Porfirio Díaz, el rompimiento | Letras Libres
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Porfirio Díaz, el rompimiento

Una noche de diciembre de 1849, un bachiller oaxaqueño asistió a una ceremonia donde también se encontraba Benito Juárez, entonces gobernador del estado. Aunque breve, el incidente sería trascendental para su vida. El joven se llamaba Porfirio Díaz.

Porfirio Díaz combinaba sus estudios de manteísta en el seminario de Oaxaca con trabajos que ayudaban a la economía del hogar, en su casa de la calle de Cordobanes. Hacía zapatos para todos los miembros de la familia, con los conocimientos adquiridos en el local de los Arpides. También hacía labores de carpintería, en un taller ubicado cerca de la iglesia de San Pablo. Fabricaba mesas y sillas para venderlas a los alumnos de las escuelas, ya que, como indica un autor, “cada alumno tenía que llevar entonces a la escuela la mesa y la silla que necesitaba”.1 Así pasaron los meses. En enero de 1849, luego de las vacaciones de invierno, comenzó sus estudios de física particular y ética, las materias que correspondían al tercer año de filosofía. Estudió a satisfacción de todos sus profesores, que lo examinaron al terminar los cursos, el 19 de septiembre. “Los filósofos de tercer año presentaron a examen la obra del reverendo padre fray Francisco Jacquier, exceptuando la teoría de la luz, que explicaron por el sistema moderno”, señala el Libro 2º de calificaciones del seminario, para después añadir esto: “Manteísta don Porfirio Díaz, excelente, nemine discrepante.”2 Había recibido la calificación más alta, por unanimidad. “Mejoré mucho”, diría él mismo en sus memorias, al evocar la mediocridad de sus notas en el curso de latinidad.3 Su profesor durante los tres años de filosofía dejó constancia de ello en un documento del seminario de Oaxaca. “El señor catedrático don Macario Rodríguez, deseando condecorar a sus discípulos, que concluyeron el curso con aprovechamiento, hizo la asignación de los lugares en la forma siguiente”, asevera un acta del colegio. “Segundo lugar in oblicuo, número tercero, don Porfirio Díaz.”4 A fines de septiembre de 1849, a los diecinueve años, era ya bachiller de artes.

“Al acabar el curso de artes, me inclinaba yo a la teología”, escribió Porfirio Díaz, “y hasta había ya comenzado a preparar el estudio en las vacaciones en las obras de texto del primer año, que me regaló el señor doctor José Agustín Domínguez”.5 Entre aquellas obras había dos escritas en latín, la Summa Theologiae de fray Tommaso d’Aquino y De Deo Volente et Predestinante de fray Miguel de Herce y Pérez, y una más en español, la Teología moral del padre Francisco Lárraga, miembro de la orden de Predicadores. Don José Agustín Domínguez y Díaz, su padrino, su pariente, su protector durante todos esos años, deseaba que siguiera en el seminario. “Era entonces una de las primeras dignidades de la Catedral de Oaxaca”, recuerda Porfirio.6 Así lo confirma su biógrafo, el presbítero Eutimio Pérez. “Habiéndolo nombrado el Venerable Cabildo canónigo de la Santa Iglesia Catedral –señala– hizo la voluntad de Dios, tomó posesión de la canonjía y después fue ascendido a las dignidades de tesorero y chantre.”7 Ocupaba en ese momento el vicariato general, lugar de honor en la diócesis de Antequera. Domínguez ofrecía por esos días una capellanía a su ahijado, que dejaba libre el cura Francisco Pardo. “No recuerdo el capital que representaba esa capellanía –dice Porfirio– pero probablemente sería como de tres mil pesos, porque daba un interés de doce pesos al mes, cantidad que, aunque pequeña en sí, era en mis circunstancias gran cosa.”8 Una capellanía era una dotación en forma de efectivo para el sostén de un sacerdote, quien a cambio de ese ingreso debía celebrar una serie de misas por el alma del donante. En este caso, además, el beneficiario guardaba parentesco con quien la donaba, don Juan Valerón y Anzures. Así, todo parecía llevar al joven Díaz por el camino de la Iglesia. “Mi madre deseaba ardientemente que yo siguiera la carrera eclesiástica”, afirma. “No ejercía presión sobre mí, pues yo me sentía muy inclinado a ese género de estudios.”9 Participaba desde joven en las ceremonias del culto, al igual que todos los seminaristas. Varios de sus familiares eran religiosos. Su amigo más cercano en el colegio, Justo Benítez, había sido ya iniciado en el sacerdocio: estaba tonsurado, fungía como maestro de aposentos en el seminario. Pero no todo eran certezas. Había dudas. El servicio en el Batallón Trujano durante la invasión de Estados Unidos, por ejemplo, había planteado la posibilidad de una vida más activa que contemplativa, al margen de la Iglesia.

Fue por esas fechas, aquel año de 1849, que Porfirio conoció a don Marcos Pérez. Desde hacía tiempo, junto a su trabajo de zapatero y carpintero, ofrecía clases al final de cursos, en vísperas de los exámenes, por las que cobraba de dos a cuatro pesos al mes. “Daba yo lecciones de gramática y de otros estudios a varios alumnos, con el fin de poder llevar un pequeño contingente a los gastos de mi familia”, explicaría él mismo.10 Así, aconsejado por un amigo, comenzó a dar clases de latinidad a un hijo de Marcos Pérez, un muchacho llamado Guadalupe. Era su pasante en el seminario, por lo que resultaba la persona más adecuada para repasar las lecciones en su casa, situada en la calle de Plateros, a un lado de la iglesia de San Agustín. Guadalupe vivía ahí con sus hermanos y sus padres, Marcos Pérez y Juana España. “La señora trató conmigo respecto de las lecciones –escribió– y empecé a darlas al joven. Algunos días después comenzó don Marcos Pérez a concurrir a la clase que daba yo a su hijo, para oír los ejercicios que le hacía y tener idea de mi sistema de enseñanza.”11 Volvería de tarde en tarde, con el ánimo de ver avances, aunque sin esperanzas, “porque el muchacho era de escasa capacidad y su padre dudaba que pudiese aprender el latín”.12

Don Marcos era entonces magistrado de la Corte de Justicia en Oaxaca; también catedrático de derecho público y constitucional en el Instituto de Ciencias y Artes. Tenía 44 años. Era originario de San Pedro Teococuilco, en el distrito de Ixtlán, zapoteco por todos los costados, al igual que Miguel Méndez y Benito Juárez. Su padre (“quien tenía algunas proporciones”) lo mandó de joven a estudiar a Oaxaca, primero al seminario, luego al instituto, por lo que tuvo una trayectoria bastante similar a la de sus paisanos, Méndez y Juárez.13 Había por aquellos tiempos, entre los indígenas del estado, algunos que eran muy ricos, amos de tierras, dueños de ovejas y chivos. La naturaleza de la conquista en Oaxaca, pacífica en comparación con la que tuvo lugar en otros sitios, significó que los caciques de las comunidades que colaboraron con los conquistadores recibieron autorización para conservar su patrimonio. Durante la Colonia, por lo demás, en contraste con otras partes, la base de la economía no fue la minería sino la grana –es decir, la producción de nopales de cochinilla, cultivada no por los españoles sino por las comunidades, sobre todo las zapotecas y las mixtecas–. “Desde hace tres siglos –según un testimonio– el indio saca de este producto sumas inmensas.”14 Había por ello familias de linaje entre los indígenas de Oaxaca. Don Marcos descendía de una de ellas. Combinaba su trabajo en el foro con su quehacer en la academia, y ambos con su labor en la política del estado. Comenzó de joven su relación con la Corte de Justicia de Oaxaca. A mediados de los cuarenta, luego de una estancia en Jamiltepec, era ya magistrado de aquella corte, miembro de la junta que dirigía el instituto y diputado en el Congreso de Oaxaca, al lado de conservadores como Guergué y liberales como Díaz Ordaz, y sería después –por unos días, antes que Juárez– gobernador de Oaxaca. El primer indígena en ocupar ese cargo en el estado.

Porfirio Díaz tuvo con él una relación de gratitud y respeto desde el momento que lo conoció en su casa, durante las lecciones que le daba a su hijo Guadalupe. Su relación llegaría a ser entrañable con el transcurso del tiempo. “Era hombre de claro talento, vasta instrucción, gran pureza de costumbres y extraordinaria rectitud, honradez y fortaleza de carácter”, habría de recordar en sus memorias. “Tuve la fortuna de tratarlo íntimamente, de conocer su carácter, de aprender mucho de él, pues lo admiraba, lo respetaba y lo tenía como un modelo digno de imitarse.”15 Don Marcos tenía pelo lacio, piel morena, mirada aguda, nariz prominente, ceño fruncido, complexión angular y severa, incluso demacrada, como la que tienen a veces los santos o los fanáticos. Pérez era un poco las dos cosas. Porfirio lo veía como a un padre, el que no tuvo, a la vez generoso, protector y severo. “Su amistad me sirvió mucho para mejorar mi situación –dejó escrito– cuando era yo un muchacho pobre y desvalido.”16 Quedaría agradecido con él por el resto de su vida, que sería larga: en febrero de 1911, unos meses antes de ser derrocado, tuvo la disposición de encontrar un puesto en la burocracia para uno de los bisnietos de su mentor, don Marcos Pérez.

“Una noche, al salir de la clase que daba yo a don Guadalupe Pérez, me invitó su padre para concurrir a la solemne distribución de premios que iba a tener verificativo esa misma noche, en el colegio del estado”, escribió Díaz.17 El Instituto de Ciencias y Artes terminaba sus cursos en noviembre, para comenzar las vacaciones en diciembre. Así sucedía todos los años. Los alumnos tenían que regresar a finales de ese mes para ser matriculados, luego de la ceremonia de premios con la que recomenzaban los cursos en el colegio. Aquella solemne distribución de premios que mencionan las memorias ocurrió el 28 de diciembre de 1849. Un viernes. Porfirio aceptó la invitación de don Marcos, por lo que ambos caminaron juntos la cuadra que los separaba del instituto. Había ya grupos de personas en la entrada, custodiada por un piquete de tropa del Batallón Guerrero. Algunas saludaron al licenciado Pérez, para después avanzar hacia el claustro del convento de San Pablo, sede del Instituto de Ciencias y Artes.

“Eran las siete, y en medio de una atmósfera tranquila, brillaba la luna apacible y majestuosa”, comentó más tarde La Crónica.18 El claustro del colegio, austero, rodeado de columnas bajas y cuadradas, estaba, añadió, “rica y gustosamente engalanado con candiles de cristal, hermosos espejos, cuadros de lujo, cortinas de seda y todo cuanto es necesario y el buen gusto exige”.19 En uno de sus costados había un dosel con la efigie de Minerva, diosa de la Sabiduría, flanqueada por los retratos al óleo de dos exdirectores, ambos sacerdotes, Florencio del Castillo y Francisco García Cantarines. Hacia su derecha, en un rincón, estaba colocada la orquesta de Nabor Alcalá, el hermano de Macedonio. Había cirios encendidos en el patio, candiles de velas que colgaban en el techo. Entre los asistentes estaban, anotó la prensa, “hombres de todas creencias políticas: personas del muy ilustre y venerable cabildo eclesiástico; prelados de las comunidades religiosas; individuos del clero secular y regular; magistrados de la excelentísima corte; miembros del soberano congreso; médicos, abogados, militares, artesanos, y lo más florido y encantador del bello sexo oaxaqueño”.20 No estaban presentes, sin embargo, el obispo de Antequera, don Antonio Mantecón, y el vicario general, don José Agustín Domínguez. Porfirio lo debió notar, como tuvo que advertir también la presencia de mujeres, algo que jamás veía en el seminario.

A las siete y media de la noche, el gobernador del estado, don Benito Juárez, entró al recinto acompañado por el secretario del colegio, el doctor Lope San Germán. Iban seguidos por la junta directora del instituto, entre cuyos miembros estaba Marcos Pérez. Tomaron sus asientos al frente del dosel que tenía la efigie de Minerva. “Una pequeña campanilla anunció que comenzaba lo más interesante de la función”, observó La Crónica. “La orquesta la abrió con una rumbosa y bien ensayada obertura; y acto continuo, el secretario del establecimiento subió a la tribuna.”21 Don Lope San Germán, director interino que sería después, por unos días, gobernador de Oaxaca, leyó las calificaciones de los alumnos. Al terminar, luego de un paréntesis a cargo de la orquesta, subió al estrado para pronunciar unas palabras el doctor Antonio Falcón, médico de renombre del instituto. Porfirio escuchó los discursos con atención. Le parecieron elocuentes: “discursos muy liberales”, dijo, “discursos en que se trataba a los jóvenes como amigos, como hombres que tenían derechos”.22 Ellos fueron seguidos por una lectura de poemas a cargo de Félix Mariscal y Félix Romero. Al final de la función, el gobernador de Oaxaca otorgó los premios –coronas de laureles– a los estudiantes más sobresalientes del instituto.

“Terminada la distribución de premios”, dijo un cronista, que notó que las mujeres permanecían en sus asientos, “la música continuó, la concurrencia se manifestó complacida, los hombres formaron grupos más o menos pequeños”.23 Don Marcos aprovechó la ocasión para llamar a Porfirio. “En ese momento me presentó con el señor don Benito Juárez, que era entonces gobernador”, habría de recordar Díaz. “Me sedujo el trato abierto y franco de estos personajes, cosa que no había yo visto en el Seminario, en donde no se podía ni saludar a los profesores, y mucho menos al rector ni al vicerrector, si no era haciéndoles una reverencia.”24 Marcos Pérez era amigo y colega de Juárez, a quien conocía desde sus años en el seminario. Habían seguido juntos en el instituto y habían entrado después, uno tras otro, por las puertas del gobierno de Oaxaca. Ambos eran compañeros de partido, ambos eran incluso compadres. Zapotecos los dos, Pérez tenía rasgos más afilados y más angulosos, y era también, a juicio de Díaz, algo difícil de creer: “acaso más severo que Juárez”.25 Porfirio intercambió algunas palabras con don Benito, en presencia del licenciado Pérez. Después se despidió. La función de premios terminó poco después, hacia las diez de la noche. Así sería el encuentro, breve y austero, pero trascendente, entre quienes estaban destinados a ser los personajes más importantes de la segunda mitad del siglo que, en ese momento, estaba por comenzar: Benito Juárez y Porfirio Díaz.

Aquella noche de diciembre, fresca y clara, Porfirio salió del Instituto de Ciencias y Artes. Estaba radiante, transformado por lo que acababa de vivir. Caminó por las calles mal alumbradas del norte de la ciudad, solo, bajo la luna, hasta la casa donde vivía con su familia, en Cordobanes. “Y entusiasmado entonces por lo que había visto y oído, formé la resolución de no seguir la carrera eclesiástica”, afirmó en sus memorias. “Luché conmigo toda la noche, y no pudiendo soportar el estado en que me encontraba, comuniqué a mi madre mi resolución al día siguiente.”26 La entrevista con ella, ese sábado, fue dramática. “Mi madre, como era natural, se afligió mucho, me consideró un muchacho perdido, y creyó que mi conducta no podría ser buena, puesto que había operado en mí un cambio tan radical.”27 No hubo acuerdo entre los dos. Todo era incierto y confuso. Porfirio tenía que tomar una decisión si quería ingresar ese año al instituto. Pero no sabía qué hacer. En esos momentos de prueba, abatido por el remordimiento, debió implorar ayuda –hincado, adusto, como acostumbraba desde niño–. “Después de haber pasado dos o tres días en ese estado violento, y cuando vi que mi madre lloraba y se apenaba mucho por mi resolución y que nada la consolaba, le dije que había cambiado de propósito –reveló–, que aceptaría lo que ella quisiera y que seguiría la carrera que me indicara; y entonces, reponiéndose tanto como pudo en su semblante y dándome una prueba de abnegación, me hizo notar que me vendrían grandes dificultades, puestas las cosas como estaban, de no seguir la carrera eclesiástica, porque en ese caso perdería la capellanía que se me había ofrecido, una beca de gracia que se me iba a dar en el seminario, y de la categoría de San Bartolo, que eran las más estimadas, y eso para mí era mucha pérdida y especialmente para mi madre. Sin embargo de todo esto, ella me estimulaba a no seguir la carrera eclesiástica sino la que más me agradara, y decidido ya a abandonarla, tomó mi madre a su cargo la tarea de notificar mi resolución a mi protector el señor Domínguez, lo cual era para mí muy terrible.”28

José Agustín Domínguez era un hombre que inspiraba miedo. Por la dignidad de su cargo, pero también por la severidad de su carácter, la gente de su alrededor lo trataba con cautela y sumisión. Era muy delgado, calvo, con el cabello ya gris en las sienes, y tenía las cejas delgadas y los ojos ojerosos y hundidos, y una expresión de disgusto en los labios que parecía que le alargaba la cara. Así lo muestra su retrato en la sala capitular de la catedral de Oaxaca. Doña Petrona, su comadre, le solicitó esos días una entrevista para comunicarle la decisión de su hijo, a quien había ayudado a lo largo de su vida y apoyaba entonces para concluir con éxito la carrera de la Iglesia. “El señor Domínguez se mostró muy disgustado en esa entrevista y manifestó que estaba yo perdido, que me había prostituido”, habría de recordar su ahijado, Porfirio Díaz. “Exigió que le devolviera sus libros que me había regalado para el estudio de teología, y terminó notificando a mi madre que ya no me cumpliría nada de lo que me había prometido.”29 Le anunció también, por último, que a partir de aquel momento no quería tener ningún trato con su hijo: “que no lo volviera yo a ver”. Porfirio jamás lo volvería a ver, en efecto, porque su padrino nunca se lo permitió, aunque tendría la pena de notificarle por escrito, en vísperas de la Reforma, la expropiación de las haciendas de beneficio que conservaba el hospicio de Oaxaca en la Sierra de Ixtlán.

El rompimiento resultó traumático para la familia Díaz, que perdió a su protector en la Iglesia. Pero los problemas que surgieron a partir de entonces eran tantos que hubo que centrar en ellos toda la atención, para resolverlos. Fue necesario conseguir por esos días la matrícula de Porfirio en el instituto y pensar, de inmediato, en otras fuentes de recursos, para remplazar el ingreso que significaban la capellanía y la beca de gracia de San Bartolo. Y para ello había que tomar una decisión respecto a la casa de Cordobanes. Petrona Mori optó por vender la propiedad, en parte porque era indispensable conseguir dinero para enfrentar la situación y en parte porque la casa estaba en un estado sin remedio. Conservaba nada más, según un documento, “dos piezas habitables y una destruida”.30 Doña Petrona vivía en ese par de piezas con toda su familia. No podía seguir así, sobre todo sin la perspectiva de un ingreso, por lo que determinó vender la propiedad –“antes de su completa ruina, pues se halla en mucho menoscabo”, explicaría ella misma al escribano Juan Pablo Mariscal–.31 Hubo que comenzar a buscar un comprador, sin tener claro su destino. La familia, quizás, iba a tener que vivir dispersa. “Entonces comprendí que debería atenerme a mis propios esfuerzos y me propuse trabajar para auxiliar a mi madre, serle útil y ayudarle a mantener a sus hijos”, escribió Díaz, optimista a pesar del rompimiento con el padre Domínguez. “La suerte que me había privado de un protector eclesiástico me deparó otro de carácter civil, en la persona del licenciado don Marcos Pérez.”32 ~

 

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Adelanto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo,

escrito con el apoyo del gobierno de Oaxaca,
que la editorial Debate pondrá en circulación en el verano de este año.


 

 

1 Genaro García, Porfirio Díaz, sus padres, niñez y juventud, México, Imprenta del Museo Nacional, 1906, p. 24.

2 Citado por Salvador Quevedo y Zubieta, Porfirio Díaz (septiembre 1830-septiembre 1865): ensayo de psicología histórica, París-México, Librería de la Viuda de Bouret, 1906, p. 78.

3 Porfirio Díaz, Memorias, México, Conaculta, 1994, vol. i, p. 40.

4 Salvador Quevedo y Zubieta, loc. cit.

5 Díaz, Memorias, p. 36.

6 Ídem.

7 Eutimio Pérez, Recuerdos históricos del episcopado oaxaqueño, Oaxaca, Imprenta de Lorenzo San Germán, 1888, p. 114.

8 Díaz, Memorias, p. 37.

9 Ídem.

10 Ídem.

11 Ibídem, pp. 37-38.

12 Ibídem, p. 38.

13 Ibídem, p. 37.

14 Désiré Charnay, Ciudades y ruinas americanas, México, Conaculta, 1994, p. 121.

15 Díaz, Memorias, p. 37.

16 Ídem.

17 Ibídem, p. 28.

18La Crónica, 31 de diciembre de 1849.

19 Ídem.

20 Ídem. Al enumerar a todos los asistentes, el cronista de la ceremonia dijo esto en un pie de página: “Sentimos mucho que ni el ilustrísimo señor obispo ni su vicario general hubieran asistido.”

21 Ídem.

22Memorias, p. 38. Díaz afirma, por error, que aquella noche los discursos fueron pronunciados por Manuel Iturribarría y Bernardino Carbajal. Los oradores fueron, por el contrario, Antonio Falcón y Lope San Germán.

23 La Crónica, loc. cit.

24Memorias, p. 38. Díaz asegura que conoció a Benito Juárez en una función de premios en el instituto, acontecimiento que lo llevó a dejar el seminario. A finales de 1849, Díaz terminó sus estudios en el seminario y, a principios de 1850, los inició en el instituto. La función de premios a la que hacen referencia sus memorias es, por lo tanto, aquella con la que comenzaron los cursos de 1850. El profesor Francisco José Ruiz Cervantes, académico de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, con quien discutí todo esto, me señaló la fecha en que ocurrió esa función de premios, de acuerdo con La Crónica. Quiero aprovechar este espacio para darle las gracias por su generosidad.

25Memorias, p. 37.

26Ibíd., p. 38.

27 Ídem.

28 Ídem.

29 Ibídem, p. 39.

30 Venta de la casa que Petrona Mori hace a Francisco Mora ante el escribano Juan Pablo Mariscal, Oaxaca, 15 de junio de 1850 (libro 313, foja 160 del Archivo Histórico de Notarías, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca).

31 Ídem.

32 Díaz, Memorias, p. 39.