Viernes 13 | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Matthias Oesterle/ZUMA Wire

Viernes 13

El historial político de Boris Johnson produce desconfianza, pero las encuestas indican que el rechazo hacia Jeremy Corbyn es más poderoso. El próximo viernes conoceremos el desenlace de esta cita del Reino Unido con su destino.

Las elecciones del 12 de diciembre en el Reino Unido (RU) serán cruciales para decidir el principio del fin del referéndum de 2016 sobre permanecer o no en la Unión Europea (UE). Pero también definirán el tipo de país al que aspira el RU. La elección ocurre en el contexto de diez años de austeridad que recortaron los presupuestos para instituciones públicas y afectaron la seguridad social para mantener la vida ciudadana en condiciones habitables. Desde la crisis del 2008 la brecha entre ricos y pobres es un abismo que deja a muchos literalmente en la calle. Los ingleses están desilusionados ante las debilidades de un sistema social al borde del colapso. Brexit es la cereza del pastel envenenado.

Fintan O´Toole en The Irish Times (12/7/19) y Andrew Rawnsley en The Observer (12/8/19) coinciden en que, a pesar de la desconfianza, del historial político de Boris Johnson, de su ineficacia al frente del ministerio de relaciones exterior británico durante el aciago mandato de Theresa May y de que cuando habla sobre honestidad en la televisión el público se ríe, el rechazo hacia el líder del Partido Laborista es más poderoso. Nadie quiere a Jeremy Corbyn.

Uno se pregunta cuál es la razón. Sus promesas de campaña son justas y necesarias. Los diez años de austeridad dictada por instituciones como el Fondo Monetario y el Banco Internacional contuvieron la crisis de 2008, pero trajeron consigo un caudal de sacrificios que prescindieron del ciudadano en favor de intereses bancarios y de servicios. La aspiración de las medidas de austeridad es un estado que ofrezca beneficios fiscales y que junto, con el Servicio de Salud Pública (National Health Service o NHS), conceda lo que Trump exija.

La propuesta de Corbyn consiste en un plan radical. Un vasto programa de nacionalizaciones forma parte del paquete. Corbyn señala la escandalosa incompetencia del partido en el gobierno desde hace tres administraciones y defiende impuestos que deben pagarse más equilibradamente, que deben sostener un sistema público (salud, educación, transporte) eficiente y digno.

El contraste entre ambos candidatos es profundo. Uno representa a la tribu euroescéptica y el otro a un conglomerado cuyos votos pueden favorecer al candidato menos esperado. A diferencia de los conservadores, los laboristas no han logrado reunir a en torno a sí a la tribu correspondiente, millones de votantes que, como en 1997, pueden decidir un voto estratégico. Algunos podrían favorecer a Bojo para impedir que Corbyn se mude al número 10 de Downing Street. Otros votarán por Corbyn con la convicción de que un sistema más justo es posible, mientras otros más lo harán porque desean contener a Bojo.

Al tratar de esclarecer la razón del rechazo hacia Corbyn, varios votantes lo identifican como un ser ajeno al tiempo actual; una especie de obsolescencia política cuyo carácter ético es indiscutible pero inadecuado. Un dinosaurio que mantiene el ideal intacto desde los años 60. Sin embargo, en esta época de volatilidad política casi todo puede suceder. Es un candidato que sorprendió a varios en las elecciones de 2017 pero que actualmente es percibido como decrépito y temible.  

Según las encuestas, el Partido Conservador va a la cabeza. El bribón, quien mendazmente ha asegurado que va a terminar con un asunto tan demorado como es la salida del RU de la UE, es visto como el artífice de esa “liberación”. Corbyn en cambio se ha abstenido de adoptar una postura clara en relación con el Brexit. Su reticencia se debe a que es euroescéptico. Por motivos distintos, los dos candidatos comparten su desconfianza ante el “continente”. Ante la presión para definirse ante la UE, Corbyn, como la reina, prefiere mantenerse al margen, sin darse cuenta de que esa indefinición alimenta la desconfianza y la confusión de la tribu que debería conducir.

El deterioro de los servicios públicos, la devaluación de los salarios, la proliferación del trabajo sin derechos legales y la incertidumbre son preferibles a Corbyn. Ambiguo frente al Brexit, radical en su visión del futuro y señalado por los recientes escándalos de antisemitismo en su partido, que no ha condenado, Jeremy Corbyn representa a una izquierda que no reconoce más camino que el suyo. Impermeable a la crítica, abierto sólo a un círculo que lo retroalimenta, no es que las ilusiones de Corbyn hayan envejecido, sino que la forma de realizarlas ha sido cuestionada fiscalmente. Los planes quinquenales vienen a la memoria como relámpagos que iluminan distopias.

El posible triunfo de Bojo resalta por la relativa serenidad de quienes no desean más que olvidarse del “continente” para arrojarse al vacío. Lo asombroso es que no lo hacen ya sólo engañados por los eslóganes que Bojo movilizó en 2016, sino a sabiendas de que votan por un pícaro que los llevará al desastre. Eso es lo que se llama voto leal.

De modo que parece que, gracias a Jeremy, Bojo permanecerá en la misma residencia. Pero puede suceder que lo haga con un parlamento minoritario y sujeto a negociar con la oposición. Esta podría reunir a los distintos partidos y al PSN escocés a cambio de ciertas concesiones monetarias y políticas, entre las cuales la independencia de Escocia puede señalar el principio de la balcanización del RU.

La primera ministra Nicola Sturgeon ve en la separación una forma de seguir formando parte de la UE. De acuerdo con Sturgeon, la decisión de permanecer formando parte del RU fue tomada bajo la condición de mantener la asociación con la UE, una promesa que, rota, hace pensar al electorado escocés acerca de los méritos de seguir dentro del RU.

Irlanda del Norte permanece sin gobierno desde hace casi tres años, a pesar de doce intentos para reinstalar Stormont, la sede del gobierno de Irlanda del Norte. La oposición entre unionistas y republicanos reproduce la fractura que los subdivide entre quienes desean abandonar la UE y quienes votaron mayoritariamente por permanecer. La incapacidad de los partidos establecidos para actuar eficazmente frente a la crisis parece haber agotado su juego. Ni los unionistas ni los republicanos han sido capaces de formar gobierno porque ninguno puede moverse fuera del estrecho círculo de sus reivindicaciones tribales, que puede marcar la declinación del DUP como el partido más grande de Irlanda del Norte y hacerlo perder uno de sus nueve asientos en Westminster, lo cual destruiría su función en el tablero parlamentario. En estas condiciones, la unificación de la isla es un anhelo político que podría suceder de forma inesperada.

Si el resultado de esta elección favorece a los conservadores y el parlamento aprueba la propuesta de Bojo, el RU saldría de la UE el 31 de enero. Ya el asunto no será si permanecer o no, sino qué forma cobrará el divorcio más caro de la historia. Por el contrario, si el voto no favorece a Bojo, es posible que para impedir la extinción de un Brexit “duro”, abrupto, se vea obligado a solicitar la sexta extensión, lo cual señalaría el fracaso de su propuesta. La volatilidad del electorado no permite tomarse la ventaja que hasta el momento favorece a Bojo como una ganancia segura, porque todo puede cambiar.

El 12 de diciembre exige la movilización de alternativas ante partidos tradicionales incapaces de solucionar la profunda escisión que atomiza al electorado volviéndolo impredecible, sobre todo ante campañas electorales que no hacen más que prometer sin aclarar de dónde provendrán los fondos para hacer sus manifiestos realidad. El viernes 13 conoceremos el desenlace de esta cita del Reino Unido con el destino.