Trump y los límites de la exageración en el discurso | Letras Libres
artículo no publicado

Trump y los límites de la exageración en el discurso

En el discurso que dio ante la Asamblea General de la ONU, Trump violó una regla elemental de la comunicación política: cuando un orador se planta frente a audiencias escépticas o abiertamente hostiles, es fundamental establecer en el discurso un espacio de coincidencias, valores e ideas compartidas.

La noticia le dio la vuelta al mundo: al dirigirse a la Asamblea General de la ONU, el presidente de Estados Unidos encontró, como reacción a sus palabras, risas y gestos de burla, incredulidad y desaprobación. Trump inició su discurso con una afirmación que hace uso del recurso retórico de la hipérbole de manera poco creíble y prudente: 

Hoy, me presento ante la Asamblea General de la ONU para compartir el extraordinario progreso que hemos logrado (en Estados Unidos). En menos de dos años, mi administración ha logrado más que casi cualquier administración en la historia de nuestro país.

Al decir esto, Trump se colocó a sí mismo a la par de grandes presidentes de la historia de Estados Unidos, como Washington, Lincoln y Roosevelt. La audiencia no le permitió tanta banalidad y comenzó a reírse, primero de manera discreta y después de manera abierta. Esto se repitió en otras secciones del discurso.

Trump, sus redactores y asesores violaron una regla elemental de la comunicación política: cuando un orador se planta frente a audiencias escépticas o abiertamente hostiles, es fundamental establecer en el discurso un terreno común: un espacio de coincidencias, valores e ideas compartidas.

Como se ha explicado en esta bitácora, la persuasión requiere la suma de argumentos racionales (logos) y emocionales (pathos) alineados con la personalidad y esencia (ethos) del orador. El ethos de Trump ha quedado establecido, pues a nadie escapan las características más sobresalientes de su, digamos, extrovertida personalidad. Trump tenía que iniciar su discurso reconociendo las diferencias de opinión que tiene con la ONU, pero subrayando las posibles coincidencias en varios temas. Esto hubiera permitido que sus ideas, proteccionistas, nacionalistas y aislacionistas como son, fueran lo más relevante del discurso, no la burla del auditorio. Porque se pueden decir muchas cosas de Trump, pero es claro que no le gusta no ser tomado en serio

Este es un ejemplo de libro de texto que nos alerta de los riesgos que corre un orador que hace una afirmación que no está sustentada en ninguno de los tres elementos de la persuasión. La risa resultante es un signo de rechazo a lo que se escucha. 

En este caso, al iniciar con una hipérbole fuera de toda proporción retórica, la audiencia le negó a Trump el locus standi, es decir, el derecho del orador a plantear sus ideas y argumentos ante la audiencia. En ese momento se perdió el respeto mutuo que siempre debe existir entre orador y público, con lo que el ciclo de la comunicación quedó roto. A pesar de que Trump ofreció a continuación argumentos lógicos, sustentados en cifras, para reforzar su bombástica afirmación inicial, el público ya había cerrado sus oídos y sus mentes a lo que escuchaba.

Trump se percató de las risas, interrumpió su discurso y afirmó, sin perder la calma: “Es muy cierto. No esperaba esa reacción, pero está bien”. Pero teniendo en cuenta la tribuna en la que estaba y la importancia del evento y del discurso, que sus palabras hayan movido a la audiencia a la burla es, simple y llanamente, un fracaso retórico.

Desde luego, no escapó a los observadores el hecho de que Trump solía referirse de manera constante a Obama como el “hazmerreír” del mundo y lo culpaba por la pérdida del respeto de Estados Unidos en la arena internacional. La moraleja es doble, y otros mandatarios que se comparan con Donald Trump podrían tomar nota. Primero: evita compararte a la ligera en tus discursos con grandes presidentes de la historia de tu país, sobre todo ante audiencias que no te son afines. Y dos: con la vara que mediste a tus adversarios como oposición, serás medido como presidente. La humildad resulta un ingrediente indispensable en la retórica… y en la política.