Kissinger en el banquillo | Letras Libres
artículo no publicado

Kissinger en el banquillo

Christopher Hitchens no perdona. Miembro distinguido del pegajoso periodismo de denuncia, se ha despachado varios libros de tono francamente histriónico, siendo el non plus ultra aquel que escribió en contra de la Madre Teresa (a quien llama "el fantasma de Calcuta") y que lleva por ácido nombre The Missionary Position: Mother Theresa in Theory and Practice. Lo último en salir de su pluma se llama The Trial of Henry Kissinger. El libro es, según el propio Hitchens, un documento propio de un fiscal. Henry Kissinger, secretario de Estado estadounidense y pensador político par excellence, es, a los ojos de Hitchens, un genocida, conspirador, secuestrador y torturador... y merece ser juzgado como tal en las cortes internacionales.
     El libro ha levantado una interesante polémica que se debe a dos razones en particular. La primera tiene que ver con la difusión. The Trial of Henry Kissinger tuvo eco en varias publicaciones de importancia. La centenaria Harper's divulgó, en meses consecutivos, dos largas partes de las ideas de Hitchens y después propició una mesa redonda para analizar esta especie de juicio del cuarto poder contra Kissinger.
     El éxito de Hitchens también se debe a que los libros escritos sobre Kissinger han sido mayoritariamente elogiosos. Incluso Kissinger: a Biography, el exhaustivo texto de Walter Isaacson, que marca cierta distancia con el biografiado (señalándolo como el gran Narciso de Washington), no puede eludir la brillantez y complejidad del ex secretario de Estado. Hitchens, en cambio, no reconoce virtud alguna: su tono es intenso, indignado y hasta iracundo.
     Pero además de la pasión argumentativa, Hitchens tiene también de su lado razonamientos enérgicos. Casos, listados en frío orden, como quien cataloga negocios fracasados, en un índice formado por los nombres de los países en los que Kissinger metió mano entre 1968 y 1975: Chile, Chipre, Timor Oriental, Bangladesh y, por supuesto, Indochina. Lo que se lee en cada uno de estos capítulos es para poner los pelos de punta. A juzgar por la investigación de Hitchens, Henry Kissinger fue, en plena Guerra Fría, una figura más oscura de lo imaginado, jefe de sicarios, Maquiavelo encarnado.
     Hitchens cimenta los argumentos de algunos temas en evidencias notables: comunicaciones recién desclasificadas del gobierno de Nixon, archivos del fbi, distintos memoranda de la Casa Blanca, cables y transcripciones de la CIA. A decir de Hitchens, el único elemento que falta son los papeles del propio Kissinger. Sin embargo, esa caja de Pandora está bien cerrada por el momento: Kissinger, ajedrecista, guardó la inmensa mayoría de sus papeles en la Librería del Congreso, donde deben permanecer hasta que muera.
     Sin embargo, la calurosa recepción que mereció el trabajo de Hitchens se enfrentó, quizá para sorpresa del autor, con algunas voces discordantes. La más notable es la de David Rieff. Corresponsal de guerra, reportero intenso y pensador político, Rieff leyó con lupa el libro de su amigo Hitchens y le plantó enfrente una serie de objeciones contundentes. Hitchens no tardó en responder, y el debate terminó en las páginas de Prospect.
     Rieff le reclama a Hitchens que haya establecido un furibundo caso que, en realidad, está basado en una apasionada prima facie y en una miopía que excluye una visión política e histórica de lo hecho por los Estados Unidos a la luz de la Guerra Fría. Además, Rieff objeta el "fetichismo" kissingeriano de Hitchens, quien parece olvidar al resto del clan que movía los hilos en los Estados Unidos, incluyendo al propio Nixon: "El punto no era, no es, Kissinger; era, es, el imperio americano". Hitchens responde que la mayoría del círculo más poderoso de la Guerra Fría ya ha pasado por la justicia, y Kissinger no debe ser la excepción. Rieff eleva el tono y acusa a Hitchens de contagiarse de una inútil veneración por la "actual dirección del movimiento de derechos humanos": señalar a "algunos individuos" como únicos causantes de actos criminales que en realidad son responsabilidad de los "poderosos Estados" para los que trabajaron y trabajan. Hitchens, sin perder un gramo de intensidad, acepta poco: quiere ver a Kissinger enfrentando, como hoy Krstic o Milosevic, un proceso en su contra.
     Ambos tienen algo de razón. Hitchens, con su inclinación por el teatro periodístico, toma a Kissinger como si fuera un muñeco de vudú y le achaca tragedias como si clavara alfileres. Quizá debió haber señalado con mayor énfasis —como le pide Rieff— a los otros personajes que ayudaron a crear la desenfrenada política exterior norteamericana de aquellos años. En cualquier caso, el que termina sentado frente al jurado después del debate es el oscuro Washington de Johnson y Nixon, en el que todo valía con tal de quedar un poco mejor parado en la guerra contra el enemigo rojo. -