La crónica de una exoneración anunciada | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Phil Roeder from Des Moines, IA, USA [CC BY (https://creativecommons.org/licenses/by/2.0)]

La crónica de una exoneración anunciada

Al absolver a Trump, los republicanos han entregado su partido a las manos de un solo hombre. No se trata de un acto de convicción moral o incluso ideológica. Lo han hecho solamente por un cálculo político.

A pesar de la evidencia abrumadora de que Donald Trump exigió, a cambio de apoyo militar, la ayuda del gobierno ucraniano para dañar a Joe Biden, su rival más probable en las elecciones de noviembre, nunca hubo duda de que los senadores republicanos defenderían a su presidente, un hombre claramente indigno del puesto que ocupa, pero enormemente útil para el movimiento conservador.

Aún así, hasta el cinismo tiene grados. 

Los republicanos optaron por exonerar a Trump de la manera más desfachatada posible, bloqueando la comparecencia de testigos y la presentación de evidencia que, en cualquier otro caso similar, habría resultado indispensable. El senador McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado, anunció desde los primeros momentos del proceso que la estrategia de defensa en la cámara alta iría de la mano con la estrategia de la Casa Blanca, borrando, a la vista de todos, cualquier posibilidad de un juicio imparcial. 

A sabiendas de que sería exonerado, Trump provocó a sus adversarios, como un gangster que se reconoce protegido. Tenía razón: ni siquiera el anuncio de la existencia de testimonios explosivos y relevantes como el de John Bolton pudo persuadir a los republicanos de hacer lo correcto.

Al absolver a Trump de ambos cargos de destitución, los republicanos han entregado su partido a las manos de un solo hombre. No se trata de un acto de convicción moral o incluso ideológica. Lo han hecho solamente por un cálculo político. El límite de la fidelidad de todos estos senadores republicanos que hoy defienden a Trump a capa y espada es el éxito del presidente como figura política. Si Trump pierde, los que hoy lo defienden lo abandonarán a su suerte.

Pero será demasiado tarde, al menos para el juicio de la historia. La valentía no se demuestra en la desgracia de quien ofende, sino en su plenitud. El valiente no es el que hace leña del árbol caído, sino el que tiene el coraje de dar el primer golpe de hacha. Y en esa categoría está solo un hombre: el senador de Utah, Mitt Romney, el único de su partido que votó en contra de Trump. La historia juzgará con nobleza a Romney, y con dureza a sus compañeros de bancada.

En cuanto a Trump, ahora solo resta esperar el juicio más importante de todos: el de las urnas. Veremos si el electorado estadounidense decide que los atropellos del presidente estadounidense son suficientes como para negarle una nueva oportunidad. Si así ocurre, la democracia habrá funcionado como brazo de la justicia. Si no...