¿Por qué un nuevo museo de historia natural? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Por qué un nuevo museo de historia natural?

Las crisis revelan nuestros desaciertos. En la familia, en la pareja, en el país o en el mundo, los colapsos son una gran oportunidad para reencauzar el camino, para corregir lo que no funciona y proponer nuevas alternativas. “Lo desconcertante –comentaba el científico catalán Jorge Wagensberg en su última visita a México, donde impartió un diplomado sobre lo que él llama “museología total” dentro del programa de la Feria del Libro de Antropología– es que se quiera salir de la crisis repitiendo las ideas y las estrategias que nos llevaron justamente a padecer la que tenemos encima.” Los ejemplos son muchos, pero en este caso me concentro en aquello que concierne a la educación, a la divulgación del conocimiento y la cultura.

Hace diez años, con motivo de las diversas transformaciones que devinieron en el ámbito cultural con la primera elección de autoridades en la ciudad de México, se propuso iniciar un proceso de renovación profunda del Museo de Historia Natural de la ciudad de México. En aquel entonces dicho museo cumplía treinta y cinco años. La información que divulgaba y su representación museográfica habían quedado congeladas en el año de 1964. Hoy, diez años después, la situación es fundamentalmente la misma. A pesar de los esfuerzos por enriquecer su oferta con exposiciones temporales, programas educativos e intervenciones artísticas, el Museo de Historia Natural –que el próximo año cumplirá cien de su fundación si tomamos como punto de partida su antecedente inmediato, el Museo del Chopo, edificado como parte de las fiestas del centenario de 1910– permanece detenido en una visión de la ciencia y su divulgación de mediados del siglo pasado. Los dioramas, con sus taxidermias dramáticas y sus ambientaciones muchas veces inocentes pero profundamente evocativas (que tanta nostalgia por la infancia perdida despiertan en las generaciones nacidas en el medio siglo) no son capaces de representar el mundo en que vivimos, las transformaciones de los ecosistemas o la condición actual de las diversas formas de vida y el vínculo entre estas y la intervención humana a escala planetaria.

Temas como el agua y su escasez creciente, el manejo de las fuentes de energía y los conflictos que desata, el tratamiento de los residuos, la crisis de la agricultura y la pandemia del hambre, la construcción de inmensos ecosistemas llamados ciudades o el cambio climático global, el conocimiento actual del universo y los avances en el conocimiento de la genética, no forman parte de los contenidos de las salas que hoy conforman el Museo de Historia Natural (MHN).

Las autoridades que en 1964 –el mismo año en que se construyó el Museo de Antropología e Historia– decretaron la creación del MHN cometieron un desatino mayúsculo, que consistió en desvincularlo de la institución de donde provenían sus colecciones, la Universidad Nacional Autónoma de México. También revelaron una carencia cultural nacional de altos costos para nuestra convivencia y formas de vida: comparar la jerarquía, la inversión y el diseño institucional que acompañó la creación del Museo de Antropología con el de Historia Natural, muestra el papel central que le damos los mexicanos a la historia y la identidad, pero también desnuda el menosprecio que sentimos por el conocimiento científico y el valor de la naturaleza. Si nuestros mares, ríos y lagos están contaminados y las tierras extenuadas, los mantos freáticos agotados, y las aguas providenciales de las lluvias las tiramos al mar mezcladas con los detritus de las urbes y la industria, o si la basura amenaza con ahogarnos y los recursos naturales se agotan y talamos indiscriminadamente los bosques mientras la industria turística y de la construcción devora las costas y destruye ecosistemas esenciales para la salud del planeta, esto se debe, en gran parte, a que muy pocos de entre nosotros estamos educados en el amor a la naturaleza, en la cultura de su conocimiento y valoración. Y esto se debe, en no poca medida, a que ni los saberes ni las emociones que deberíamos adquirir respecto a la naturaleza son transmitidos por el sistema educativo y cultural del país.

A finales del XIX, el empresario y filántropo Andrew Carnegie financió la más grande expedición arqueológica de su tiempo, misma que no sólo culminó con el descubrimiento del Diplodocus carnegii sino con la construcción de una decena de réplicas que el propio empresario del acero, laico y progresista admirador de Darwin, envió a diversas capitales del mundo con la intención de que una obra de tal envergadura sirviera para entender la historia de la evolución y desterrara de la conciencia colectiva los prejuicios mitológicos. Carnegie pensaba que dicho conocimiento podía ser un aliciente tan fuerte de la razón y la conciencia que podía ayudar incluso a detener las maquinarias bélicas que anunciaban el inicio de la Primera Guerra Mundial. Más tarde, a finales de los años veinte, cuando las tesis educativas de José Vasconcelos estimulaban una renovación importante de la cultura en México, el médico farmacéutico y director del Museo de Historia Natural Alfonso Luis Herrera –también darwinista convencido y autor de varios libros sobre el proceso de la evolución– decidió que México también necesitaba la ayuda de aquella réplica colosal del dinosaurio para explicar la evolución, divulgar el conocimiento y desterrar atavismos. Gracias a Louise, viuda de Carnegie, don Alfonso trajo a México la réplica de aquella dama –porque nuestro diplodocus es hembra– que habitó el Chopo como reina indiscutible de su acervo. Aquella pieza magnífica fue trasladada al Museo de Historia Natural del Bosque de Chapultepec, pero cuando este se diseñó no se tomó en cuenta la talla del ejemplar, y desde entonces doña Carnegii habita las bóvedas cabizbaja, con la cola enroscada en una posición anatómicamente absurda. Desde el año 1964 México tiene un Museo de Historia Natural desvinculado de las instituciones generadoras del conocimiento científico, especialmente de la UNAM, a cuya institución perteneció hasta ese año, pero también del Politécnico Nacional, que aportó muchos de los primeros diseñadores del actual museo, y su estancamiento y olvido se debe, en gran parte, a esta absurda circunstancia. La triste posición y el enclaustramiento que padece Carnegii –esta heroica divulgadora científica– es el mejor ejemplo de las circunstancias que padece el Museo de Historia Natural y de la urgencia de su transformación.

¿De quién depende hoy la renovación del MHN? En primer lugar, del Gobierno del Distrito Federal, y en particular, de la Secretaría de Medio Ambiente, de cuya estructura administrativa forma parte –y que en los últimos años ha desarrollado un proyecto de refundación que hoy se encuentra en proceso avanzado de desarrollo. En segundo lugar, de la UNAM, que también ha iniciado en fechas recientes un programa de colaboración con el Museo al que se vuelve a vincular después de más de cuarenta años de desaparecido el antiguo Museo del Chopo. Pero para concretar esta tarea se requiere de un esfuerzo mayor que implique el compromiso de la comunidad científica, de las nuevas y tradicionales instituciones públicas (Instituto Politécnico Nacional, Asociación Mexicana de la Ciencia, Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Instituto de Ciencia y Tecnología del DF, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), privadas (las diversas fundaciones con vocación social, cultural y con agenda ambiental), no gubernamentales (como es el caso de las diversas organizaciones civiles reunidas en torno al Observatorio Ciudadano de Vigilancia Ambiental), e incluso con la participación de los grandes museos del mundo (como es el caso del apoyo y asesoría que el museo CosmoCaixa de Barcelona presta desde hace más de un año) y las instituciones internacionales creadas para promover la conciencia ambiental y provocar cambios en las políticas públicas de las naciones (es el caso del Climate Institute, con sede en Washington y Londres, que en la actualidad desarrolla el proyecto del Módulo de Información del Cambio Climático en las instalaciones del MHN). Desde mi punto de vista, hoy debemos entender que el desarrollo, la equidad, la justicia –e incluso la paz– dependen de la capacidad social de construir una nueva relación con la naturaleza y los recursos que ella provee, por lo que es necesario construir proyectos institucionales basados en la colaboración y la corresponsabilidad que nos permitan operar profundos cambios culturales que desaten nuevas prácticas y renovadas estrategias de futuro.

No podemos entender nuestra diversidad cultural ni las diferentes identidades que la nutren ignorando el contexto geográfico y natural que las hace posibles. Eso, si pensamos en las raíces. Pero si nos preocupan las ramas, las hojas nuevas y la capacidad de reverdecer un poco nuestro mañana, de rescatarlo de los abismos apocalípticos que se dibujan siguiendo los trazos del presente, la urgencia de una nueva cultura ambiental partirá necesariamente de renovar el conocimiento que entre todos tenemos de las leyes de la naturaleza y de colocar en el centro de nuestras preocupaciones la preservación y cuidado de las distintas formas de vida que cohabitamos en nuestro planeta.

Por eso considero importante socializar el proyecto de refundación del Museo de Historia Natural, en el que trabajamos desde hace tres años decenas de científicos, museógrafos, pedagogos, arquitectos, divulgadores de la ciencia, ambientalistas, artistas, historiadores, intelectuales e incluso poetas, y que consiste básicamente en poner al día los conocimientos sobre el universo, el origen y evolución de la vida, la diversidad de los organismos y sus ecosistemas, sus estrategias de adaptación y supervivencia, pero también incluye la creación de una extensión del museo dedicada a la biodiversidad de México, una de las cinco más ricas del planeta, de modo que los ciudadanos aprendamos a conocer, valorar y preservar nuestro patrimonio natural, a convivir con él y a beneficiarnos de su riqueza conservándolo y protegiéndolo. La idea consiste en mejorar y restaurar una parte importante de la segunda sección del Bosque de Chapultepec en coordinación con sus autoridades y el Consejo Rector Ciudadano que dicta sus políticas, convirtiendo al museo en un ente vivo, que impacta positivamente en su contexto natural, que incorpora y revela el patrimonio vivo y artístico de la zona, haciendo, por ejemplo, del Cárcamo de Dolores –con el extraordinario mural de Diego Rivera El agua, origen de la vida– una sala abierta del museo, o transformando el lago menor en un humedal capaz de mostrar la inmensa riqueza natural de la cuenca lacustre de México y la necesidad de restaurar los lagos existentes y recuperar Texcoco. Se trata de construir un instrumento de formación que, a partir de conceptos tales como objetividad, legibilidad y dialéctica, propicie una nueva cultura científica y ambiental, por lo que desde su concepción misma el nuevo museo no dé la espalda a su contexto sino aproveche la oportunidad de encontrarse dentro de un bosque –o de un gran parque urbano, para ser más preciso– para voltear a verlo y comprenderlo, enriqueciendo su paleta vegetal y creando senderos interpretativos que estimulen el gozo y el conocimiento de las áreas verdes.

Como en otros temas esenciales, el futuro de esta institución (cuyos primeros antecedentes se remontan al siglo XVIII, a los primeros gabinetes de historia natural y a la creación misma del Museo Nacional de la calle de Moneda) pasa por las decisiones que tomen quienes diseñan los presupuestos públicos y aprueban las leyes de egresos de la ciudad y la nación, autoridades y representantes populares entre quienes hoy se escuchan diversas justificaciones (pero ningún argumento) para llevar a cabo un recorte irresponsable a los presupuestos de educación y cultura.

Para salir de la crisis –no sólo la económica, sino la civilizatoria y ambiental– es necesario no repetir uno de los grandes desaciertos que nos trajo hasta la situación actual y ahondar en el abandono del sistema educativo y cultural. Los museos son, citando al mismo Wagensberg, realidades concentradas, objetos, fenómenos, historias, animales, plantas, textos, elementos audiovisuales y obras de arte reunidos en un solo lugar para propiciar diálogos y hacer posible el acceso al conocimiento, al gozo intelectual, de todos los ciudadanos. ¿Con qué finalidad? Nada menos que la de proporcionar a las personas estímulos y emociones a favor del conocimiento, entendiendo este como la más importante herramienta de la humanidad para revelarse contra la incertidumbre, anticipar el devenir y hacerse responsable de su tiempo: “El museo es un útil de cambio social”; “Los museos son lugares de encuentro, las catedrales del futuro”. ~