James Comey, la moral y la política | Letras Libres
artículo no publicado

James Comey, la moral y la política

Entre Comey, el admirador de Reinhold Niebuhr, y Trump, el discípulo de Roy Cohen, abogado y cómplice del nefasto senador Joseph McCarthy, me quedo con quien aboga por recuperar la dimensión moral de la política

Más que un simple ajuste de cuentas entre un empleado injustamente despedido y un jefe autoritario y majadero, A Higher Loyalty, el libro del ex director del FBI James Comey es un llamado a recuperar el sustrato moral que debe acompañar siempre a la práctica política.

No faltan en el libro algunas observaciones frívolas que Comey quizá debió evitar para darle mayor altura a su bien fundada crítica: sus descripciones del tono naranja de la piel de Trump, la blancura de sus ojeras, y las posibles prácticas sexuales perversas de Trump con prostitutas en un hotel de Moscú.

El mensaje central, sin embargo, es claro, contundente y necesario. Contrario a la corriente de pensamiento que intenta explicar la errática presidencia de Donald Trump como un caso de incompetencia mental, Comey da en el blanco caracterizándola como la obra de una persona que “mancha a todos los que le rodean” porque está incapacitado moralmente para ser presidente de la nación.

En su libro, Comey relata varias reuniones en la Casa Blanca que le hicieron recordar su etapa como fiscal federal persiguiendo a los carteles de la mafia neoyorkina. Una cena privada en la que Trump intentó sacarle un juramento de lealtad. Otra reunión con Trump y sus sicofantes en la que Comey sintió “el círculo silencioso de asentimiento; al jefe en control total; los orquestados juramentos de lealtad al presidente; la visión del mundo como un enfrentamiento entre nosotros y ellos; la permanente mentira al servicio de un código de lealtad que coloca a la Organización por encima de la moralidad y de la verdad”.

Las nocivas consecuencias de las mentiras de Trump en el entramado social de la nación es uno de los temas que recorren el libro de principio a fin porque para Comey, “la deshonestidad es el factor común del crimen organizado, y también la intimidación, la presión y el pensamiento grupal que hoy infectan nuestra cultura”.

La intersección de la moral con la política es una antigua preocupación de Comey que data de sus estudios en el Colegio de William and Mary donde se graduó en química y religión en 1982. El tema de su Tesis fue un estudio sobre el papel que las creencias religiosas desempeñan en el servicio público, inspirado en la obra de Reinhold Niebuhr, un teólogo estadounidense que ha influido en el pensamiento de políticos como Jimmy Carter y Barack Obama.

Intentar resumir la obra de Niebuhr en un puñado de párrafos sería una insensatez aunque si cabría destacar una de sus ideas que a mi juicio ejemplifican el juicio de Comey sobre Trump. Según Niebuhr, en virtud de haber nacido en un país muy joven, los estadounidenses no tienen sentido de la historia y esta carencia lleva a sus líderes a sobrestimar sus virtudes personales, los méritos del proyecto americano y la habilidad de sus instituciones para cumplir sus objetivos. Tres creencias que alimentan su soberbia y su miopía. No deja de ser irónico que Niebuhr, el héroe de Comey, el último director del FBI, haya sido espiado por uno de sus predecesores, Edgar J, Hoover, por sus ideas subversivas.

De su historial como funcionario público cabe destacar la rectitud con la que obró en marzo de 2004 cuando se enteró de que Alberto R. Gonzales, abogado de George W. Bush, se encaminaba a la sala de terapia intensiva del hospital donde estaba internado el procurador John Ashcroft para persuadirle a que firmara la reautorización del programa de vigilancia doméstica que ya el Departamento de Justicia había declarado ilegal. Comey se adelantó y logró convencer a Ashcroft que se negara a reautorizar el programa. El enfrentamiento fue intenso y solo se resolvió cuando los funcionarios de Justicia y el entonces director del FBI Robert Mueller amenazaron con renunciar en masa.

Comey no es un ángel, es un ser humano imperfecto que ha cometido errores puntuales como por ejemplo, la irresponsable manera en la que manejó la investigación de los correos de Hillary Clinton o sus lamentables y amenazantes declaraciones a los empleados que filtran a la prensa malas prácticas de funcionarios, pero en esta batalla entre Comey el admirador de Niebuhr, y Trump, el discípulo de Roy Cohen, abogado y cómplice del nefasto senador Joseph McCarthy, definitivamente me quedo con el testimonio del honesto funcionario público que aboga porque recuperemos la dimensión moral de la política.