuerzas políticas, incluidos los partidos de la Sociedad Nacionalista y Alianza Social, en las que se abordaron todas y cada una de las cuestiones que se consideraron importantes. Al final de esos largos y laboriosos meses, se dio a conocer el parto de los montes: un largo documento que no contenía ningún acuerdo concreto, pero que era pródigo en buenas intenciones y en la enumeración de los ambiciosos proyectos de los involucrados. Todos querían desarrollo, reforma fiscal, bienestar, seguridad, salud, educación y un largo etcétera, pero nadie decía cómo hacer para alcanzarlos. Mientras tanto el tiempo corría y las negociaciones para alcanzar las reformas estructurales se posponían absurdamente. En Los Pinos y Bucareli se pensaba que no había que poner la carreta antes que los bueyes. Fue hasta el segundo Informe de Gobierno cuando Fox bajó de Rocinante (la búsqueda del consenso), dejó la lanza (la reforma del Estado) y se pronunció por alcanzar una mayoría (con el pri) para alcanzar las reformas estructurales urgentes. ¡Eureka! No confundirás lingotes con cacahuates, ni pondrás al país en bretes innecesarios
     ¿Se pueden sumar lingotes de oro con cacahuates? No, como lo sabe cualquier estudiante de primaria, no se puede. Lo que sí se puede es escoger los unos o los otros. Y como ya pasaron los tiempos de la Conquista, es evidente que siempre habrá que preferir los lingotes a los cacahuates. Esto es lo que pensaba el entonces Zar de la lucha contra la corrupción priista. Pero en esta cuestión tampoco había consenso. A Francisco Barrio se le oponía el único priista integrante del gabinete, Gil Díaz. El secretario de Hacienda insistía en que la reforma fiscal era urgente y que para sacarla adelante no había, como era y es cierto, otro camino que un acuerdo con los priistas. El verdadero fondo de la cuestión era semántico: Gil, economista, priista y pragmático, estaba convencido de que la reforma fiscal era puro oro o algo más sustancioso: sin ella el oro podría volverse polvo. En la otra esquina, el contralor de la Federación miraba fijo y, con la seguridad que da la fe y la confianza de estar Haciendo Historia (así con mayúsculas), argumentaba que una reforma estructural no era nada comparada con el bien que Fox le haría a la nación aniquilando la corrupción.
     Perplejo entre ambos, el presidente de la República no se perdía argumento ni guiño ni seña de tan apasionado debate. Y en esta cuestión, como en tantas otras, Fox actuó como el fiel de la balanza. Pero como un fiel sin fidelidad. Porque lo mismo alentaba al secretario de Hacienda para que alcanzara acuerdos con los priistas, que se alineaba con el Zar anticorrupción y soñaba con encarcelar, de una vez y para siempre, a todos los corruptos del pasado y el presente. El péndulo oscilaba cada vez más rápido: durante su segundo Informe de Gobierno llamó a los priistas a sumarse al gobierno para realizar las reformas urgentes y sólo dos semanas más tarde autorizó la solicitud de desafuero, en el contexto de la renegociación del contrato colectivo de Pemex, de dos líderes petroleros. La respuesta fue inmediata: el Sindicato de Petróleos amenazó con estallar la huelga. El país estuvo al borde del precipicio. A la fecha no sabemos bien a bien por qué la sangre no llegó al río, pero de que estuvo a punto, estuvo a punto. E igualmente cierto es que, a la fecha, tampoco hemos visto ni los cacahuates ni los lingotes. No jugarás al todo o nada
     Vicente Fox, qué duda cabe, es un hombre echado para adelante. Le gusta pelear y bregar. Lo suyo es la acción más que la reflexión. Las campañas y las arengas son su elemento natural. El trabajo de escritorio y la toma de decisiones le provocan urticaria o le dan pereza. Seguramente por eso, ya en la Presidencia, se ha comportado en varias ocasiones como un verdadero apostador. La lista está a la vista. El primer año jugó en cuatro tableros distintos: apostó a pacificar Chiapas en quince minutos, se enfrentó abiertamente a la dirección de su partido, jugó unas vencidas con el Congreso de la Unión y, al mismo tiempo, de manera sorprendente, postuló una reforma del Estado que incluía una reforma integral de la Constitución. El segundo año también apostó, pero en esa ocasión sus gallos se enfrentaron en su propio palenque. El saldo en todos los casos ha sido negativo.
     Después de semejante experiencia, uno podría suponer que el presidente de la República ya aprendió. Pero a principios de este año había evidencias más bien de todo lo contrario. Al hacer suyo el lema del PAN para estas elecciones, "quítale el freno al cambio", Vicente Fox se convirtió en el líder de su partido y, además, se comprometió personalmente con la campaña panista en el Estado de México. El saldo inicial de semejante estrategia es de nuevo negativo. El PAN perdió en el Estado de México y tanto el presidente como su esposa salieron mal parados. La perspectiva futura no es mejor. Las encuestas muestran un empate técnico entre el PAN y el PRIy es muy improbable, por no decir imposible, que Acción Nacional conquiste el próximo 6 de julio la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Así que, para decirlo en forma escueta: el presidente está haciendo una apuesta muy riesgosa: es mucho lo que puede perder (credibilidad e interlocución con la oposición) y es muy poco lo que puede ganar. Porque, aun si el PAN ganara la mayoría relativa o absoluta en la Cámara de Diputados, la correlación de fuerzas no se modificaría en la de Senadores.
      
      No meterás la nariz donde no debes
El primer error fue haber nombrado canciller a Jorge G. Castañeda. El segundo, haberle comprado todas y cada una de sus ideas sin escuchar los argumentos en contra. El tercero, asumir la política internacional como una tarea prioritaria de su gobierno. Por la forma y por la intensidad de los viajes, el primer año de gobierno de Fox recordó inevitablemente el activismo internacional de Luis Echeverría y López Portillo. Dos datos resumen el argumento: el presidente convirtió las giras en asuntos familiares y, algo más grave y ridículo, realizó más visitas al extranjero que el presidente de Estados Unidos. Con la agenda bilateral y multilateral pasó algo semejante. Se propuso el acuerdo migratorio como eje de la relación con Estados Unidos y se relegaron cuestiones económicas que son fundamentales para el futuro de nuestra economía. La entrada al Consejo de Seguridad de la ONU fue, como muchos anticiparon, un error garrafal.
     El saldo de este primer tramo no exige demasiados comentarios: el canciller Castañeda se fue con el mismo desparpajo con el que llegó; la relación con Estados Unidos pasó y pasa por uno de sus peores momentos y la presencia de México en el Consejo de Seguridad, una vez terminada la guerra en Iraq, resulta absolutamente irrelevante. El presidente irritó personal e innecesariamente a Bush y a un sector del Partido Republicano pero aún no se da cuenta de lo que ha hecho. Por eso tiene la intención, absolutamente descabellada, de reabrir el asunto del acuerdo migratorio a la brevedad posible. Su percepción de la realidad está completamente distorsionada. No ve ni entiende lo que está ocurriendo. Se comporta como un autista.
Si no eres capaz, debes hacerte a un lado
     El problema de Vicente Fox se llama Vicente Fox. Las carencias e insuficiencias de su gobierno no se subsanarán con cambios de secretarios. El problema es de dirección y coordinación, pero también de claridad y entendimiento. El presidente haría bien en nombrar un jefe de gabinete. ~