"Roma" y la conversación sobre justicia reproductiva que aún necesitamos | Letras Libres
artículo no publicado

"Roma" y la conversación sobre justicia reproductiva que aún necesitamos

La mezcla de injusticias, discriminación, pobreza e ignorancia respecto a los servicios de salud sexual y reproductiva es un tema central en la cinta de Alfonso Cuarón, y una realidad constante en nuestro país. (El texto revela detalles de la trama.)

Habíamos escuchado hablar de Roma, de cómo retrata la discriminación contra las mujeres que dedican su vida, o gran parte de ella, a trabajar en hogares, limpiando, cuidando niños y realizando otras tareas que las llevan a adentrarse en la cotidianeidad de familias que no son suyas. Teníamos claro que veríamos una obra espectacular que retrata dinámicas anquilosadas que se mezclan en el trabajo doméstico: el cariño como una supuesta prestación laboral, la falta de claridad sobre las tareas, los horarios y los derechos, las desigualdades permanentes entre mujeres que viven juntas, unas dedicando su vida al servicio de las otras.

Todo lo que habíamos escuchado lo vimos en la película. Pero nos llevamos una gran sorpresa al encontrar un tema que, sin duda, es central en la obra y del cual prácticamente nada se ha señalado, que es el de la vida sexual y reproductiva de Cleo, la protagonista, cruzada por esta desigualdad.

(Advertimos que vienen spoilers)

Cleo, como muchas mujeres, inicia su vida sexual en medio de mucha confusión y de una dinámica de poder conducida por Fermín, su pareja. Esto la lleva a tener relaciones sexuales sin protección, sin que haya ninguna conversación sobre métodos anticonceptivos. Como consecuencia, Cleo queda “con encargo”, temerosa y sola, ya que Fermín desaparece en cuanto ella le informa de su embarazo, y más adelante la tacha incluso de mentirosa.

Lo que sigue en la película ocurre bajo la lógica de que un embarazo, deseado o no, debe continuar, algo que no ha cambiado mucho de 1971 a la fecha. Por ello, Cleo acepta las consultas prenatales a las que su patrona, como un favor personal, la lleva cuando le cuenta de la situación. En esas consultas no recibe información sobre la posibilidad de interrumpir el embarazo y acceder a un aborto si ella lo decidiera. Finalmente, a pesar de llevar a término el embarazo que no es planeado ni deseado, tiene que enfrentar lo que tantas mujeres en México sufren: su niña, como ella la nombra, nace muerta.

Pese a que la muerte neonatal puede ser una consecuencia del maltrato que reciben las mujeres en la atención obstétrica en México, Cleo nunca recibe una explicación médica –como hoy sería su derecho– sobre la muerte de su hija. Para Cleo esto se convierte en culpa, que la lleva a pensar que el fallecimiento estuvo relacionado con la falta de cariño que ella sintió durante el embarazo.

La mezcla de injusticias, discriminación, pobreza e ignorancia respecto a los servicios de salud sexual y reproductiva es central en Roma, y una realidad constante en nuestro país. Lo que vive Cleo es parte de un patrón sistemático que experimentan las mujeres en situación de vulnerabilidad, que no tienen el poder social, político o económico para tomar decisiones sobre su sexualidad, sus cuerpos y sus vidas. Por eso hablamos de la falta de justicia reproductiva.

La justicia reproductiva ha sido ignorada por los gobiernos desde hace muchos sexenios. Es cierto que ha habido avances desde el 1971 en que transcurre Roma. Por ejemplo, hoy la legislación de la Ciudad de México hubiera permitido a Cleo interrumpir su embarazo en caso de decidirlo antes de la semana doce (algo impensable en 1971 y aún pendiente en el resto del país). Se han hecho esfuerzos por difundir el acceso a métodos anticonceptivos, y hoy existe una legislación en donde se prohíbe negar el acceso a las instituciones de salud a las mujeres en trabajo de parto, para prevenir la muerte neonatal y materna. Sin embargo, no han existido prácticamente políticas que tengan una visión integral en donde las decisiones personales de la vida reproductiva de las mujeres sean consideradas prioridad y permitan mejorar sus condiciones de vida y las de sus comunidades.

Hoy, más de 50% de las mujeres está en edad reproductiva y casi 30% ha tenido al menos un parto en los últimos cinco años. La razón de muerte materna es de 38.15 por cada cien mil nacidos vivos y un promedio de las muertes maternas de 2012 a 2016 nos muestra que mueren dos mujeres al día por causas prevenibles relacionadas con un proceso obstétrico. Cleo tuvo la suerte de sobrevivir, pero esa no sería la suerte de muchas mujeres ni entonces ni hoy, en particular aquellas que viven en Oaxaca, uno de los estados con una mayor razón de muerte materna, con 44.3 muertes por cada cien mil nacidos vivos. De hecho, 11.2% de las mujeres que fallecen en el parto son indígenas.

La inversión en la salud sexual y reproductiva de las mujeres incluye la prevención de embarazos no planeados y de infecciones de transmisión sexual, el acceso a método anticonceptivos, a servicios prenatales, la atención especializada a niñas y adolescentes y la atención del parto y las emergencias obstétricas. Esto debe hacerse con una perspectiva de género e interseccional que busque que las condiciones de desigualdad no sigan determinando la salud sexual y reproductiva de las mujeres.

Roma habla por sí sola y retrata una realidad cotidiana: las trabajadoras del hogar se embarazan, tienen partos y tienen hijos. ¿Qué hubiera sido de Cleo si su bebé hubiera vivido? ¿Tendría licencia de maternidad? ¿Estancia infantil, para que su bebé permaneciera en un espacio seguro y de calidad mientras ella trabajaba? ¿Hubiera perdido su trabajo? ¿Su bebé hubiera podido vivir en la casa de sus “patrones”, o hubiera vivido con alguien más mientras Cleo trabajaba?

Esas y muchas otras preguntas no llegan a plantearse en Roma, pero no tendrían, ni tienen hoy, repuestas que muevan al optimismo. La justicia reproductiva de las mujeres tiene pendientes, y más aún si se trata de trabajadoras del hogar que están al margen del sistema de seguridad social. Hace unos días, una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictó que las trabajadoras del hogar deben estar inscritas en el IMSS. Hay una iniciativa en el Senado para consignar este derecho en la ley. Son pasos fundamentales, pero incipientes, para movilizar toda una cultura de la discriminación racial y de género.

Es muy posible que Roma no sea del gusto de todos los espectadores. Pero algo debemos celebrar, pues es una representación con la que las trabajadoras del hogar se identifican, acompaña la larga lucha de las trabajadoras del hogar en México y ha detonado conversaciones sobre sus derechos laborales. Ojalá empecemos a hablar también de justicia reproductiva.