La inexcusable ignorancia de los demócratas sobre México | Letras Libres
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Foto: Gage Skidmore from Peoria, AZ, United States of America / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)

La inexcusable ignorancia de los demócratas sobre México

Aunque pretenden conquistar al voto hispano, buena parte del cual es de origen mexicano, los candidatos demócratas carecen de conocimientos elementales sobre América Latina y México. Ahora tienen la oportunidad de cambiar ese estado de cosas.

La semana pasada, al terminar un foro de precandidatos en Las Vegas, Guadalupe Venegas, reportero de Telemundo, se sentó a hablar con tres de los aspirantes a la candidatura demócrata: Amy Klobuchar, Tom Steyer y Pete Buttigieg. La mayoría de los reporteros que cubren esta fuente suelen hacer preguntas que siguen la agenda habitual de la campaña: el sistema de salud, la economía, etc. Pero Venegas fue listo y siguió otra ruta: preguntó acerca de México.

La propia pregunta –“¿Quién es el presidente de México?”– tenía sentido: el próximo sábado 22 se celebrará el caucus del estado de Nevada, donde el 78% de los aproximadamente 800 mil habitantes hispanos son de origen mexicano.

Pero los candidatos estaban mal preparados, por decir lo menos.

Steyer fue incapaz de recordar a Andrés Manuel López Obrador, quien es presidente desde diciembre de 2018. “No me acuerdo”, aceptó. A Steyer, un billonario que nunca ha tenido un puesto de elección popular, podría perdonársele que no recuerde el nombre del líder de otro país. Pero con Amy Klobuchar, quien ocupa un escaño en el Senado estadounidense, la cosa es distinta. “Disculpe que se lo pregunte”, le dijo Venegas a Klobuchar, “pero ¿sabe quién es?”. Klobuchar dudó, miró a su derecha (quizás en busca de ayuda) y trató de responder. “Sé que es el presidente de México”, dijo, incómodamente. Venegas no cedió: “¿pero me puede decir su nombre? Klobuchar tuvo que admitir que no podía, aunque recientemente había votado a favor del T-MEC, un tratado a favor del cual cabildeó el presidente de México. A Pete Buttigieg le fue mejor. Ligeramente sonrojado, dio la respuesta correcta: “El presidente López Obrador, espero”.

El video del intercambio entre Klobuchar y Venegas se hizo viral. A algunos de mis colegas en la prensa política pareció sorprenderles su incapacidad para responder una pregunta sencilla. A mí no. Ya he visto a políticos estadounidenses quedar perplejos ante cosas que deberían ser conocimientos esenciales sobre América Latina en su conjunto y México en particular. Hace cuatro años entrevisté a Bernie Sanders en Los Ángeles. Como Venegas, quise enfocar mis preguntas en Latinoamérica, específicamente en la crisis de los regímenes de izquierda en Venezuela y Argentina. Sanders no quiso saber al respecto. “Estoy buscando la presidencia de Estados Unidos. Tengo una opinión, pero estoy concentrado en mi campaña”, me dijo. No ha cambiado mucho desde entonces. Apenas la semana pasada, Sanders intentó explicar su apoyo al expresidente boliviano Evo Morales. Cuando el periodista Chuck Todd, quien lo entrevistaba, quiso ahondar en la cuestión, Sanders intentó cambiar de tema: “No creo que a todo mundo le interese Ecuador”, dijo, confundiendo ese país con Bolivia.

Esta extraordinaria ignorancia sobre una región –y sobre un país, México– que tiene una importancia innegable y objetiva para Estados Unidos no tiene excusa. Luego de la guerra comercial que Donald Trump emprendió contra China, México es el principal socio comercial de Estados Unidos. También es, por mucho, el principal destino turístico internacional para los turistas estadounidenses: más de 30 millones lo visitan cada año. Por supuesto, hay otra cara de la moneda. Los cárteles mexicanos juegan un papel crucial en la epidemia de opiáceos que golpea a Estados Unidos, así como en otras operaciones de tráfico de drogas que son igual de dañinas. Súmense a esto la creciente crisis de refugiados en México y otros problemas como el tráfico de personas, y México se convierte en una clara fuente de preocupación para Estados Unidos. El hecho de que México pueda decir lo mismo de su vecino del norte, cuyas laxas normas sobre el control de armas ponen en manos de esas mismas organizaciones criminales miles de fusiles de asalto, solo vuelve a la relación entre ambos países algo más complejo, relevante y urgente. 

¿A quién se debe culpar, entonces, de lo poco que saben estos aspirantes al cargo político más alto en Estados Unidos? A los propios políticos, desde luego. Pero los periodistas estadounidenses también han jugado su parte. Pensemos en los ocho debates entre candidatos demócratas que se han efectuado hasta ahora. Fuera de algunas preguntas estelares de mis colegas Jorge Ramos y José Díaz Balart, ninguno de los moderadores ha mostrado interés en preguntarle a los candidatos acerca de México y América Latina, sobre todo con respecto a temas distintos a la migración. Han preguntado sobre Corea del Norte, Israel, Siria, Iraq, Irán, Rusia y China, pero no sobre México. Esto es tan inconcebible y vergonzoso como los olvidos de Klobuchar y Steyer.

Más que nunca, la relación entre Estados Unidos y México merece ser discutida. Después de todo, Trump no tardó ni dos minutos en empezar a atacar a México y a sus ciudadanos cuando, hace media década, lanzó su candidatura a la presidencia. Y no se ha detenido desde entonces. ¿Qué han oído en respuesta por parte del partido demócrata los votantes de origen mexicano, que son la mayor parte de los votantes de origen hispano, cuyo número va en aumento? Nada, o bien lugares comunes vacíos, a veces pronunciados en español para mayor efecto. No es de sorprender, entonces, que esos mismos votantes hayan salido a votar en números tan raquíticos a lo largo de los años.

Los demócratas tienen que abordar estos asuntos ahora mismo. El debate del miércoles puede ser un buen lugar para empezar. Seguramente la numerosa comunidad mexicano-americana de Nevada estará escuchando. Y también otros electorados hispanos más grandes en estados como California y Texas, que los demócratas quieren seguir pintando de azul.

 

Publicado originalmente en Slate.