Las amenazas cumplidas contra Reforma | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Carolina López / CC BY (https://creativecommons.org/licenses/by/2.0)

Las amenazas cumplidas contra Reforma

La historia de amenazas cumplidas contra Grupo Reforma data de hace mucho tiempo. En un entorno polarizado, el incentivo de golpear su labor periodística encuentra más padres adoptivos.

Hace días, un supuesto grupo criminal amenazó con volar Reforma por pasarse de la línea y oponerse a la cuarta transformación.  

El presidente López Obrador se deslindó de la amenaza en 1 minuto con 11 segundos y luego arreció su ataque personal hacia el periódico.

La historia de amenazas cumplidas contra Grupo Reforma es muy larga y data de mucho tiempo: van desde restricciones de papel (a finales de los años setenta, Luis Echeverría trató de asfixiar a El Norte reduciendo al mínimo el suministro de este insumo) hasta el incendio de las oficinas en Monterrey, pasando por secuestros, amenazas directas de muerte hacia periodistas y tortuosas auditorías del SAT.

Así de vieja es la manía por callar el periodismo independiente liderado por Alejandro Junco de la Vega por más de 50 años.

Reforma arrancó en noviembre de 1993 con reporteros novatos, recién egresados y tamizados en cursos de periodismo, otros tantos tenían alguna experiencia. El diario configuró una página editorial llena de talentos con distintas procedencias.

De la redacción, cerca del Ángel de la Independencia y después en el sur de la ciudad, recuerdo su algarabía y nerviosismo de ambiente universitario.

Los primeros dos años fueron de locura. La vorágine del cierre del sexenio de Carlos Salinas de Gortari nos absorbió como un destructivo tornado fuera de control.

El poderoso Salinas y Fernando Gutiérrez Barrios en Gobernación se retorcían ante nuestras coberturas sobre el levantamiento zapatista, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la sucesión presidencial y la macrodevaluación conocida como el “error de diciembre”.

El 20 de noviembre de 1994, justo a un año del arranque, la Unión de Voceadores, brazo golpeador de Gobernación, boicoteó la distribución de Reforma en las calles. Un golpe directo con remitente postal en Bucareli y Los Pinos.

En esa tarde plomiza, entre juntas, llamadas, nerviosismo y temor, se decidió sacudirnos a la agresiva Unión y defender nuestro derecho al libre tránsito y de comercio.

Y nos lanzamos a las calles a vocear.

Pronto se unieron editorialistas, políticos, personalidades, ciudadanos, estudiantes y amas de casa, e hicieron suyo el ataque a la libre distribución de ideas.

De inmediato llegaron los golpes: la cobarde y gansteril Unión mandó al hospital a varios de nuestros voceadores, robó periódicos y nos dejó temblando… pero no cedimos. Germán Dehesa, el “bavoceador” mayor (como se decía), reclutó miles de simpatías a la defensa de Reforma y en contra del abusivo gobierno.

Al bloqueo se sumó la incursión a mi casa en el sur de la Ciudad de México; encontramos todo en caos y la moral familiar se fue a los suelos. Siguieron tres meses de amenazas de muerte a mi esposa y el intento de secuestro de mi hijo de 4 años de edad. Hoy tiene 30 años y recuerda la pistola frente a su cara y la desesperación de Don Apanco, el chofer.

Ahora el presidente López Obrador, de manera obstinada y socarrona, acusa a Reforma de haber callado como momia y protegido a Carlos Salinas. La historia lo desmiente sin misericordia.

El presidente Zedillo veía la prensa de lejos y no tenía apuro con ella. En 1997, a mitad del sexenio, David Vicenteño, reportero de Nacional, investigaba la desaparición del policía judicial Jorge Hernández Palacios, presuntamente el doble del recién fallecido Amado Carrillo, El Señor de los Cielos. La madre del policía aseguraba que el cuerpo exhibido como Carillo era en realidad el de su hijo.

Vicenteño viajaba en un taxi cuando un auto Topaz les cerró el paso, bajaron dos hombres corpulentos y cabello a rapa. Un asalto, pensó el reportero, pero fue mucho peor. Por cinco horas lo secuestraron, lo golpearon en la nuca, le obligaron a beber alcohol apresuradamente y le instruyeron dejar la investigación, so pena de dañar a su familia.

Meses después, el reportero Daniel Lizárraga pasó por lo mismo mientras investigaba a empleados de la PGR involucrados en el traslado de cocaína en aviones de esa institución.

El puño golpeador deambulaba tranquilamente en las policías y del brazo del narcotráfico.

En el 2000, Vicente Fox y sus amigos sacaron al PRI de Los Pinos; con ello inició el sexenio de mayor cercanía filial con la prensa.

Martha Sahagún, en carrera ascendente, pasó de vocera de la campaña a vocera del presidente para luego aterrizar en primera dama y poderosísima matriarca envuelta en escándalos de corrupción y uso de influencias. Como esposa del primer mandatario, desde la cabañita que construyeron en Los Pinos botó a Alfonso Durazo, se apoderó de la relación con la prensa y los llenó de canonjías, beneficios vía contratos publicitarios y concesiones.

Para Reforma, la mayor amenaza en tiempos de Fox eran sus extensas llamadas de reclamo, algunas en fin de semana y afinado previamente por Sahagún.

Felipe Calderón pretendió cambiar la relación con los medios y al principio únicamente hablaba con los dueños. La regla la impuso para castigar y evitar reunirse con Bernardo Gómez, el poderoso y temido brazo político de Emilio Azcárraga, muy amigo de los Fox y con amplios contactos con Andrés Manuel López Obrador.

En diciembre de 2006 declaró la guerra al narcotráfico, que vino acompañada de una creciente violencia y 121 mil muertos en el sexenio. En este contexto creció la más terrible amenaza para Grupo Reforma: el crimen organizado.

Empezó una época de granadas y balazos contra las instalaciones, así como amenazas y retención de periodistas.

De 2010 a 2012, cinco instalaciones del periódico El Norte, en Monterrey, fueron atacadas con explosivos, granadas de fragmentación y disparos directos contra las oficinas. No hubo heridos.

En febrero del 2011, un grupo criminal secuestró a un distribuidor de El Norte a la entrada de Nuevo Laredo y quemó los ejemplares que transportaba. Hubo un mensaje verbal: dile a los jefes que le paren o vamos a volarlos. Luego tres enmascarados, dos de ellos con armas largas, entraron a las oficinas del diario en San Pedro Garza García, sometieron a un guardia, rociaron el interior con gasolina y le prendieron fuego.

Irrumpieron de nuevo en mi casa, en el sur de la Ciudad de México. Sabían de un parpadeo en la seguridad, evadieron ser filmados por ocho cámaras, entraron, encendieron computadoras, abrieron cajones, revolvieron cosas y al salir se dejaron ver por los vigilantes.

Si por un lado estaba el ataque del terrorismo a bala y fuego, en el otro extremo se encontraba el terrorismo fiscal. En esa misma época arreciaron también las auditorías del SAT a Reforma. Fueron tan largas, coordinadas y constantes, que se decidió acondicionar una amplia y confortable oficina para los auditores.

Andrés Manuel López Obrador, tan aficionado a la historia, parece desconocer los costos que Grupo Reforma y sus trabajadores han pagado por publicar los privilegios de los criminales y de los poderosos que los encubren.

El presidente Enrique Peña Nieto tuvo para Grupo Reforma una inamovible descripción: son antipriistas y no tienen agarradera. Sin pretenderlo, fuimos un dolor de cabeza para su gobierno y en reuniones se exploraba cómo bajarnos el aire. Aconsejaron a Peña no hacer nada, cortar contacto con Reforma y dejarnos morir solos. La industria de medios tradicionales iniciaba su debacle y, supuestamente, solo era cuestión de tiempo.

El crimen seguía su acción de atemorizar. En el año 2013 el periódico Mural, en Guadalajara, fue atacado dos veces con artefactos explosivos. Editores recibieron amenazas de muerte, los emisarios del crimen llegaron a llamarles a sus celulares mientras estaban en sus casas para demostrar que conocían sus movimientos.

Terminado ese sexenio, el eterno candidato López Obrador llegó al poder y como presidente hizo públicas sus diferencias con la prensa. Ha acomodado a Reforma como vocero de los conservadores y opositor de la transformación, y se atreve a acusar, sin pruebas, que solapamos actos de corrupción. Bajo su mantra del diálogo circular y su derecho a disentir, crucifica desde el tribunal mediático de la “mañanera” a los medios o comunicadores que no le son afines, con lo cual logra polarizar y enardecer a las audiencias.

México está entre los países más peligrosos para ejercer el periodismo en Latinoamérica, de acuerdo con Reporteros Sin Fronteras, y quienes abordan temas delicados sufren cada vez más presiones, violencia, intimidación y campañas de acoso a través de redes sociales.

La larga lista de atentados contra Grupo Reforma o sus colaboradores en los últimos 50 años siempre han tenido un origen nebuloso, pero ubicable.

Ahora, con un presidente polarizador el riesgo crece, la nubosidad aumenta y el incentivo de amenazar o golpear encuentra más padres adoptivos.

Presidente López Obrador, deje de mentir y de polarizar.

Eso sí calienta.