Si AMLO no quiere o no puede pensar distinto, hagámoslo nosotros | Letras Libres
artículo no publicado

Si AMLO no quiere o no puede pensar distinto, hagámoslo nosotros

Cuando las crisis estallan, un líder tiene que comprender, actuar y comunicar con empatía, determinación y visión de futuro. Pero el presidente ha reaccionado con lo peor de su repertorio ante los episodios de violencia de días recientes.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha enfrentado en días recientes su primera crisis de violencia generada por el crimen organizado, con la masacre de 13 personas desarmadas, incluyendo un niño, en Minatitlán, Veracruz. De manera desafortunada, el presidente no ha logrado desempeñar tres funciones esenciales del liderazgo en situaciones de crisis:

  • Comprender la naturaleza de la crisis de manera oportuna, sin eludir o minimizar su responsabilidad.
  • Actuar y demostrar que está tomando medidas concretas para proteger a la comunidad afectada por la crisis.
  • Comunicar, con una narrativa sensible, coherente y creíble que permita a la sociedad comprender el significado de los hechos: qué sucedió, por qué sucedió y qué medidas se están tomando para que no se repita algo así.

Cuando las crisis estallan, un líder tiene que desempeñar estas tres funciones con empatía, determinación y visión de futuro. Lamentablemente, el presidente ha reaccionado con lo peor de su repertorio:

  • No asumió que tenía que explicar a la sociedad la naturaleza y gravedad de los hechos de Minatitlán. A pocas horas de la tragedia, el presidente subió a sus redes sociales un video, donde se le ve reflexionando sonriente sobre el significado la Conquista de México, a contracorriente del sentimiento social.
  • No parece tomar decisiones inmediatas como respuesta a la crisis para mandar la señal de que hay sensibilidad y capacidad de respuesta. Se limita a insistir en las bondades de su plan de seguridad y en prometer que en seis meses se verá una tendencia diferente en seguridad pública.
  • Y, sobre todo, deja pasar la oportunidad de establecer una narrativa coherente y creíble que le brinde a la gente la sensación de que dirigirá los esfuerzos colectivos para enfrentar este problema. En vez de ello, se ha dedicado a atacar a sus adversarios políticos y a los medios de comunicación, culpando a otros de una situación que le toca resolver a él. Esto reduce su estatura como líder, en vez de fortalecerla para enfrentar el problema.

Preocupa mucho ver al presidente entrampado en sus propias limitaciones y sesgos. Pero la reacción de las élites políticas, mediáticas y de opinión tampoco es digna de aplauso, pues simplemente le están dando a AMLO el mismo trato que él y sus seguidores le dieron a los dos presidentes anteriores, como si pasar de actores abucheados a público abucheador nos fuera a ayudar en algo. Resulta impresionante ver ahora a los voceros de López Obrador defendiéndose con los mismos argumentos que esgrimían en su momento los funcionarios de las administraciones de Calderón y Peña Nieto: “no podemos esperar resultados en pocos meses”, “es un problema muy complejo que heredamos del pasado”, “la estrategia es la correcta y en x meses se comenzarán a ver los cambios”, y un largo etcétera. Esto debería hacernos entender que si seguimos así, nos encaminamos a un tercer sexenio sin solución a nuestro principal problema.

Claramente, la narrativa sobre el tema de seguridad lleva mucho tiempo agotada. Hay que cambiar la conversación y el primer paso es dejar atrás creencias muy arraigadas:

  • El problema es solo del presidente en turno – centrar toda la discusión en la persona del presidente, sus palabras y actitudes nos va a ayudar a resolver el problema.
  • La violencia la genera el Estado mexicano con su “estrategia militar” – si el gobierno cambiara a una “estrategia civil”, las cosas cambiarían.
  • El problema es la guerra contra las drogas – si se legalizaran las drogas o dejara de perseguirse al narcotráfico, no habría violencia.
  • El “crimen organizado” es como una empresa o ejército al que se puede  “desaparecer” o “derrotar” con “la estrategia adecuada” y no un fenómeno social que, en el mejor de los casos, podríamos acotar y administrar.
  • El problema sólo se resolverá cuando se resuelvan problemas tanto o más complejos, como justicia, impunidad, corrupción, pobreza, desigualdad…
  • México puede resolver por sí mismo el problema, no necesita ni debe pedir ayuda internacional.

El reto es irnos despojando, una a una, de esas creencias y empezar a plantearnos nuevas preguntas, como:

  • ¿Tenemos a las Fuerzas Armadas que necesitamos para enfrentar el problema? ¿Qué les ha hecho falta que no les hemos dado? ¿Presupuesto? ¿Tecnología? ¿Otro tipo de entrenamiento y doctrina militar? ¿Apoyo político? ¿Otra forma de apoyo internacional?
  • ​​​​​​​¿Cómo le vamos a poner un límite inmediato y real a los peores grupos delictivos y qué costo queremos pagar como sociedad en el corto plazo para ponerlo? ¿Qué peligro estamos realmente dispuestos a enfrentar si de verdad tuviéramos la voluntad de actuar unidos para defendernos de su violencia?
  • ​​​​​​​¿Cómo vamos a comenzar a atender las heridas de las miles de personas que han sufrido la desaparición de un ser querido a manos del crimen organizado? ¿El modelo del siglo XX de “comisiones de la verdad” ideologizadas que juzgan dictaduras es lo que ellos quieren y necesitan?
  • ​​​​​​​¿Cómo vamos a movilizar nuevamente la energía de la sociedad a favor del Estado, después de más de doce años de decirle a la gente a diario que las Fuerzas Armadas son malas y el presidente en turno es el que provoca la violencia?
  • ​​​​​​​¿Cómo vamos a desmovilizar a miles de mexicanos que empuñan las armas contra otros mexicanos? ¿Qué experiencias internacionales exitosas de desmovilización armada nos pueden servir como guía?
  • ¿Cómo dejar de hablar de violencia y comenzar a construir, de abajo hacia arriba, un nuevo discurso de construcción de la paz?

El presidente tiene la mayor responsabilidad –y también la gran oportunidad, gracias a su popularidad– para dar este giro en la conversación pública. Pero al verlo más enojado contra “sus adversarios conservadores” que contra los asesinos de niños, es claro que el primer paso lo tendremos que dar nosotros, quienes tenemos la posibilidad de incidir en algo en la conversación pública. Medios, organizaciones de la sociedad civil, académicos, especialistas, organismos internacionales líderes de opinión, todos tendríamos que abrir puertas y ventanas, dejar que entre sol y aire fresco al cuarto de ideas y mostrar en lo que nos toca empatía, determinación y visión de futuro. Si AMLO no quiere o no puede pensar distinto, hagámoslo nosotros.