Talachas democráticas | Letras Libres
artículo no publicado

Talachas democráticas

Ser ciudadanos activos y participativos no es cosa fácil; implica trabajo cotidiano y mucha frustración. Pero de eso depende que tengamos el país que queremos y podemos tener.  

En salud, sector en el que me he enfocado durante los últimos dos años, hay una especie de mantra que repiten los organismos internacionales, el sector público, el privado y la sociedad civil: en salud todos somos corresponsables. ¿Qué quieren decir con esto? Que la salud no solo es competencia de la Secretaría de Salud sino que, si la meta es alcanzar niveles óptimos de salud pública, es necesario abordarla desde un enfoque multidisciplinario en el cual, por ejemplo, tendrían roles fundamentales la SEP (promoviendo hábitos saludables entre los niños), la Secretaría del Trabajo (velando por la salud de los trabajadores) o la Semarnat (atendiendo los niveles de contaminación ambiental que causan tantas enfermedades respiratorias), todo con el fin de alcanzar eso que la OMS define como salud.

Un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.

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Traigo esto a cuento porque me parece que nos permite hacer algunas analogías con la democracia: en la salud democrática de un país también todos somos corresponsables: gobernantes, instituciones y ciudadanos. Yo sé que lo sabemos y que hemos escuchado cientos de veces que la democracia no se agota en las urnas, pero yo tengo mis dudas de cuánto hemos internalizado este otro mantra.

De acuerdo con una nota de Animal Político, la elección presidencial de 1994 sigue ostentando el título de “votación récord en términos de participación”. En ella votó el 77% de los electores. Y consideren que las elecciones presidenciales suelen ser las más jaladoras.

De esos picos de participación hacia abajo todo se vuelve deprimente, hasta llegar a, por ejemplo, el presupuesto participativo. Que puedas proponer cómo “enchular tu colonia” me parece un ejercicio de consulta extraordinario entre un número más manejable de ciudadanos que prácticamente son tus vecinos. Pues bien, solo el 3.2% de los electores registrados de la CDMX se enteró de la consulta y tuvo el interés suficiente como para acudir a las urnas a manifestar su posición. (No sabemos cuántos se enteraron y no votaron, pero la baja participación seguramente refleja el hecho de que la difusión de las consultas es insuficiente).

Otro de esos espacios que solemos dejar vacíos son los comités vecinales. Estos son son el órgano de representación ciudadana con que cuenta cada colonia, y está integrado por cinco y nueve ciudadanos. Estos ciudadanos no son representantes populares, no son servidores públicos ni forman parte de la administración pública de la Ciudad de México y, por supuesto, no reciben sueldo. Su función es representar los intereses colectivos de los colonos ante las diversas autoridades de la Ciudad de México. Y es quizá, después del representante de manzana, el lugar de deliberación política y social que nos queda más cerca. 

¿Han acudido alguna vez a las sesiones de sus comités vecinales? Cuando yo acudí al mío por primera vez, no es que pensara que me iba a encontrar con el ágora griega en la Benito Juárez, pero sin duda no estaba preparada para lo que fue. Lo resumiría en dos palabras: catártico y caótico. ¡Pero así se empieza! Y es una chamba, un trabajo de tolerancia de todos, y de aprender a construir acuerdos. De aprender a construir ciudadanía y empatía empezando por esas personas a quienes ves todos los días en el mercado, al cruzar la calle o salir a comprar el diario.

Marshall Ganz, un profesor de organización cívica y liderazgo en la Universidad de Harvard, que en los años 60 trabajó hombro con hombro con César Chávez en los campos de California, dice que las relaciones son comienzos, no finales, crean oportunidades para que los intereses crezcan, cambien y se desarrollen.

Es muy posible que los conocimientos, habilidad o capacidades de algunos miembros, vecinos en este caso, que al principio parecen no ser relevantes para el intercambio inicial, puedan ser fundamentales más adelante. “Los participantes también pueden descubrir intereses comunes que desconocían. Y lo más importante, pueden desarrollar un interés en la relación en sí misma, creando lo que Robert Putnam y otros describen como ‘capital social’: una capacidad para relacionarse que puede facilitar la acción colaborativa de todo tipo”.

Ganz ha desarrollado a profundidad su pensamiento respecto a la organización de movimientos sociales, pero yo quiero quedarme, por ahora, en la reflexión de que nadie dijo que ser ciudadanos activos y participativos iba a ser cosa fácil. Hay mucha talacha, mucha frustración, pero de eso depende que tengamos el México que queremos, el México que podemos tener.