Medio Oriente, espiral de violencia | Letras Libres
artículo no publicado

Medio Oriente, espiral de violencia

A Israel KorenbrotEl triunfo aplastante de Ariel Sharon en las elecciones para primer ministro del 6 de febrero es la culminación de un acelerado proceso de cambio que transformó la cara del Medio Oriente en unos cuantos meses. En Israel, un electorado optimista había otorgado en 1999 un claro y abrumador mandato a favor de un acuerdo final de paz con los palestinos a Ehud Barak, el soldado más condecorado de la historia del país.
Barak prometió resolver casi de un golpe el largo conflicto palestino-israelí, firmar la eternamente pospuesta paz con Siria y sacar en unos meses al ejército israelí de la franja fronteriza que ocupaba en Líbano. Su objetivo era transparente y partía de la convicción de que la única forma de fortalecer al Estado de Israel era resolver los conflictos que lo han amenazado desde su creación y alimentado la dependencia del país en la fuerza militar y en el apoyo norteamericano. Para conseguirlo elaboró una agenda de paz que otorgaba concesiones hasta entonces impensables a palestinos y sirios. Propuso a los primeros la creación de un Estado palestino en Gaza y en el 94% del territorio de Cisjordania; compartir la soberanía sobre el disputado Monte del Templo, el corazón de Jerusalén sagrado para el judaísmo y el Islam, y compensar a los refugiados palestinos que abandonaron o fueron expulsados de Israel durante la guerra de 1948. Paralelamente, ofreció regresar a los sirios uno de los territorios con más valor estratégico del planeta —las alturas del Golán— con una frontera cercana al mar de Galilea, a cambio de paz. Sirios y palestinos rechazaron las propuestas. Barak logró éxito sólo en aquella medida que dependía unilateralmente del gobierno israelí: a mediados del 2000, el ejército abandonó Líbano.
     Muchos comparten la responsabilidad por la derrota electoral de Barak. El primero de ellos es el líder palestino Yasir Arafat. Al rechazar las propuestas de Barak en la última reunión en Camp David en julio de 2000 y prolongar la violenta Intifada que estalló en septiembre, convenció mejor que cualquier campaña al electorado israelí de que Barak había ido demasiado lejos a cambio de nada. Dos actores políticos más contribuyeron al triunfo de Sharon. Por una parte, los ultraortodoxos de ese extraño partido llamado Shas, que colocaron sus muy particulares intereses financieros por encima del interés nacional y marcaron al gobierno de Barak con el signo de la inestabilidad. Y por la otra, los adversarios del primer ministro dentro del propio movimiento laborista, que convirtieron al partido en una arena de luchas faccionales y socavaron la estatura de Barak durante la última campaña electoral. Dos últimos grupos colaboraron para sepultar las aspiraciones de Barak. Los árabes israelíes (20% de la población total) escenificaron un suicidio político al boicotear la elección y votar, al abstenerse, por Sharon, y los inmigrantes de origen ruso (18% del electorado), educados en el autoritarismo soviético, que han sido incapaces de integrarse al melting pot democrático israelí.
     El último responsable de la derrota de Barak es él mismo. La amplitud de su proyecto sumada a la magnitud de su fracaso ha llevado a muchos a compararlo con De Gaulle. Es una analogía equivocada: De Gaulle negoció exitosamente con los argelinos. La comparación más cercana es con el último presidente soviético, Mijaíl Gorbachev. Ambos son reformistas visionarios que partieron de una comprensión cabal de los problemas de sus respectivos países y una proyección nítida del futuro más deseable y levantaron una ola de expectativas imposibles de llenar, que acabaría por rebasarlos. A la vez, ambos pecaron de arrogancia y de un desprecio por los medios para aplicar eficazmente su programa reformista. Si Mijaíl Gorbachev actuó con fe ciega en su carisma y capacidad de negociación y acabó enajenando a todos, Ehud Barak confió ilimitadamente en su inteligencia. Pocas veces se ocupó de explicar hacia dónde y cómo se dirigía: como primer ministro, fue un soldado disfrazado de político que despreciaba a los políticos (The Economist, febrero 3, 2001). Intentó manipular a los partidos de su frágil coalición y no preparó a los israelíes para los sacrificios que tendrían que aceptar si Arafat no hubiese rechazado su proyecto. Por último, creyó que la paz dependería tan sólo de su persistencia y de su voluntad y no pudo ver que la resistencia de Arafat y el fortalecimiento de las facciones más radicales entre los palestinos destruirían su proyecto y abrirían la puerta a la violencia. No sorprende que sus confusos seguidores acabaran por darle la espalda y optaran el 6 de febrero por la abstención o por el voto aplastante a favor de Sharon (62.3% frente a 37.7%). De hecho, todos ellos votaron por un impasse, un compás de espera para ver con claridad la realidad política del conflicto con los palestinos y el camino para conseguir en un improbable escenario más favorable, la firma de la paz.
     Como en el caso de Gorbachev, sólo el tiempo dirá qué facetas del legado de Ehud Barak moldearán en el futuro la historia de Israel. La cara más luminosa de la herencia del último presidente soviético, la liberalización política, está aún oculta por la crisis económica abismal resultado del fracaso de su reforma. Barak rompió todos los tabúes de la vida política israelí, entre ellos la posible división de jure de Jerusalén y el retiro del territorio de la Margen Occidental. Creó una atmósfera de apertura y una plantilla que podrían determinar el perfil de un futuro acuerdo. Pero hay un escenario alternativo. El intento de Barak degeneró en un estallido de violencia y dejó al descubierto varias pretensiones palestinas inadmisibles: es evidente que si Israel aceptara el retorno de cuatro millones de refugiados palestinos el país dejaría de ser no sólo un Estado judío, sino una nación próspera. Estas exigencias y la Intifada pueden haber convencido a muchos israelíes —incluyendo al 65% que aún desea un acuerdo de paz— de que un compromiso similar a la propuesta de Barak es imposible a corto y mediano plazo.
     La analogía no puede prolongarse porque el destino de Gorbachev fue la muerte política y Barak puede aún participar en el gobierno de Israel. En estos días negocia con Ariel Sharon la posibilidad de asumir el Ministerio de Defensa y crear un gobierno de unidad nacional. Librar a los israelíes y a los palestinos de un gobierno de derecha que incluiría a ortodoxos y representantes de los "pobladores" como Shas, el Partido Religioso Nacional o Israel b'Aliyah —una organización de inmigrantes rusos— no depende, sin embargo, de Barak. El primer ministro saliente renunció a la dirección del laborismo. El partido, desgarrado por las luchas faccionales y por la aplastante derrota de Barak, deberá elegir un nuevo líder o llegar a un acuerdo para decidir si participa o no en la coalición propuesta por Ariel Sharon.
     Con o sin los laboristas, el gobierno de Sharon será más prolongado que el de Ehud Barak. Tanto el Partido Laborista como Shas regalarían al Likud asientos en el Knesset si forzaran la disolución del Parlamento y convocaran a nuevas elecciones legislativas. Sharon cuenta con la inmensa ventaja que le da este empate político. La incógnita es cómo va a utilizarla. El compás de espera que abrió el electorado puede convertirse en una pesadilla. En un último intento inútil por alterar el resultado de la votación que diversas encuestas habían pronosticado por semanas, la editorial del diario israelí Ha'aretz enumeró un día antes de la elección las inmensas desventajas de Ariel Sharon. Subrayó su tendencia al uso y abuso de la fuerza, su apoyo a la multiplicación de los asentamientos de pobladores israelíes en los territorio palestinos; su participación en la invasión de Líbano y en la matanza de refugiados palestinos en Sabra y Shatila. A este recuento habría que añadir que Sharon fue la chispa que desató la oleada de violencia que vive Israel desde septiembre.
     Los palestinos, que al recurrir a la fuerza decidieron negociar con Sharon en lugar de forjar un compromiso definitivo con Barak, tendrán que empezar desde cero. Oslo ha muerto. El gobierno de Sharon no negociará si la violencia no cesa, y aun así ofrece tan sólo un "acuerdo de no beligerancia". Un proyecto minimalista que busca ganar tiempo para perpetuar el control israelí de Judea y Samaria y que otorgará concesiones territoriales mínimas a los palestinos. Sharon es el interlocutor que Arafat y los grupos palestinos radicales merecen.
     El escenario futuro más probable a corto plazo es la multiplicación de los enfrentamientos entre palestinos y el ejército israelí. El número de atentados terroristas palestinos contra civiles israelíes crecerá exponencialmente y Sharon endurecerá la respuesta militar del gobierno: no sólo en los puntos de choque fronterizos, sino también alrededor de los asentamientos en los territorios palestinos, donde el ejército ha destruido ya huertos y casas de palestinos inocentes para ampliar el territorio de defensa de los pobladores judíos. La previsible respuesta palestina desembocará en un círculo vicioso de violencia. Además del precio en vidas humanas, Palestina se hundirá en un deterioro económico abismal e Israel cosechará el desprestigio internacional en un contexto radicalmente diferente al que enmarcó el gobierno de Barak. El signo de la diplomacia del nuevo presidente norteamericano, George Bush, es un realismo ramplón y sin matices que alimentará a corto plazo un distanciamiento del conflicto árabe israelí en aras del "interés nacional" norteamericano. Tanto el secretario de Estado, Colin Powell, como la asesora presidencial Condolezza Rice parecen más interesados en contener al dictador iraquí Saddam Hussein que en contribuir a detener el enfrentamiento entre palestinos e israelíes y han denunciado la diplomacia clintoniana, que involucró al presidente en las negociaciones entre ambos, como juez y parte. A mediano plazo, esta situación podría llevar a los israelíes a erigir una cortina de hierro en la frontera con los territorios palestinos e intentar una imposible separación entre los dos pueblos o, peor aún, derivar en una guerra regional.
     La espiral de violencia se detendrá cuando los palestinos y los países árabes que los apoyan y los israelíes y Washington lleguen a la única conclusión posible —el punto de partida de Barak— y se comprometan en el diseño de un nuevo pacto que sustituya a Oslo. Un acuerdo que otorgue a Israel la seguridad que necesita para terminar para siempre con el triste papel de potencia "ocupadora" y que permita el establecimiento de un Estado palestino viable sobre pretensiones justas. --Febrero 12, 2001