Seis meses de AMLO presidente y seguimos sin entender por qué es tan popular | Letras Libres
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Foto: presidencia.gob.mx

Seis meses de AMLO presidente y seguimos sin entender por qué es tan popular

El presidente tiene un modelo de comunicación eficaz que le ha permitido mantener buenos niveles de aprobación, sin que ello signifique que está atendiendo los problemas del país de manera adecuada.

Puede ordenar recortes al gasto público que dejan sin medicinas a niños y ancianos en hospitales del gobierno. Puede endeudar al contribuyente para pagar un aeropuerto cancelado sin justificación. Puede decirnos un día que no hay desabasto de gasolina, para después explicarnos sonriente que nos mintió, que en realidad estuvimos a unos días de que el país entero se quedara sin combustible. Y a pesar de todo, el presidente López Obrador tiene una aprobación enorme, de alrededor del 70 por ciento según varias encuestas. ¿Por qué AMLO puede hacer y decir lo que le da la gana sin preocuparse por perder aprobación popular?

El “superpoder” retórico de AMLO es que mucha gente lo considera “auténtico”, porque “dice las cosas como son”. Como describí en otro artículo, durante muchos años AMLO ocupó el lugar de “parresiastés”, una palabra griega que se usaba para describir a un orador que, más que agradar al poder, le dice verdades incómodas que nadie más se atreve. La gente sabe que AMLO no es economista, ni ingeniero petrolero, experto en construcción de trenes o historiador. Pero no fue “contratado” para eso. El presidente fue llevado al poder en una explosión de descontento para destruir un sistema que muchos consideran digno de desaparecer: es un demoledor profesional. Y mientras siga cumpliendo su rol, mientras siga demoliendo el sistema con palabras y acciones que desesperan y asustan a las élites, la gente le dará permiso para seguir diciendo lo que quiera, o por lo menos le seguirá dando el beneficio de la duda.  

El arma retórica más poderosa del presidente se llama “discurso demagógico”. Este reduce los problemas públicos a una pugna entre dos grupos divididos en “buenos” y “malos”: el “pueblo” contra la “mafia del poder”. Las decisiones del gobierno no se plantean en términos racionales de factibilidad, costos y beneficios, sino en términos emocionales de identidad, es decir, si una idea fue propuesta por “nosotros” (buenos) o por “ellos” (malos). Cuando la gente hace suyo este marco, cuando comienza a repetir las palabras que López Obrador usa para definir a buenos y malos, cuando se contagia y empieza también a discutir de manera demagógica, le da más legitimidad y poder simbólico al presidente.  

AMLO ha construido una base dura de seguidores y voceros que es impermeable a la evidencia. A ellos les importan tres cosas: sentirse parte de un grupo que consideran moralmente superior y que tiene una misión épica de transformación del país, demostrar su lealtad atacando agresivamente a quienes no están de acuerdo, y defender al presidente como alguien infalible, evaluándolo siempre por sus intenciones, nunca por sus resultados. Ahora bien, no todos los seguidores ni votantes del presidente están en esa base dura, y es cierto que hay personas que votaron por él y hoy están arrepentidas. Eso explica algunas variaciones en las encuestas que, sin embargo, lo siguen dejando muy por arriba de lo que su desempeño explicaría.

El presidente usa técnicas de propaganda política, no de comunicación gubernamental. A diario repite los mismos mensajes simples y usa una narrativa clara que hace resonar las emociones de su audiencia, como si estuviera en una campaña electoral permanente: enojo, resentimiento y deseos de soluciones rápidas que lleven a un cambio profundo. AMLO no habla de cómo beneficiar a todos, sino de cómo “hacer justicia”. Adoptando el rol de “padre severo”, el presidente premia a los “hijos buenos” con becas y transferencias, y castiga a los “hijos malos” con insultos, desprecio y (parece que ahora sí) investigaciones y órdenes de captura. Mientras el presidente le demuestre a la gente que está haciendo justicia, su aprobación se mantendrá en niveles muy buenos.

Estamos ante el primer presidente de la posverdad. Cuando AMLO dice “yo tengo otros datos” no está mintiendo. Cuando dice que “la Madre Tierra ya autorizó el proyecto” no significa que realmente piense que el planeta le dio permiso. Lo que hace es decirnos que los datos no importan, que la evidencia es irrelevante, que lo que importa es su voluntad de hacer el bien. Nos dice que nosotros solo debemos aceptarlo, debemos “tener fe” en que México sí crecerá al 4%, o que no hay desabasto de medicinas, o que ya se acabó el “huachicol” y su refinería es 100% viable. De ahí su enorme hostilidad hacia fuentes de información que contradicen su discurso (medios, organizaciones de la sociedad civil, organismos internacionales, calificadoras). La lucha de la verdad contra la posverdad será la batalla más importante que tendremos que librar en los años por venir.

No hay quien le haga frente de manera eficaz. Frente a este despliegue de narrativa, persuasión, manipulación y propaganda, tenemos a partidos de oposición, medios de comunicación, gobiernos estatales, empresas y organizaciones civiles que siguen usando los mismos modelos, narrativas y estrategias de comunicación de siempre, como si López Obrador fuera un presidente más, que se desgastará y caerá de la gracia popular a punta de estadísticas y noticias negativas. ¿Sorprende entonces que AMLO domine el panorama discursivo? 

Una vez más, la conclusión es clara: el modelo de comunicación de AMLO es extraordinariamente bueno para AMLO, pero ¿es bueno para México? ¿los problemas se están resolviendo adecuadamente? ¿las soluciones son adecuadas? Esas son las preguntas más relevantes que tenemos la obligación de plantear una y otra vez y discutir con base en hechos, no convicciones ni prejuicios.