Olvídense de Venezuela | Letras Libres
artículo no publicado
Fuente: Wikimedia Commons

Olvídense de Venezuela

El régimen bolivariano aprovecha el asesinato de George Floyd.

¿Alguien se acuerda de Venezuela? El mundo tiembla de indignación porque un policía blanco mató a un hombre negro en Estados Unidos. El gobierno de China, adalid de la democracia que no persigue a minorías religiosas o a disidentes ni tiene la más mínima culpa de que el mundo se esté fundiendo con una pandemia, reclama desde su superioridad moral a Estados Unidos. ¿Qué sentido tiene, en medio de la justa indignación general por el racismo estadounidense, recordar a un país gobernado por el consumado demócrata Nicolás Maduro?

Antes que nada, Maduro no es anglosajón, así que puede darse el lujo de decirle públicamente “apestados” y “armas biológicas” a la migración venezolana que se devuelve de otros países sin que esto sea noticia. Estas personas son confinadas en condiciones de hambre y falta de higiene, sin poder ir a su casa ni contactar con sus familias. Semejante noticia no puede competir con las maldades de Donald Trump contra los inmigrantes ilegales. Si Maduro maltrata a los migrantes venezolanos (que perdieron todo gracias al COVID-19 porque subsistían en la economía informal de otros países) es un asunto de soberanía nacional. Tiene razón Maduro, pues ya él reveló que el presidente colombiano blanco Iván Duque envía de regreso a Venezuela a personas infectadas de COVID-19. ¿Con qué propósito? Obvio: el de contagiar a la sanísima población venezolana que vive en el mejor país del mundo. La gente que regresa de Colombia constituye una muy novedosa arma biológica dirigida a aniquilar al pueblo de Bolívar. Los afroamericanos tienen derecho a protestar en Estados Unidos; en cambio por qué van a protestar los venezolanos si viven de maravilla. La oposición, blanquísima como bien puede darse cuenta cualquiera que vea al líder opositor Juan Guaidó, debe callar de una vez, no sea que se expanda el coronavirus por andar en la calle.

Desde 2013, cuando empezó la fulgurante etapa de Nicolás Maduro, Venezuela ha competido para convertirse en una de las cinco naciones del mundo con la alimentación más frugal, junto con Yemen y Siria, por ejemplo. Lo logró: dios salve a Nicolás que acabó con la obesidad, un mal que asesina por culpa del capitalismo que nos contempla como cerdos a engordar para las fiestas navideñas. Maduro pasará a la historia como un caso extraordinario de estudio que cambiará los principios de la gobernanza en el planeta. ¿No es acaso una manera innovadora de proteger a la población del COVID-19 que permanezcan en sus automóviles hasta 12 o más horas para llenar el tanque de gasolina con el combustible proveniente de la República Islámica de Irán? Sanísima distancia, más sana imposible. Me recuerda tanto a otro legendario gobernante democrático del siglo XX, un tal Josef Stalin. Al igual que el georgiano, Maduro luce un viril bigotazo y disfruta del agradecimiento del sector todavía con automóvil, algunos de cuyos miembros temblorosos y con las lágrimas a punto de saltar de los ojos balbucean un gracias a dios, a Alá, a Maduro. Los felices ciudadanos que pueden cargar de combustible su vehículo después de esperar apenas seis horas agradecen que su desgracia no es tanta. Además, el asunto de la gasolina no es un problema, es por el bien común. Venezuela es una ecológica república que sacrificó su industria petrolera para colaborar con el bien de la humanidad. Es mentira lo que dicen los enemigos racistas e imperialistas de Venezuela, traidores que afirman que el socialismo del siglo XXI quebró a un país petrolero con la destrucción sistemática de la industria del crudo. No, Maduro es un gobernante comprometido con la crisis ambiental. Es tanto el afán socialista de convertirse en ejemplo,  que se racionan drásticamente el agua y la electricidad, medidas audaces que han puesto fin a ese irresponsable despilfarro capitalista tan propio de los Estados Unidos.

El supremacista blanco, Juan Guaidó, no pudo vencer con su neocolonialismo democrático liberal al no blanco Nicolás Maduro. Esas más de 50 democracias que apoyaron su interinato no existen. Trump, titiritero del liderazgo opositor, salió perdedor en esta pelea por la soberanía que ganó el Mao bolivariano que guía al más reciente territorio libre de América a un luminoso futuro sin obesos, sin blancos y, muy importante, sin racistas. Ciertamente en Venezuela muere gente asesinada, torturada a golpes y asfixiada por rodillas afincadas en la nuca y el cuello, como el caso de George Floyd. También pasa en Turquía, China, Cuba, Nicaragua, Irán y Rusia, pero existe una diferencia importante con Estados Unidos. En estas repúblicas humanistas los matones al servicio del Estado son del mismo color de piel que sus víctimas, lo cual es crucial. Si usted mira las fotografías de las protestas venezolanas del año 2017, en las cuales murieron 148 personas, se dará cuenta de que victimarios y víctimas no difieren de manera significativa desde el punto de vista racial.

Qué bueno que ya el mundo se olvidó de Venezuela, porque en definitiva hay lugares que están peor. Mi querida gente de la izquierda latinoamericana que odia las formalidades liberales, siempre pendiente del destino de la humanidad, sus ojos fijos en Estados Unidos demuestran el alcance de sus ideales y la claridad de sus objetivos. Hace bien el gobierno venezolano en mostrar en la televisión oficialista y colaboracionista –la única que hay– las imágenes del asesinato de Floyd. Crea consciencia de que no solo en Venezuela hay matones, sino que también los hay en el imperio gringo y, además, son blancos.