Siete claves de la comunicación de AMLO en sus primeros 100 días de gobierno | Letras Libres
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Foto: Presidencia de la República.

Siete claves de la comunicación de AMLO en sus primeros 100 días de gobierno

El próximo lunes 11, Andrés Manuel López Obrador cumple cien días como presidente. Estos son algunos apuntes sobre el estilo de comunicar que ha desplegado en ese lapso. 

 

  1. La cercanía con la gente es real y poderosa. Mientras que su antecesor en el cargo manejó una comunicación rígida, desprovista de emoción y alejada del sentir de la sociedad, AMLO tiene una comunicación centrada en la narrativa, los sentimientos y los símbolos. Su uso de aviones comerciales, su auto modesto, su gusto por mostrarnos que come en lugares sencillos y, desde luego, el uso magistral del lenguaje popular con fines de comunicación política lo han consolidado en la imaginación de muchas personas como un gobernante distinto, realmente cercano a la gente, creando un poderoso vínculo que se refleja en las encuestas.
  2. El discurso como acto catártico. Es muy claro el enorme poder de desahogo que tiene el castigo retórico que AMLO propina diariamente a las élites en sus discursos matutinos. Uno puede pensar que la gente se dará cuenta de que hay una enorme brecha entre sus palabras y sus acciones contra la corrupción o que sus linchamientos verbales rebasan los límites del abuso de poder, y que eso le va a costar popularidad. Tal vez, pero mientras ese día llega, él ha conseguido persuadir a la mayoría de que está siendo implacable con los gobernantes previos, los empresarios, los medios, los “neoliberales” y los “corruptos”. Esta “reparación simbólica” explica mucho de su alta aprobación.
  3. El “padre severo”. El presidente ha asumido un arquetipo profundamente conservador de “padre severo” que cumple roles patriarcales de proveedor (trabaja duro desde muy temprano para ver por los “hijos buenos”) y guardián de la moral (castiga a los “hijos malos”). Al centrar su discurso en consideraciones morales, el presidente ha logrado el sueño de todo político: la gente lo valora por la bondad de sus intenciones, no por los resultados de sus acciones. Esto es muy positivo para AMLO, pero no necesariamente es positivo para la calidad de las decisiones del gobierno.
  4. El insulto como arma retórica. La reificación es un recurso retórico que consiste en cosificar a las personas. En algunos casos, la reificación sirve para reducir la valía de algunas personas o grupos ante la audiencia, lo que se puede lograr con calificativos denigrantes. El presidente ha creado para ese fin un extenso catálogo de términos cargados de desprecio moral: “conservadores”, “mezquinos y neofascistas”, “corruptos”, “fifís”, “la mafia de la ciencia”, “machuchones” y muchos otros adjetivos que lo confirman como un “artista del insulto”. Él mismo ha dicho sonriente que “es un gozo” utilizar este tipo de palabras contra sus “adversarios”.
  5. Recursos retóricos eficaces. Destacan la paralipsis, que es afirmar un concepto al negarlo (“ya no voy a decirles prensa fifí”, “yo no me quiero reelegir”), la hipérbole (toda la retórica en la que él se iguala con Juárez, Madero y Cárdenas es de una exageración desenfrenada) y la repetición sistemática de mensajes simplificados (el más popular: “me canso ganso” – frase que significa “va porque va” o “porque lo digo yo”– una forma de argumento ad baculum, o apelación a la autoridad).
  6. Propaganda en lugar de comunicación.  AMLO y su gobierno están usando predominantemente técnicas de propaganda política, no de comunicación gubernamental. Mientras que esta última busca informar, brindar evidencia (datos), rendir cuentas y generar consensos sociales a favor de los planes de gobierno, la propaganda busca generar lealtad a una persona o partido usando el conflicto y el contraste mediante la activación de emociones, el manejo de símbolos y la polarización.
  7. La posverdad. Desde el debate por la cancelación del nuevo aeropuerto se veía cómo las narrativas, opiniones y convicciones políticas del presidente y sus seguidores y voceros se imponían sobre los datos, cifras y estudios de especialistas, cerrando los espacios para la deliberación sobre esa obra. Esta forma de tratar los asuntos públicos es la definición misma de la posverdad. La retórica también ha sustituido a la evidencia técnica en casos como el del Tren Maya y la Refinería en Tabasco. La posverdad se asoma en el ataque a órganos técnicos que contradicen al presidente (“son una farsa y los vamos a purificar”); en el conflicto con el sector financiero (a Bank of America le dice “yo tengo otros datos”, a las calificadoras les llama “hipócritas”); y en la falta de argumentos técnicos para justificar la modificación de programas sociales, como las estancias infantiles y los refugios para mujeres víctimas de abuso.   

En conclusión, los primeros 100 días de gobierno han sido muy positivos para López Obrador. Sin embargo, esto no quiere decir que lo que es bueno para AMLO es bueno para los ciudadanos. Es claro que tenemos un presidente popular. Falta ver todavía si tenemos un presidente eficaz.