Timor Oriental: 20 años de libertad | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: UN Photo/Martine Perret

Timor Oriental: 20 años de libertad

A veinte años de distancia del referendo independentista, la realidad de la antigua colonia portuguesa dista mucho de la narrativa nacionalista que se celebró en las calles de su ciudad capital.

Dili.- “Todo esto es un fenómeno pasajero, temporal. Las falsedades propagadas por la extrema derecha neoliberal, con su populismo y demagogia, no van a resolver los problemas de la sociedad”, afirma con un tono severo y condenatorio José Ramos-Horta, Premio Nobel de la Paz en 1996 y otrora presidente, primer ministro y canciller de Timor Oriental. “Dentro de uno o dos años, el pueblo volverá a la calle para sacar a Bolsonaro, a Trump, a Boris Johnson, y a todos los que mienten a diario, hostigando y violentando al mundo con su xenofobia y su racismo, que no son muy distintos de los de Mussolini, Hitler o las dictaduras militares latinoamericanas de los años 70 y 80”, agrega, enfático y apasionado, a través del teléfono.

Son los últimos días de noviembre en la capital timorense, una ciudad con aires de pueblo provinciano a orillas del Índico y rozando el Ecuador. El país entero se prepara para celebrar el 44º aniversario de la declaratoria de independencia de Portugal, proclamada en 1975 por el entonces Frente Revolucionario de Timor Oriental Independiente (FRETILIN, por sus siglas en portugués), del que Ramos-Horta fue vocero internacional. A la semana de dicho anuncio, el ejército indonesio comandado por Suharto invadió la excolonia lusa. La invasión pilló al legista camino de Nueva York –iba a presentar ante Naciones Unidas el caso timorense–, obligándole a permanecer en el exilio durante un cuarto de siglo. Este aniversario de la proclamación independentista, que tiene particular importancia porque se da en el contexto de los 20 años del referendo de 1999, auspiciado por las Naciones Unidas, que dio finalmente la anhelada libertad a Timor Oriental, lo recibirá en Seúl, a donde viajará en las próximas horas para dictar una conferencia. Por eso nuestra entrevista será vía celular, él en su casa, a las afueras de Dili, ultimando detalles, yo en el lobby del icónico Hotel Timor, en el centro de la ciudad, entre turistas australianos beodos y representantes de la clase acomodada local.

“Esos son los nacionalismos malos”, cierra Ramos-Horta nuestra conversación, en referencia a la creciente ola de regímenes políticos que apelan a la añeja ideología alrededor del mundo. Pero ¿acaso hay nacionalismos buenos? En una era de crecientes extremismos, al nacionalismo se le ha tomado como bandera, de forma equivocada, para reivindicar agendas políticas reduccionistas que pretenden coartar la libertad y los derechos individuales. De la Hungría de Orban a la India de Modi, al nacionalismo se le ha secuestrado, haciéndolo cómplice involuntario de narrativas que son contrarias a su espíritu: la libertad. El nacionalismo es el que impulsó en Timor la sed de autodeterminación, pero también el que en estos días alimenta, a través de la diversidad de la isla y de sus habitantes, el hambre de seguir labrando camino.  

       

Resistir é vencer!
Resistir é saber reconciliar divergências do passado
para enfrentar desafios presentes e futuros
Kay Rala Xanana Gusmão, líder insurgente y primer presidente del Timor Oriental independiente

El imponente Palacio de Gobierno, edificio neoclásico con arcadas blancas construido por los portugueses en los años 50 para albergar a la administración colonial, está situado en el corazón de Dili, frente al malecón. En la mañana del 28 de noviembre resplandece bajo el sol de la temporada seca; son apenas las siete y el termómetro alcanza los 35 grados. Adornado con cientos de banderas negras, rojas y amarillas, los colores del lábaro timorense, se va llenando de gente venida de todos los rincones del país, conforme avanzan las manecillas del reloj, a la par de la temperatura tropical. 

Bem-vindos”, reza una pancarta en las verjas de entrada a los amplios jardines que sirven de atrio al Palacio; una foto en blanco y negro en la que puede verse a varios de los líderes de FRETILIN, entre ellos a Xanana, en atuendo militar, acompaña la leyenda. En derredor, camiones militares detienen el tráfico de vehículos y cientos de efectivos, de uniforme o de paisano, se acomodan en entradas y accesos. Ninguno hace amago de revisar a nadie: la entrada, salida y estancia de civiles, nacionales o extranjeros, al centro del poder timorense, en cuyo epicentro aún se erige un breve monumento a Enrique el Navegante, es libre de cualquier restricción. Al menos hoy, que se celebra la declaratoria de independencia.

“Yo estoy muy orgulloso, feliz de haber sido parte de esa decisión, de haber votado por lograr nuestra independencia y de celebrarla de nuevo aquí hoy”, me aborda Julio Vieira, un regordete y bonachón emprendedor timorense de 40 años. Ha venido desde la vecina provincia de Ermera, en las montañas al sur de la capital, con toda la familia. Cuando se efectuó el referendo independentista en agosto de 1999, acordado por Yakarta durante los turbulentos meses que siguieron a la caída del régimen de Suharto, Julio tenía 19 años y cinco muertos a cuestas, su hermana mayor, su abuela paterna y tres hermanos menores, todos a manos del ejército indonesio. De acuerdo con datos del archivo del Museo de la Resistencia Timorense, cerca de 200 mil personas murieron por inanición o a cargo de las milicias indonesias durante los casi 25 años de ocupación. “Cuando supe que nuestro futuro dependía de mí, de mi voto, no lo dudé un segundo”, añade casi eufórico, bajo un sol que no da tregua.      

A pocos pasos, con su más pequeño nieto como lazarillo, Rosa Moreira Rato se acomoda entre los cada vez más numerosos asistentes a la ceremonia. Quiere estar lo más cerca posible del monumental estrado construido a lo largo del Palacio, en donde se sentará la plana mayor del gobierno, los excombatientes independentistas, la comunidad diplomática y los invitados especiales. Viene desde Los Palos, a más de 200 kilómetros al este de Dili, donde se gana la vida y la de varios de sus ocho hijos y 25 nietos, bordando artesanía y trabajando en la huerta, desde que en 1985 el ejército indonesio masacrara a su marido y a otros varios campesinos de su pueblo que simpatizaban con el FRETILIN. “Yo estoy muy contenta, siempre lo voy a estar. La vida es mucho mejor con la independencia”, declara sonriente la desdentada sexagenaria.

Son casi las once de la mañana y el presidente en turno está a punto de iniciar su intervención. “Povo timorense!”, aclama casi gritando. Pasarán otros 50 minutos antes de que termine su participación, seguirán el desfile militar y las danzas y cánticos tradicionales de cada una de las provincias del país insular. Al terminar el acto oficial, las élites, políticas y económicas, escapan del calor y la multitud, en sus camionetas blindadas hacia sus refugios con clima al oeste de la ciudad. El pueblo se desbordará sobre el malecón, hacia el este y la estatua del Cristo Rey colocada por los indonesios en los años 80 en el extremo de la bahía. Vendedores de pescado, cocos, piñas y naranjas; peleas de gallos; jaurías de perros callejeros; música improvisada con botes huecos y una noche iluminada por fuegos artificiales y la Cruz del Sur serán parte de la fiesta.  

 

Ali também Timor, que o lenho manda
Sândalo, salutífero e cheiroso
Los Lusiadas, Canto X, Luís de Camões

“El país que nació de la destrucción masiva en 1999 ha dado pasos significativos en la construcción de instituciones y en el mantenimiento de la paz. Sin embargo, sobre todo entre las generaciones más jóvenes de timorenses, se denota la insatisfacción que provocan los problemas prevalecientes en el país y se cuestiona de forma crítica la dirección de algunas de las políticas del gobierno”, me explica la investigadora portuguesa Marisa Gonçalves, académica de la Universidad de Coimbra especialista en Timor Oriental, mientras caminamos a la sombra de inmensos banianos por el Largo de Lecidere, en el oriente de Dili.

A veinte años de distancia del referendo independentista y de los disturbios que le siguieron, provocados por milicias pro-indonesias y que cobraron la vida de millares, destruyendo la poca infraestructura de la isla y colapsando su economía, la realidad timorense dista mucho de la narrativa nacionalista que inunda estos días las calles y las plazas de su ciudad capital.

La isla fue explotada por los portugueses por la riqueza de sus maderas preciosas, en particular el sándalo, y desde mediados del XIX se abocó al cultivo y exportación de café. Este negocio boyante decayó durante los años de la ocupación indonesia, y hoy comienza a retomar ritmo, colocándose, después del petróleo y el gas, recientemente explotados en conjunto con multinacionales del ramo y en conjunto con Australia, como segunda fuente de ingresos para el pequeño país del sudeste asiático que, sin embargo, sigue siendo el más pobre de la región y uno de los más pobres del continente.

“Si tuviese la oportunidad, me encantaría ir a otro país para continuar mis estudios y poderme desarrollar profesionalmente. En particular me gustaría poder irme a Indonesia, es algo que muchos de los jóvenes de mi generación quisieran”, me confiesa tímida pero asertiva Dana Pinto, mientras compartimos una mesa de madera en uno de los salones de la Sala de Lectura “Xanana Gusmão”, un espacio multidisciplinario con biblioteca propia albergado en una casa colonial de principios del siglo XX, a donde muchos estudiantes como Dana acuden para preparar sus pruebas escolares. Con apenas 19 años, Dana estudia la licenciatura en ciencias exactas en la Universidad Nacional Timor-Lorosae, la más grande del país. Aunque apenas cursa el primero de cinco años que dura el programa de estudios, ella lo tiene claro. El futuro de Timor está en sus manos, pero también fuera del país.

El nacionalismo no es panacea, nazca del deseo de autodeterminación o del anhelo de independencia; no es en sí, ni bueno ni malo. Malos o buenos, los argumentos y las propuestas políticas que se esgrimen en estos días aduciéndolo. La libertad que el nacionalismo provee, de movimiento o de pensamiento, es la que muchos gobiernos hoy pretenden, en su nombre, cercenar.