Los demonios de 1994 siguen sueltos | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Hans-Maximo Musielik / Netflix

Los demonios de 1994 siguen sueltos

A pesar de su buena factura, el documental producido por Netflix no logra aportar nuevos elementos y termina por reanimar ideas y teorías que habitan en la imaginación popular desde hace veinticinco años.

Hace unos días Netflix estrenó con bombo y platillo 1994, la serie documental dirigida por Diego Enrique Osorno y producida por Vice, que prometía abordar desde una mirada fresca aquel annus horribilis que cambió para siempre la historia de México. O al menos esa era la oportunidad de oro que se le presentaba a los realizadores un cuarto de siglo después del magnicidio de Luis Donaldo Colosio, de la entrada en vigor del TLCAN, del levantamiento armado del EZLN y de aquella crisis económica cuasi apocalíptica bautizada eufemísticamente como “el error de diciembre”. Sin embargo, y para desgracia de todos, me parece que la serie se quedó muy corta y su superficialidad solo sirvió para reanimar las mismas ideas y teorías que habitan en la imaginación popular desde hace veinticinco años.

Para empezar, el documental debió titularse “Colosio: El magnicidio que cimbró a México”, o algo parecido, pues el traumático asesinato del entonces candidato presidencial ocupa un tiempo de pantalla  desproporcionado y deja a los otros temas en calidad de notas al pie de página. Quizá la única excepción sea la insurrección del EZLN, a la que se le dedica bastante tiempo pero en un tono romántico y condescendiente que ya deberíamos de haber superado. Pero el peor pecado de la serie fue conformarse con hacer una crónica más o menos entretenida, y eso sí muy bien producida, de aquellos meses, sin esforzarse por aportar nada nuevo. Esa imperdonable pereza acaba reforzando la fábula infantil que la vox populi convirtió en historia semioficial y que presenta al expresidente Carlos Salinas de Gortari como un villano caricaturesco y a Colosio como el redentor que estuvo a punto de salvar a la patria. Es cierto que los realizadores le dieron muchísimo tiempo a Salinas para contar su versión de los hechos, pero para un personaje tan satanizado la autodefensa es prácticamente imposible y en oídos prejuiciados incluso suena a confesión de culpabilidad.

Además, a lo largo de los cinco capítulos uno termina alucinando a algunos entrevistados, cuyo único mérito es haber tenido cierta cercanía personal con Colosio, y echa de menos voces de académicos o intelectuales que pudieron haber aportado una interpretación más compleja y original de los sucesos de aquel tumultuoso año. Y es que ya es urgente que el mito pueril que nació en 1994 sea minuciosamente desmontado, pues ha mantenido a nuestra incipiente democracia estancada en una infancia perpetua. No, Colosio no fue un santo que iba a transformar el país en una utopía: era un político de carne y hueso, y además priista, que incomodó a los dinosaurios de su partido con sus modestas propuestas de reforma. No, Carlos Salinas de Gortari no es un villano de opereta, sino un personaje trágico de dimensiones shakespereanas. Un hombre brillante y con un genuino afán reformista que terminó siendo devorado por sus bajas pasiones.

Quizá nada sea más urgente para la salud mental del país que una reinterpretación colectiva de ese paradójico personaje que es Salinas: el moderno tecnócrata liberal de la Ivy League que se dejó corromper por el poder absoluto y cayó en los peores vicios del patrimonialismo. El líder visionario que negoció y firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, una auténtica proeza que cambió el rostro del país para siempre, y el alcahuete de Raúl, el hermano con pasaportes falsos y cuentas con decenas de millones de dólares en Suiza. Quizás el ejemplo más claro de esa dualidad salinista sea la privatización de Telmex. Sí, era urgente privatizar ese monopolio público que maltrató impunemente a los ciudadanos durante décadas, pero fue un error garrafal transformarlo en un monopolio privado que expolió y abusó de los consumidores durante años y ayudó a forjar una fortuna obscena. Algunas de las reformas salinistas siguen vigentes y cambiaron para bien la vida de millones de personas a través de los años, pero la corrupción dejó una mancha indeleble en su legado. Salinas pudo ser el mejor presidente de nuestra historia, pero sus pulsiones primitivas ayudaron a que sus enemigos lo transformaran en un Voldemort neoliberal.

Porque, repito, la leyenda negra del “neoliberalismo”, esa que un demagogo tabasqueño perfeccionaría y explotaría con tanto éxito unos años después y que podría resumirse más o menos así: “México era un paraíso hasta que un villano innombrable lo contaminó de libre comercio y lo insertó en la globalización”, nació precisamente en 1994. Y es esa conexión con nuestro turbulento y peligroso presente la que los realizadores y los comentaristas del documental debieron analizar a fondo pues hubiera dotado a su obra de una resonancia urgente.

Mario Ruiz Massieu, uno de los fracasados fiscales especiales del caso Colosio, pasó a la historia por acuñar una frase que encapsuló de manera casi perfecta el tenebroso caos que envolvió al país en aquel año infausto: “Los demonios andan sueltos, y han triunfado”. En lo primero Ruiz Massieu tenía razón: por un lado los demonios reaccionarios del nacionalismo revolucionario, encarnados por los dinosaurios priistas que detestaban el modesto reformismo de Salinas y Colosio, lanzaron un ataque furibundo en contra del proyecto renovador de ambos, y muy probablemente estuvieron detrás no solo del magnicidio del candidato presidencial priista, sino del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, presidente del PRI y hermano del malhadado fiscal. También el México bronco y siempre latente despertó de su letargo para rebelarse en contra del modelo de modernidad que querían imponerle las élites.

Pero Mario Ruiz Massieu se equivocaba rotundamente en la segunda parte de su frase, pues a pesar del daño que hicieron, los demonios del nacionalismo revolucionario no triunfaron en 1994. Todo lo contrario, el proceso de apertura comercial y de democratización interna siguió adelante con el presidente Zedillo y se fue profundizando después de la transición democrática aunque a un ritmo injustificablemente lento, lastrado por la corrupción, la ineptitud y la impunidad. Esa exasperante lentitud, combinada con una crisis civilizatoria global, abrieron la puerta para que en 2018 los demonios octogenarios y septuagenarios de 1994, apoyados por el México profundo y premoderno, volvieran por sus fueros y recuperaran el poder y la influencia que perdieron hace más de treinta años. Basta con echarle un vistazo al grupo más cercano a Andrés Manuel López Obrador, que incluye a personajes tan tenebrosos como Manuel Bartlett, y con escuchar su rancio discurso nacionalista, nutrido de ideas absurdas y obsoletas, para entender que esto no es una revolución, sino una restauración de la versión más cavernaria del antiguo régimen. Es cierto que el círculo íntimo del presidente incluye a figuras como Durazo y Ebrard que en 1994 estaban en el equipo de los reformistas, pero ambos son personajes que a lo largo de los años se han caracterizado más por su vaporoso oportunismo que por su consistencia ideológica.

Los eventos de 1994 instilaron un veneno de acción lenta en el corazón del país, una destructiva desconfianza en la globalización, el libre mercado, los expertos, y no solo en contra del “neoliberalismo”, sino del liberalismo a secas y de la propia democracia. Salinas y su grupo son en parte responsables, pues traicionaron sus mejores valores e ideales. Pero quienes más se beneficiaron fueron los enemigos de la modernidad, los adalides de la reacción nacionalista que sueñan con que México vuelva a su “glorioso” pasado autocrático. Es por eso que si queremos que nuestra comatosa democracia sobreviva y trascienda su infancia perpetua, tenemos que empezar por analizar nuestra historia reciente, cuyo epicentro es precisamente ese año aciago, desde una perspectiva mucho más madura, inteligente y mesurada, que le cierre el paso a las explicaciones simplistas y maniqueas, y a los demagogos oportunistas que pueden conducirnos al abismo