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artículo no publicado

Polonia hoy

Comprender la historia de Polonia es creer en los milagros. En 1984 nadie hubiera pensado que, en cinco años, Polonia volvería a ganar su libertad e independencia. Por otro lado, la nación polaca, católica y creyente, no tenía en realidad fe en aquel milagro.
Después de todo, ¿quién entre nosotros en la Gazeta Wyborcza hubiera pensado en aquel entonces que, en su momento, llegaríamos a trabajar en un diario grande e importante, respetado tanto en Polonia como en el resto del mundo?
     Y sin embargo, ¿quién haría profesión de poca fe? Terminamos por dedicarnos a discutir entre nosotros mismos sobre qué persona, bando político o fuerza logró la independencia de Polonia.
     La ruta polaca a la democracia, a través de la negociación y el consenso, fue encauzada por el acuerdo de la Mesa Redonda. Considero que la Mesa Redonda fue el acto político más prudente de la historia polaca de este siglo. Casi nadie creyó en un acuerdo entre los comunistas gobernantes y la oposición anticomunista. Y sin embargo, hubo una transformación real —sin bloqueos y escuadrones de la muerte, sin una ventana rota—, Polonia misma supo cómo negociar el camino hacia la libertad y la independencia. Si un patriota polaco hubiera capturado al pez mágico de los cuentos de hadas en 1984, ¿cuáles hubieran sido sus tres deseos? Antes que nada: que Polonia dejara de ser una dictadura para convertirse en una democracia, sin control policiaco, sin censura, sin fronteras cerradas. Segundo, que la economía polaca se racionalizara, y que la lógica del mercado reemplazara a la lógica del mando, la distribución y la carestía; o bien que las deudas en ascenso se transformaran en un crecimiento económico estable. Y tercero: que Polonia fuera un país soberano, que los militares soviéticos se fueran, que la Unión Soviética se derrumbara y que nuestro país se convirtiera en parte de la Europa democrática.
     "La Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros."
     ¿Por qué cayó el comunismo en Polonia? ¿Se adelantó con la elección del papa Juan Pablo II y sus memorables peregrinajes a su patria? ¿Fue producto de la política de los presidentes estadounidenses Jimmy Carter y Ronald Reagan, que manejaban los derechos humanos como un arma del sistema contra el comunismo totalitario? ¿O habrá sido Mijail Gorbachov, que logró su deseo de modernizar el Imperio Soviético suministrándole un golpe mortal?
     Cada uno de esos factores tenía un significado vital. Pero había otro factor aun más decisivo: el hecho de que los polacos mismos querían desmantelar el sistema de la dictadura, y de que aquéllos que servían a la dictadura supieron negociar ese fin con aquéllos que se rebelaron contra ella.
     Ésa fue la Gran Revolución de Terciopelo polaca. Como cualquier revolución, la nuestra también conllevaba grandes esperanzas y trajo grandes desilusiones. Las autoridades se decepcionaron; contaban con la racionalización y modernización del sistema y no con su caída. Solidaridad se decepcionó, confiando en la venida de un tiempo de "fama y fortuna", pronto transformado en otro, plagado por denuncias amargas, desempleo, luchas de facciones, ejercicios de astucia de la nomenklatura anterior y corruptelas de la nueva clase gobernante. En resumen, toda la sociedad resultó frustrada porque supuso que el fin del comunismo haría de Polonia un país con sueldos estadounidenses, un sistema de asistencia pública escandinavo y una ética de trabajo de los tiempos del primer secretario Edward Gierek. No cayó del cielo, porque no había manera de que cayera.
     En realidad, para nosotros en la Gazeta Wyborcza el maná sí cayó del cielo, y nuestra buena fortuna convirtió el agua en vino. Nos dimos cuenta de que la Mesa Redonda había sido un gran éxito: la oposición democrática ganó todo lo que había por ganar durante las negociaciones.
     Lo que fue el precio de la legalización de Solidaridad, es decir, la reducción en las elecciones a una participación mínima en la Cámara Baja (solamente el 35% de los lugares negociados para la oposición), fue convertido por los de la Mesa Redonda en una herramienta del cambio revolucionario. La Cámara Baja de diputación concertada y el Senado democrático se formaron tras unas elecciones en que logramos una victoria apabullante.
     Me acuerdo bien de aquellos tiempos. La victoria exigió de nosotros la imaginación, el valor y la cautela. Fue impactante para todos: para la élite del Partido Comunista, para el Episcopado Católico, y para nosotros, la gente de Solidaridad. Para poder seguir adelante y cambiar de un gobierno comunista a uno no comunista, fue necesario trabar compromisos, evitar los terrenos inestables, limpiar los campos minados, esquivar conflictos con los enemigos naturales de la democracia —los ministerios que controlan a la policía y los militares— y también con Moscú, en un momento en que nadie pensaba aún en la disolución de la Unión Soviética.
     Fue un éxito: con el consentimiento de todos los personajes del escenario político de Polonia, se formó un gobierno encabezado por Tadeusz Mazowiecki: el primer gobierno no comunista del bloque soviético. Este gobierno desempeñó la tarea histórica de descomunizar Polonia. Diez años después, vemos con gratitud a aquel gobierno y a los que lo apoyaron. En el derrumbe económico, fue capaz del consenso y la unidad y bregó contra años de conflictos internos que terminaban por desgarrar al Estado. Después de años de dictadura y subyugación, se fincaron las bases para la instalación de una política de igualdad y soberanía. El gobierno de Mazowiecki, Kuron, Balcerowicz y Skubiszewski supo negociar con el presidente Jaruzelski, con Gorbachov y con los políticos de los países democráticos. Aquí se inició el histórico Otoño de las Naciones: la caída del Muro de Berlín y la Revolución de Terciopelo de Checoslovaquia. Y fueron ese mismo gobierno y ese primer ministro los que serían el blanco de un ataque imperdonable iniciado por aquéllos que condenaban la puesta atrás del pasado con una "línea gruesa" (es decir, el perdón del pasado), aquellos mismos que exigían una "democratización acelerada y la supresión de los comunistas", tanto como "llevar a cabo la revolución". A la cabeza de este ataque se encontraba el símbolo de la resistencia polaca, el Premio Nobel y líder de Solidaridad, Lech Walesa.
     Un miembro del Comité para la Defensa de los Obreros (KOR) escribió en la primavera de 1985:
Yo era de la opinión de que Walesa aspiró conscientemente a una dictadura personal, a convertirse en un "sultán" sindical, autorizado para la toma autocrática de decisiones en relación con temas esenciales. A la vez temía que Walesa tuviera la propensión de llegar a un acuerdo con el gobierno, a costa de 'limpiar el sindicato de sus enemigos'. Yo hubiera considerado eso como una traición a Solidaridad.
Estaba consciente del significado de Lech. Ubicándose en el escenario, satisfizo así el anhelo universal de un líder carismático, omnisciente en su conocimiento y entendimiento, para luego encabezar la victoria del sindicato. Eso resultó en la renuncia al razonamiento y la responsabilidad política de un gran número de activistas. En una situación así, la capitulación del líder carismático hubiera sido equivalente a la capitulación del sindicato. Incluso cuando lo criticaban los moderados, Walesa fue aceptado por las masas. Geremek, Kuron, Mazowiecki y los activistas del KOR fueron acusados de conciliatorios, mientras Walesa quedaba libre de la crítica popular. Fue capaz de modelarse como un líder aceptado por millones de personas. A veces se comportaba como el gran líder de la nación (repitiendo el juramento de Kosciuszko en Cracovia,), en otras ocasiones interpretaba el papel de un obrero común y corriente, un igual entre iguales, desechando la majestuosidad a favor de la franqueza y el humor. Tenía un lenguaje maravilloso, sencillo y directo, y una intuición brillante. Detectaba la disposición de los que lo rodeaban y podía decir lo que se esperaba que dijera. Los polacos sentían que su líder era "uno de ellos", y la personificación del éxito que habían aguardado por tantos años. Había grandeza en él.
     Éste es mi perfil de Lech Walesa: un hombre de intuición brillante y desvergonzada exaltación de sí, un talento político natural y un autócrata arrogante, el padrino de la libertad polaca y su destructor inconsciente. Ninguno hizo tanto por la libertad, y ninguno atropelló tantos valores polacos inestimables. A la vez, ninguno defendió de manera tan feroz la economía de mercado y la orientación occidental de la política polaca.
     Walesa no quiso y no pudo esperar. ¿Será por eso que sigo pensando en él con una mezcla de afecto y aversión, miedo y admiración? Pero la personalidad del líder de Solidaridad no era el factor decisivo en la "guerra de la cumbre". El desenlace fue decidido por el ambiente de frustración que dio éxito al ataque de Walesa sobre el gobierno de Tadeusz Mazowiecki.
     La filosofía de este gobierno se basaba en reformas consistentes y cautelosas, la más importante de las cuales fue la transformación económica de Balcerowicz, calificado después como un "tratamiento por electrochoques". Mazowiecki quería neutralizar cualquier otro conflicto social. No obstante, estos conflictos y frustraciones eran el resultado natural de la transformación. De allí el sentido de la "línea gruesa": darles a todos la oportunidad de trabajar juntos por una Polonia democrática, en lugar de naufragar en las "disputas infernales".
     El genio de Walesa, sin embargo, se basaba en su aguda percepción y articulación de la insatisfacción popular. Los activistas de Solidaridad se hallaban frustrados: esperaban que el sindicato se convirtiera en el nuevo "poder supremo", nombrando rectores y directores de las universidades, presidentes de comités, ministros y gobernadores de provincia. Los obreros desafectos sentían que habían ganado la libertad a través de la huelga sólo para enfrentarse con el espectro del desempleo. Los católicos también estaban frustrados, dado que esperaban que, después de la caída de la "Polonia comunista", sobrevendría la época de la "Polonia católica". Aquéllos que habían sufrido discriminación bajo la dictadura se sentían engañados, porque habían anticipado alguna compensación y en vez de eso miraban atónitos mientras se indultaba a la nomenklatura del Partido Comunista.

A los nuevos gobiernos les gusta ser populares: les gusta repartir dinero. Sin embargo, el gobierno de Mazowiecki siguió fiel a la política económica estricta de Balcerowicz. Ahora podemos ver claramente que Polonia debe su actual prosperidad a aquella decisión. En aquel momento, no obstante, se convocaba a protestas bajo la consigna de "Balcerowicz es el Mengele de la economía polaca". Esta clase de desencanto forma parte de cada revolución: después de la batalla heroica por la libertad, sigue la lucha por el poder y las ganancias. Entonces, como sucede con tanta frecuencia, la dictadura anterior es reemplazada con la dictadura del régimen revolucionario. Afortunadamente, era otro el destino de Polonia.
     Balcerowicz contó desde el principio con críticos empedernidos. Lo acusaban de ser partidario implacable del capitalismo salvaje; de haber instigado el desempleo y carecido de sensibilidad social; de haber asistido a los ricos mientras arruinaba a los pobres. Balcerowicz, no obstante, tenía aliados poderosos: el primer ministro Mazowiecki y Jacek Kuron, ministro de los pobres de Polonia; la inflación galopante también estaba de su lado. Además tenía a su favor la falta de programas alternativos y la convicción de que cualquier otro tratamiento acabaría por fracasar. Una mayoría en el Parlamento y gran parte de los medios también lo apoyaban.
     Nosotros en la Gazeta Wyborcza siempre respaldamos la política de Balcerowicz. Aquello nos causaba problemas. La mayoría de nosotros entramos al periodo de la libertad sosteniendo el principio de la lucha obrera: su dignidad, sus derechos y sus intereses. El ideal de emancipar a los obreros, arraigado en la tradición socialista y las encíclicas del papa Juan Pablo ii, entraba en conflicto directo con la política de Balcerowicz. En lugar de las autoridades independientes de los obreros vino la privatización; en lugar del alza de salarios vinieron los precios altos y los cinturones fajados; en lugar del seguro social vino el espectro del desempleo. A menudo nos preguntábamos: ¿no estaremos traicionando nuestros ideales? Diez años después, podemos reflexionar y decir que no. Nosotros no renunciamos a los sueños, renunciamos a las ilusiones. Creemos, aquí y ahora, que no había para Polonia otra salida que el camino accidentado del tratamiento por electrochoques de Balcerowicz. Por este camino —aunque esté regado de errores, inconsistencias y escándalos— Polonia experimentó un auge económico y un progreso social nunca antes vistos.
     Estamos conscientes de que nada es inevitable. La lógica áspera de una economía de mercado se acompaña a menudo de la cruel frialdad de éste, la mentalidad despiadada de la empresa, el rigor de los tecnócratas y la degradación de la dignidad humana. En tales momentos, recordamos y seguiremos recordando que nuestra meta eventual es la libertad de Polonia y de nuestra sociedad, la creación de un pueblo cívico en que todos tengan el derecho a vivir con dignidad. Sabemos que el libre mercado forma parte inevitable de esa transformación. Pero de ninguna manera debemos considerar el enriquecimiento de algunos y la pobreza de otros como resultado de una justicia divina. Todo lo contrario; debemos contener a los ricos y proporcionar a los pobres la asistencia y la oportunidad que necesitan para escapar de su miseria.
     Las duras políticas de libre mercado y la rápida modernización dieron lugar a una sacudida conservadora y una reacción populista. En Polonia, el populismo se dio en varias formas. Desde el éxito de Stan Tyminski en las elecciones presidenciales de 1990 —gracias a las severas declaraciones anticapitalistas y antieuropeas de muchas autoridades de la Iglesia— hasta la muestra de apoyo para una Alianza de Izquierda Democrática y el Partido de Campesinos Polacos en las elecciones parlamentarias de mayo de 1993. Afortunadamente, la coalición parlamentaria SLD-PSL no pudo cumplir con sus promesas de campaña. Descendió la intensidad de la reforma, pero no hubo regreso a una economía de mando. La reacción populista-conservadora también adoptó una postura anticomunista, formulada a partir del clericalismo y el nacionalismo étnico.
     Hemos retratado a un pueblo abatido y desamparado en la Gazeta Wyborcza, por lo general con un lenguaje periodístico, pero siempre nos hemos declarado del lado de los reformistas. Hemos comprendido que una reacción defensiva es consecuencia natural de la modernización. Por eso apoyamos la política de un diálogo social, un compromiso y una ley que regule las relaciones entre empresas y empleados.

A la vez, siempre supimos que donde se acaba el diálogo, comienza la destrucción de los principios democráticos del Estado de derecho. No promovemos la creación de un código criminal más estricto, pero apelamos en favor de la plena ejecución de la ley hacia aquellos que la han burlado.
     Comprendemos la situación compleja de los sindicatos. Son un elemento constante del sistema democrático. Por su propia naturaleza, son exigentes. En Polonia, los sindicatos fueron un factor esencial en la batalla continua por la libertad y los derechos de los obreros. De manera inconsciente se convirtieron en agentes conservadores durante el viraje de una economía controlada a una de mercado.
     El conflicto entre un gobierno con políticas de transformación y los sindicatos que defienden los intereses de los obreros es tan inevitable como es ineludible el compromiso eventual entre los dos. Diez años de transformación han mostrado que, sin el consentimiento de la sociedad, no se puede reformar a Polonia; y que ese consentimiento se puede ganar solamente a través del diálogo y el compromiso. Creemos que un compromiso económico debe ser prioritario, dado que el crecimiento económico es un prerrequisito para el éxito polaco en casa y por todo el mundo. La economía debe ser un área vigilada en conjunto, y mantenida fuera del marco del conflicto político. Pero ¿será eso posible durante la "guerra civil fría de Polonia"?
     Desde el principio, desde 1989, en el periódico hemos apoyado una Polonia unida, una República: una patria para todos los ciudadanos; un Estado basado en compromisos y no en la dominación de un bando político, ni en una batalla incesante o un interminable ajuste de cuentas. No queríamos que Solidaridad fuera el nuevo "poder supremo", ni que la conformidad, alguna vez compulsiva, con el marxismo-leninismo o la Unión Soviética se convirtiera en la conformidad con la Iglesia Católica o las capitales de Occidente.
     Observamos con júbilo cómo la sociedad polaca volvió a ganar su libertad, y el Estado polaco, su independencia. Apoyamos la política racional de la sucesión de gobiernos vecinos y a nuestras propias minorías étnicas. Agradecimos que Polonia estuviera libre de conflictos con sus minorías nacionales y pleitos con las naciones vecinas por primera vez en su historia. Éste es un logro de la política nacional. Pero no se realizó sin dificultades. Vimos en otros países poscomunistas cómo el nacionalismo agresivo asumía el lugar de la ideología comunista dominante, y cómo volvían los viejos demonios. Vimos cómo el conflicto sangriento de Yugoslavia nació, estalló y siguió en pie. Los comunistas de ayer se transformaron en los nacionalistas agresivos de hoy y los antiguos demócratas hablaron la lengua del fascismo étnico. También vimos a la clerecía cristiana bendiciendo masacres. Vimos cómo el nacionalismo, producto del comunismo y del anticomunismo, se apoderaba de Rusia y los demás países de la antigua Unión Soviética. Atestiguamos los disturbios violentos de Rumania, la disolución de Checoslovaquia, los hogares en llamas de los refugiados africanos en la Alemania Oriental. Vimos todo eso, y debemos hacer todo lo que podamos para prevenir la repetición de escenas similares aquí en Polonia.
     Desde su primer número, la Gazeta Wyborcza ha tenido un gran respeto por la Iglesia Católica. Reconocimos su preponderante papel a través de la historia polaca y sus grandes contribuciones durante la dictadura comunista y en los días de la Mesa Redonda. Admiramos los grandes objetivos del papa Juan Pablo ii. A pesar de todo eso, y a pesar de ejercer la cautela en nuestra crítica de ciertas afirmaciones episcopales, hemos sido acusados con frecuencia de habernos enemistado con la Iglesia. Hemos considerado y seguimos considerando estos cargos como injustos.
     Nunca pretendimos ser un periódico católico, aunque siempre nos hemos sentido amigos de la Iglesia. Opinamos, en las palabras de Leszek Kolakowski, que
El poder de la Cristiandad no se manifiesta en la teología ni tampoco en su monopolio sobre la creación de cánones que regulen todos los aspectos de la vida. Su poder se revela en el hecho de que puede construir barreras contra el odio en la conciencia del pueblo. En esencia, la mera fe en Jesús el Redentor sería vana e inútil si no llevara consigo la renuncia al odio: después de las palabras "perdona nuestras ofensas"los cristianos tienen que decir también "como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Esta renuncia al odio es el gran desafío que nos presenta la Cristiandad hoy día.
Es a partir de este tipo de Escritura Sagrada que llegamos a comprender a la Iglesia. Por eso nos inquietan las voces llenas de odio y desprecio, enardecidas por el espíritu de la venganza, que se embarcan en una cruzada contra aquéllos que piensan de forma diferente; todo eso en nombre del Evangelio y bajo el signo de la Cruz. Estamos decididos a mostrar otro lado de la cristiandad, una Iglesia de fe ecuménica y de esperanza, compasión y diálogo, perdón y reconciliación. Hemos sido y seguimos siendo gente de diálogo, pero no de obediencia ciega; somos de crítica, pero no de malicia.
     A menudo, en la Gazeta Wyborcza, y yo en particular, hemos sido acusados de tomar una postura demasiado suave contra los responsables del régimen anterior. Nos han criticado por no ajustar cuentas y por no tomar parte en la vejación o descomunización y, como consecuencia, nos acusan de borrar la frontera entre el bien y el mal, la verdad y la mentira. Un crítico llamó a nuestra postura "un pacto amistoso con Caín".
     El décimo aniversario de la Gazeta Wyborcza me parece una buena ocasión para responder a esas acusaciones.
     Por muchos años, pertenecimos a la oposición anticomunista. Muchos entre nosotros pasamos un largo rato en la clandestinidad o en la cárcel, al margen de la vida pública, discriminados y humillados. Nuestros amigos y opiniones fueron excluidos del debate sobre Polonia y la configuración de su futuro. Eso continuó así durante muchos años.

En las páginas de los periódicos clandestinos denunciamos con vehemencia al régimen comunista. No fue hasta 1989, durante las pláticas de la Mesa Redonda, que admitimos la posibilidad de que existiera una luz para Polonia al final del túnel. Entonces nos dimos cuenta de que para encontrar la ruta a la democracia polaca, había que seguir el modelo de España, donde el paso se dio a través del compromiso y la reconciliación nacional. Esta aproximación presupone que no habrá represalias, ni de vencedores ni de vencidos, y que los gobiernos del futuro se elegirán en las urnas. Estábamos conscientes de que nosotros, miembros de la oposición democrática, el kor y Solidaridad, éramos los ganadores en mayor grado. Pero desde aquel alto terreno moral, rechazamos la dulce venganza sobre los enemigos del pasado. Afirmamos la amnistía y negamos a la amnesia. Aquella declaración implicó hacer a un lado la ambición de retribuciones sin dejar de exponer por el otro la verdad completa. El historiador, el ensayista y el artista quedaban con el deber de enjuiciar nuestra desdicha anterior; no el fiscal ni el investigador. Creemos en la necesidad de esa amnistía: tanto para los miembros de las Fuerzas Armadas Nacionales y del Campo Nacional Radical, de derecha, como para los miembros del Partido Comunista. Juzgamos que tenía que haber un lugar bajo el sol polaco para todos, porque sólo de esa manera se podía construir un amplio espectro de armonía social. Queríamos ver a gente de buena voluntad a ambos lados de la compleja barricada polaca. Queríamos revelar la complicada verdad de las fortunas humanas, volcadas dramáticamente en el transcurso de los sobresaltos, los cambios y las crisis sucesivas, causadas por la agresión extranjera y la mentira nacional. Nos opusimos a la creación de un nuevo mito histórico en favor de la continuación de la polémica nacional.
     Comprendemos que la construcción de un Estado democrático y soberano es un proceso de reconciliación de la Polonia en Discordia: la Comunista y la Solidaria. Por eso estábamos en contra de cualquier intento de descomunización o de vejación. Consideramos a la descomunización, es decir, la discriminación contra los antiguos activistas del Partido Comunista, como una postura antidemocrática. Consideramos que las analogías entre la descomunización y la Alemania poshitleriana son exageradas. Gomulka, Gierek y Jaruzelski no eran la misma clase de persona que Hitler, Himmler o Goebbels. Eran dictadores, pero no eran genocidas y cualquier confusión entre las dos definiciones es errónea.
     De allí nuestra resistencia a la vejación. Desde luego, nos importaba que los informadores comunistas se convirtieran en ministros, embajadores, etc. No obstante, sentimos que los datos que contienen los archivos del Servicio de Seguridad no pueden determinar la aptitud de un ciudadano para trabajar en la administración pública. No consideramos a los archivos del Servicio Secreto como una fuente de información fiable. Esos documentos fueron utilizados como herramientas del chantaje policiaco, para comprometer a personas que incomodaban a las autoridades. Un primer ministro que quiere saber más acerca de uno de sus colegas tiene el derecho a revisar los materiales, pero éstos no deben ser manipulados para la creación de un circo político.
     Los conflictos políticos y los desacuerdos forman parte natural de la primera década de una Polonia democrática. Por otro lado, esos conflictos no deberían traspasar la barrera del "bien común", de la ley y la buena educación. Por lo mismo, seguimos con júbilo la unidad de Polonia en cuanto a nuestra entrada a la OTAN, al tiempo que nos inquietaban las señales de una explotación gubernamental de ciertas lagunas del derecho. También nos turbó la intervención de los servicios especiales en las tensiones entre los bandos políticos: la falsificación de documentos con el fin de incitar conflictos; las acusaciones de "alta traición" dirigidas al primer ministro por su propio ministro del interior, apoyadas en las pruebas más efímeras.
     La brutalidad de las batallas políticas nos alarmaba cada vez más: se atacaba al viceministro de asuntos internos por su disposición de ceder Silesia; se insinuaba que el presidente tenía nexos con agentes extranjeros, se arrojaban huevos contra los políticos o se les salpicaba con un líquido hediondo.
     Nos regocijamos con los triunfos de la economía polaca. Aun así, nos perturbaron los eslabones corruptos entre los mundos de la política y de la empresa, los cuales describimos en reportajes esmeradamente detallados. Hemos esquivado siempre el engendro de las acusaciones infundadas, las insinuaciones y los insultos. Sin embargo, ningún gobierno, ningún departamento, ningún partido político puede contar con nuestro apoyo incondicional.
     Haciendo reportajes sobre la política nacional y tomando parte en las polémicas de Polonia, nos dimos cuenta de que la vida no consiste meramente en política. Queríamos, por lo tanto, crear un periódico que fuera comprensivo y que representara una ayuda al lector.
     Siempre nos hemos sentido orgullosos de nuestras raíces en la oposición, el KOR y Solidaridad. Pero nunca quisimos ser un órgano del partido. Y es que nos interesaba trabajar por una Polonia democrática, y no por una sucesión de jefes del sindicato o cualquier otro grupo político.
     El primer número de la Gazeta Wyborcza afirmó:

Este periódico se ha creado como resultado del acuerdo de la Mesa Redonda, pero lo publicamos y editamos nosotros mismos, y somos los únicos responsables.
     Es cierto que tenemos nexos con Solidaridad, pero es nuestra intención presentar los puntos de vista y opiniones de la sociedad entera, incluyendo las tendencias opositoras.
¿Cumplimos con aquella promesa? La respuesta de esa pregunta se la dejamos a ustedes, nuestros cientos de miles de lectores.
     Creemos que el prerrequisito de nuestra credibilidad es la independencia política y material. Hemos construido esa independencia a través de diez años, recibiendo muchas atenciones y ataques en el camino. Hoy agradecemos tanto a nuestros críticos como a nuestros amigos.
     Durante casi dos siglos, los polacos simbolizamos el martirio y el valor a los ojos del mundo, mientras el Estado polaco era conocido como el "enfermo de Europa" y se refería con desprecio a la economía polaca como die polnische Wirtschaft. Hoy día, el mundo ve no solamente el heroísmo polaco, sino también la sabiduría de la política nacional y el éxito de nuestra economía.
     Hoy día, Polonia ya no es el objeto lamentable de la compasión por los vencidos, sino que es respetada, admirada y envidiada en su victoria. Es éste también un buen momento para recordar a los oprimidos, los desempleados y los que no tienen hogar, los empobrecidos y los sumidos en la apatía; los que no toman parte en las elecciones pero se ponen en huelga y cierran los caminos porque temen a un porvenir incierto. Todos forman parte de Polonia y de lo polaco. Su destino es un asunto que nos concierne. Nuestra actitud hacia los oprimidos es, según creemos, una medida esencial del patriotismo polaco contemporáneo.
     ¿Qué significa, por otra parte, el patriotismo para la Gazeta Wyborcza? Vimos con aversión cómo algunos miembros de Solidaridad pedían recompensas por los años pasados en la cárcel y vimos a otros exigir compensación por el tiempo que pasaron en los campos de concentración. Ambas partes tienen pleno derecho a una retribución, pero creemos que el patriotismo consiste en no valernos de todos nuestros derechos, en poder ofrecer las deudas del comunismo a cambio de una Polonia libre.
     Ese es nuestro primer instinto: exigir la verdad y enderezar los entuertos, mientras renunciamos a la venganza y los privilegios del veterano. Nuestro patriotismo no es un palo contra los que sostienen un punto de vista diferente; no se debe usar como método de extorsión, o fuente de consignas sobre la patria. Lo que precisamos es una reflexión en favor del bien común. Nuestro patriotismo no respalda a cualquier partido político que quiera apoderarse del Estado, sea éste poscomunista o pos-anti-comunista. Nuestro patriotismo es la firme convicción de que Polonia es la patria común de todos sus ciudadanos. Solamente la nación —es decir, todos los ciudadanos de la república— puede concederle el mandato a la autoridad. Cualquier grupo en el poder que explica su derecho a gobernar con base en los servicios desempeñados en el pasado, por grandes que hayan sido, emprende el camino hacia la dictadura. Nuestro patriotismo consiste en oponerse a esa dictadura.
     Nos alegramos de que la década más feliz de Polonia en los últimos trescientos años sea también la de los mejores diez años de nuestras vidas. La Gazeta Wyborcza no es solamente nuestra contribución a ese periodo; es la contribución de una Polonia democrática e independiente en su totalidad. -— Traducción del inglés por Tanya Huntington y Álvaro Enrigue