Lazos de acero | Letras Libres
artículo no publicado
Autor no identificado, domnio público, via Wikimedia Commons

Lazos de acero

Las grandes campañas protagonizadas por estudiantes son frecuentemente dominadas por arrebatos emocionales, pero precisamente por eso han tenido logros profundos e inolvidables.

Es verdad que las grandes campañas protagonizadas por estudiantes son frecuentemente dominadas por arrebatos emocionales, pero precisamente por eso han tenido logros profundos e inolvidables. Aun si no se alzan con victorias totales, dejan huellas imborrables. Y esta es una forma de vencer que, incluso, puede ser más duradera.

El ejemplo más impresionante fue el de la Reforma Universitaria que comenzó en 1918 en la Universidad de Córdoba, Argentina, una institución modesta, pequeña en sus dimensiones. Los efectos de esta reforma fueron tan hondos que, incluso diez años más tarde, se replicó con impacto de meteorito en la cerrada y totalitaria Venezuela del tirano Juan Vicente Gómez, tras ser impulsada por los universitarios de la UCV, para siempre identificados con el ilustre nombre de Generación de 1928.

Fue, por cierto, un cálido reconocimiento al brillante filósofo y educador español José Ortega y Gasset, autor del concepto de “generación”, en tributo a la impresionante Reforma Universitaria que, desde Argentina, se propagó cual lava fulminante por toda la América hispana. Ortega quebraba un caro dogma marxista, a tenor del cual el proletariado estaba destinado a transformar el mundo.

Ese solo cambio perfiló un viraje político-ideológico notable. La corriente comunista, anarquista, anarcosindicalista y demás variantes ácratas fueron desplazadas por la socialdemocracia que, al colocarse a la cabeza de la caótica izquierda, heredó sus problemas internos, poniendo su intranquila historia bajo el signo escisionista. Pero, a contrapelo, ha liderado importantes resurgimientos, como el que se ha expresado en los intentos de apertura del movimiento universitario venezolano.

Antes de referirme a lo que ocurre en tan oportuna y emocionante circunstancia, conviene mencionar un antecedente cuyos rasgos se repiten en forma casi perfecta en la tierra de Bolívar, a quien hay que referir por fuerza de la realidad. Después de las fechas índices de la Reforma Universitaria, quizá como un proyecto para reactivarla, el 22 de febrero de 1926, la Federación Universitaria de Panamá tomó la iniciativa de convocar al elemento estudiantil de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Cuba, República Dominicana, Venezuela y otros. Además de la inevitable alusión a los lazos de unión hispanoamericana, determinados por la pasión bolivariana, la invitación se extendió “categóricamente” a los hermanos de Hispanoamérica. Se invocó a Bolívar en su referencia comparativa de Corinto y Panamá, lugares de convocatoria de la hermosa unidad helénica y la hispanoamericana, superando enfrentamientos con el fin de derrotar al poderoso imperio persa y, en este lado del mundo, para alcanzar unidos las cimas de la libertad y la vida civilizada.

La invitación a sus hermanos latinoamericanos la postularon “categóricamente”, quizá porque no aceptarla podía entenderse como estrechez mental o flaqueza moral. Pero admito que la emoción de los estudiantes panameños me resulta conmovedora. Conserva para mí, en este momento, lo que debieron sentir al lanzar su invitación en forma de reto y lo que mueve hoy a los estudiantes venezolanos, dispuestos a coordinar en forma simultánea a decenas o cientos de miles de enérgicos y creativos jóvenes luchadores. No descansarán hasta superar con creces los milagros educativos y democráticos que nuestra juventud americana edificó, enfáticamente, país por país, en nuestro aún abrumado subcontinente.

El cambio menos visible, pero uno de los más significativos, es de carácter estructural-organizativo. Por encima de todas las federaciones nacionales, privadas y de respetable filiación religiosa, se diseñó la Confederación de Estudiantes Universitarios, otra sólida y enfática construcción concebida con racional creatividad. La unidad ha crecido de manera tan notable que esa innovación se expresa orgánicamente. La Confederación de Estudiantes Universitarios es, así, un músculo poderoso, puesto al servicio de una inteligencia más sutil y preparada para afrontar retos más complejos. Dicho sea porque la Reforma de 1918 a 1925 resolvió asuntos conceptuales que las universidades venezolanas, en camino a desplegar su nueva reforma, no tendrían por qué repetir tantas décadas después.

El más resaltante: ¿quién es el enemigo? El nexo que une a las comunidades universitarias es la relación enseñanza-aprendizaje. La primera, parte del profesorado conforme a tesis y autores aceptados por todos, obligación tutelada por las autoridades académicas. Esos dos sectores sociales pueden tener, y de hecho tienen, diferencias que por lo general no implican rupturas porque ambos extremos están interesados en el perfeccionamiento de la función educativa. Los “enemigos” de la nueva renovación educativa no son, pues, ni los profesores ni las autoridades académicas ni el Consejo Universitario ni los consejos de facultad ni el rector y demás autoridades que, en su conjunto, se someten a las leyes y han hecho suya la autonomía universitaria. Esto último, con pasión creciente desde que, en diciembre de 1957, el presidente interino de Venezuela, Edgard Sanabria, dictó el decreto que la instituyó por primera vez en nuestro país. Esa sola ejecutoria le garantizó al ilustre presidente un lugar selecto entre las autoridades académicas que nos han honrado con actos inolvidables.

Antes de Córdoba, y el rico proceso que abrió en nuestra región, pudo sentirse que parte sustancial de su programa de cambios liberales y apertura científica y humanística tenía enemigos en altas instancias, en gobiernos y en sectores retrógrados de la docencia. Pero la Reforma barrió esas malezas del pasado y acercó los intereses de los integrantes de las comunidades universitarias, especialmente los tres sectores decisivos, autoridades, profesores y estudiantes, que me permito colocar en el lugar tercero –con el fin de afirmar que en realidad son el primero– dado que hacia ellos se dirige el magno esfuerzo educativo de todas las naciones.

La modesta Universidad de Córdoba nos limpió de abrojos la comprensión de este tema fundamental. Y el Frente Universitario de entonces, desde el derrocamiento de la dictadura perezjimenista, entendió que todas las universidades tenían que forjar una alianza de acero para dotarnos de los institutos educativos más perfectos. Comenzando con sus buques-insignia, las universidades nacionales, y tratando que todas, las experimentales, las privadas, las católicas –hasta donde les resulte posible– gocen de autonomía plena en su gobierno y administración, un gobierno compartido en la elección de sus autoridades rectorales y decanales. Todo iluminado por el fulgor de la autonomía, la más pura manifestación de una intachable democracia.