Julián Castro: una raíz seminal | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Gage Skidmore [CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)]

Julián Castro: una raíz seminal

Un perfil del exalcalde de San Antonio, hasta hace pocos días precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos e icono de la comunidad latina en ese país.

En 2009, mientras cursaba el tercer año de la universidad, comenzó a llamarme la atención la sonrisa de un moreno en anuncios espectaculares por todo San Antonio, Texas. Lo había visto ya antes con su cuate en un programa de estudios científicos de verano cuando estaba en secundaria, pero no le puse mucha atención entonces. Quizá fue que la emoción de la campaña de Obama en 2008 seguía fresca, pero algo en mi interior se revolvió tanto que averigüé la dirección de su casa de campaña para ir a un mitin. Las oficinas estaban justo a un lado de Broadway, en un viejo 7-Eleven, cerca de un parque en el que mis primos y yo solíamos jugar; no me convencían sus “casa de campaña de conveniencia” hasta que lo vi entrar. Me pareció un rey: vestido con una camisa blanca, pulcramente planchada, las mangas enrolladas hasta los codos y unos pantalones grises a cuadros con la raya del planchado marcada al centro de las piernas. El cabello negro bien peinado y una sonrisa de oreja a oreja. Su carisma era palpable. ¿Quién era este tipo?

 

No era la primera vez que Julián Castro buscaba ser electo alcalde de la séptima ciudad más grande de los Estados Unidos; lo intentó en 2005 pero lo derrotó Phil Hardberger. Lo único que me pareció interesante de Hardberger era que en algún momento fue el suegro de Tommy Lee Jones. Si no fuera por Tommy Lee, para mí simplemente se habría tratado de otro gabacho con poder –aquí empleo gabacho como traducción de “hombre blanco mediocre”. En ese momento, sin embargo, la mayoría del estado no compartió mi perspectiva.

 

Ahora estaba ante algo distinto; algo en el modo que tenía Castro de hablar. Envalentonado, con algunas pausas intercaladas. No eran débiles quejidos, sino susurros empoderados. Para soñar, para anhelar que alguien como él que pudiera salir de un barrio al área de Boston, pasar del sistema educativo público a convertirse en servidor público gracias a sus estudios en Stanford y la Harvard Law School. ¿Cómo pude haber pasado por alto a este tipo? Se trataba de alguien inspirador. Dios, ¡había que verlo en acción! Nunca había visto a alguien del barrio en el poder, casi como un espejo de las esperanzas futuras. Era el poder del potencial; alguien que se parecía a mí. Decidí trabajar en su campaña como voluntario y salí a tocar todas las puertas por todo San Antonio. Aunque yo era bastante malo para eso, él ganó.

San Antonio es una de las ciudades más segregadas económicamente hoy en día, pero su historia es mucho más regia y optimista que lo que muestra su actualidad. Fue fundada cerca de 150 años antes que las ciudades tejanas más renombradas como Austin, Dallas y Houston estuvieran en el mapa; fue una ciudad fundada por el Imperio español para expandir sus fronteras y con la intención de convertirla en la capital de la Texas española de entonces. Ahora se le conoce como Military City, USA, por la gran cantidad de bases militares que alberga, pero la semilla de sus raíces en realidad la vuelve una ciudad real: decir que eres de San Antonio, para mí, es decir que eres parte de la realeza. Según en qué lugar de la ciudad hayas crecido, te enseñaban sobre la importancia de Davy Crocket o de De la Pena para el Alamo, o sobre cómo, años más tarde, uno de los bandos llamó al conflicto la Guerra México-Americana, y el otro la Guerra de Agresión Americana. Como estadounidenses aprendimos sobre Martin Luther King, pero yo también aprendí sobre Gus García. Quizá conozcan a Emma González, pero, ¿saben quién es Emma Tenayuca? La etimología de Texas no viene del español ni del inglés, ¿me entiendes?

Julián Castro, como yo, nació en ese entorno, en esa complicada y segregada confusión chicana, sin un camino definido hacia un destino de identidad cultural. Castro fue alumno de la preparatoria Jefferson, yo de Harlandale, la misma escuela a la que asistió su esposa. Él creció en la zona de Westside de San Antonio, y yo soy del Southside: ambas zonas predominantemente latinas, barrios a mi entender. La primera vez que alguien me dijo que yo venía de un ghetto, me quedé perplejo. A menos de que hayas crecido en el barrio, no creo que lo puedas entender realmente; te afecta. Estás allá, agazapado en los rincones de la sociedad, arropado en una familiaridad muy unida mientras estás dentro, pero al salir al mundo el complejo de inferioridad se apodera de tu mente y empiezas a percibir las sinapsis segregadas que están ya grabadas en tu cerebro. Te olvidas de tu pasado indígena e interpretas el mundo de manera separada pero igual en inglés y español; una expresión humana al estilo del caso Plessy contra Ferguson.

El 12 de septiembre de 2019 entré al cuarto de mi padre, donde estaba él pegado a la televisión. Mi padre es un trabajador proletario simple, austero, sin educación universitaria, que comenzó a trabajar recién salido de la preparatoria. Para darme “ganas” me contaba historias sobre su pasado “cavando agujeros y pavimentando caminos” para juntar lo mínimo cuando yo era niño. Tiene una inclinación por Castro porque lleva décadas trabajando para la ciudad de San Antonio, la misma municipalidad de la que Castro fue alcalde. A pesar de que mi padre viene de la “escuela de los golpes”, como la llama él, estaba ahí pendiente del último debate demócrata, bien enterado de las políticas y de las pendejadas de los candidatos. Seguía vestido con su ropa de trabajo: botas vaqueras bien boleadas, jeans azules almidonados con la raya del planchado al centro. Creo que se blanquea en su vestuario para ocultar al hombre moreno en su interior; así su conflictiva segregación. Le dije que estaba yo molesto con Castro, y que “¡para qué sigue en la competencia, con esos números tan bajos en las encuestas!” Mi padre respondió mi pregunta con ecuanimidad. “Hijo, no se trata de encuestas, se trata de orgullo. Él viene del mismo lugar que nosotros, y ve dónde está. El punto es que los latinos podemos hacer lo que queramos”.

Mi padre tenía razón; algo se movió en mi interior, casi me había olvidado de lo que Castro representaba para mí desde que lo vi hablar hace una década. Castro comprende que ser latino es una cultura –no se trata de una nacionalidad, ni de un idioma, ni de un color de piel únicamente. Él me enseñó que ser moreno no tiene que ver con el color de piel: tiene que ver con tener el orgullo para sobreponerse a los obstáculos. Que a pesar de haber nacido con mucho menos, superamos a los que tienen más. ¡Qué tal eso como logro! ¿Podemos decir lo mismo de Andrew Yang y de los taiwaneses-estadounidenses? Los intentos de Beto y de Booker por hablar en español son ilustrativos de su entendimiento superficial de lo que es la identidad latina y sus luchas. Si, claro que hemos escuchado de la lucha de los negros, pero ¿han escuchado hablar de la lucha Brown? Castro dice abiertamente que él no domina el español, y ofrece una profunda historia personal para explicar por qué; a pesar de esta historia, tenemos que valorar lo mucho que ha superado y el impacto que ha tenido. Su historia es muy parecida a la mía, muy similar a la de casi cualquier latino, latinx, chicano, tejano, hispano, mexicano –como sea que te identifiques– ya que la mayoría de los latinos en Estados Unidos han estado aquí desde hace generaciones. Todos tenemos historias personales, pero no habíamos tenido la oportunidad de contarlas. Mis abuelos, trabajadores migrantes –peones mexicoamericanos a mis ojos– en las pizcas, con apenas educación primaria, eran ridiculizados por hablar español en público; a mi padre y sus hermanos los regañaban en la escuela por hacer lo mismo. Está bien si quieres que Castro hable en español, pero por qué no se la hacemos más difícil y le exigimos que responda preguntas en náhuatl, o mejor aun, cuestionamos si Trump sabe hablar visigodo.

Mientras platicaba con mi padre, con el debate de fondo, recordé la primera vez que fui a la universidad en 2006, lo fuera de lugar que me sentía –a pesar de haber sido el estudiante que dio el discurso de graduación de mi generación– entre mis compañeros en su mayoría blancos; lo drásticamente distinto que era de las escuelas públicas a las que acudí durante 18 años, donde, más o menos, todos teníamos el mismo color de piel. Contrasté mi experiencia con cómo me sentí una década más tarde, cuando por primera vez fui a una entrevista de trabajo en Condé Nast y The New Yorker, y era la única persona de color en el proceso, y cómo, mientras caminaba por los pasillos del nuevo World Trade Center –exceptuando a los conserjes, al personal de la cafetería y de seguridad– me sentía el único latino en el lugar. Me ayudó que Nick Thompson, el editor de newyorker.com en ese momento, había sido compañero de Castro en Stanford; sentí que las similitudes entre mi historia personal y la de Castro ayudaron a que Thompson me comprendiera mejor en las entrevistas. Conseguí el empleo, lo hice muy mal, pero sentí que haber estado ahí nos ayudó a todos. Aún sentía que debía estar en ese lugar, del mismo modo que Castro debía estar en ese debate, aunque no siga por lo que resta del ciclo electoral. Comprendí cómo Castro ayudó a romper la segregación en mi mente aquel día en 2009, y sigue haciéndolo en 2019. Me dio esperanza para terminar la universidad, el posgrado, para buscar empleos de cuello blanco para los que pensé que no tendría esperanza, salir de Texas y tener el orgullo para volver: todas fueron primeras veces en la historia de mi familia. Él está en mi mente y en mi espíritu para siempre; estoy muy orgulloso de él.

Quizá Castro nunca llegue a ser presidente, pero al dar su perspectiva con nobleza ya es parte de la realeza y es una figura filial para todos nosotros: una raíz seminal que se asemeja a la historia real de su ciudad natal, y que logra romper la segregación en la mente de los latinos del futuro para bifurcarse del orgullo que ha cosechado. Es más que un político; se trata de un ícono.

 

Traducción de Pablo Duarte.