La falacia de la “derrota moral” | Letras Libres
artículo no publicado
Arĝenta Neĝo [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)]

La falacia de la “derrota moral”

La oposición no está derrotada, pero la naturaleza expansiva del poder obradorista trabajará hasta que lo esté.

La nueva frase en boga es que la oposición está moralmente derrotada. López Obrador lo sentenció en su primer informe y sus propagandistas la ascendieron a dogma. La rúbrica esconde dos falacias conexas: una tautología y una petición de principio. Solo funciona si quien la profesa es considerado bueno, o si a quien se acusa es considerado malo, ambos a priori. Una vez otorgado eso, el laudo es irrefutable. Porque soy bueno, quien se me opone es malo.

Ese maniqueísmo es habitual en López Obrador, pero es oportuno decir que cualquiera lo puede pronunciar, aunque tampoco sea el bueno. No recuerdo a ningún déspota que haya afirmado lo contrario. Bajo la convicción de que sus adversarios también eran los malos, grandes disidentes fueron enviados al purgatorio moral, para luego ser reivindicados por la historia. No es conveniente, por tanto, otorgarle a López Obrador esa petición. Mejor ceñirse a los hechos y a ver qué depara el futuro, sin darle jamás el beneficio de la duda.

¿Es moralmente superior un régimen con semejantes personajes y organizaciones? No. Ya vimos que no se trata de una clase política nueva y renovada, ni moralmente superior: hay ahí decenas de farsantes travestidos de pueblo. También podemos evaluar el primer año de gobierno con los mismos criterios que los anteriores: decenas de miles de muertos, corrupción, ineptitud, ensayos autoritarios, discrecionalidad, patrimonialismo. El lector encontrará fácilmente numerosos ejemplos, pero basta con las adjudicaciones directas a Manuel Bartlett que descubrió Carlos Loret. Podría ser acaso la forma: hay pocos ejemplos (por ahora) de corrupción estilo Peña Nieto y su pandilla de rufianes, que robaban relojes y casas y tierra para su enriquecimiento personal. Pero tal vez las transas de hoy pasen más bien por el uso del erario para la construcción de un proyecto político personal y partidista, y al ser menos ostentosas son menos condenadas. No obstante, implican clientelismo, nepotismo, compadrazgo, amiguismo mediático, escasas licitaciones, transparencia exigua y nula rendición de cuentas.

Entonces la superioridad moral es solipsismo, exclusiva de López Obrador. Ha vendido con audacia ciertas virtudes asociadas a la moral, como la austeridad personal, aunque sabemos que ello no garantiza nada: es la mesura de poder, no solo la de dinero, la que ha interesado a los diseñadores de contrapesos. Muchos poderosos han cometido tropelías desde la más ascética frugalidad. El gran teflón, me parece, radica en el arquetipo de disidente. A pesar de ser ya uno de los hombres más poderosos del país, se sigue proyectando como perseguido. Sigue siendo, en la narrativa, el opositor, lo cual despoja a la oposición de su lugar simbólico. Lo ilustra con gran claridad Yuval Levin al hablar de figuras homólogas:

La ventaja que disfruta el rebelde es que no está limitado por obligaciones, y la desventaja que normalmente aduce es que no tiene poder real. Sin embargo, muchos de los falsos rebeldes de hoy en día sí tienen poder, solo pretenden que no para evitar ser limitados por la responsabilidad, incluso mientras despliegan ese poder. Esto distorsiona la percepción sobre su poder y corrompe el espacio social en el que debe ejercerse.

Asiste a ello la concepción jacobina de la historia de México. No puede ser opresora la misma mano que condujo a las liberaciones independentista, reformista y revolucionaria, ahora empeñada en la cuarta y última liberación. Por mera narrativa, él está alineado con el oprimido, o es su voz teleológica, la voz del bien en la justicia cristiana. Quien se le opone es el opresor. Pero como apunta Levin, es una trampa.

Olvidemos así de una vez por todas lo moral. ¿Se sostiene la premisa en los números? Ni siquiera. La oposición partidista está dividida, dispersa, huérfana, desubicada, pero no extinta. De entrada, mantiene una frágil resistencia en el Senado. En cuanto a escuelas, el peñismo –ese frívolo cascarón coyuntural– sin duda cayó, pero ¿el calderonismo? Me opongo a él y no creo que sea la salida correcta, pero nada sugiere que esté vencido. Al revés, pasan los días y parece crecer, al menos mediáticamente. Si ello favorece a la lógica maniquea de un régimen que necesita un enemigo, es otra cuestión, pero derrotado no está. Tampoco el panismo, que empieza a recuperar territorio regional, y fue el partido que menos votos perdió respecto al 2018 en las últimas elecciones, Morena el que más. La aprobación del propio presidente ha caído a niveles de Fox y Calderón, y por debajo de Salinas en fechas equivalentes, y dados los resultados en economía, empleo y seguridad, puede descender aun más. No olvidemos además el primer antecedente: la mitad de los votantes, o dos terceras partes del padrón, no eligió a López Obrador.

Quizá la oposición está discursivamente derrotada, de momento. A buena parte la paraliza la nostalgia del interregno neoliberal, fincada en un lenguaje tecnocrático que, ése sí, ha muerto en todo el mundo. Pero eso bien puede atribuirse a los tiempos. No solo a la moda populista –que pasará–, sino más bien a la etapa del sexenio. Es demasiado temprano para que la oposición haya armado un cuento nuevo, y no es claro que le convenga exponerlo más allá de oponerse activamente al régimen. La frescura por ahora está fuera de los partidos: en el periodismo de opinión y la sociedad civil, que también son oposición. Se han articulado ahí narrativas antidemagógicas que apuntan a una democracia liberal que no ha visto México. Es cosa de que las fuerzas políticas opositoras las adopten o formulen nuevas. Y, claro, convenzan a la sociedad.

Nada de ello es motivo de descanso. Si la oposición no está derrotada, la naturaleza expansiva del poder obradorista trabajará hasta que lo esté. De ahí las tentativas para quitar recursos a los partidos y disminuir al INE, desaparecer poderes en estados opositores, apropiarse antidemocráticamente de legisladores, legitimar encuestas populares amañadas, introducir la revocación de mandato durante elecciones intermedias, y descalificar todas las mañanas a sus críticos. La destrucción institucional y el cambio de reglas también tienen ese designio: obstaculizar la alternancia, precisamente porque es factible. Claro: uno siempre puede concluir que si esos ensayos contra la oposición prosperan, es que ésta le dio al presidente la razón.