Irán: el juego de la paciencia | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: flickr.com/photos/adam_jones/7424861282

Irán: el juego de la paciencia

Si acaso existe un riesgo de guerra en el Medio Oriente, este recaería más en la irracionalidad de Trump que en el cálculo de los persas, cuya paciencia y pericia han quedado demostradas en cuarenta años de sanciones ininterrumpidas y guerras en sus fronteras.

Tropas estadounidenses se acuartelan en los países vecinos; Europa llama a la cordura y la diplomacia; hay pánico por el precio del petróleo; el programa nuclear iraní sigue siendo un misterio y, por si fuera poco, abundan las declaraciones de un líder colérico, propenso a rebuznar barbaridades.

Aunque este escenario describe a la perfección lo acontecido el pasado mes de septiembre, en realidad me recuerda al periodo en el que viví en Teherán, hace ya más de una década. Las condiciones eran muy similares, con la única diferencia de que el líder colérico no era Trump, sino el también impresentable Mahmoud Ahmadinejad.

Durante dos años, semana a semana, observé sin falta claros indicios, domésticos o regionales, de una “inevitable” confrontación militar que nunca llegó. Si algo enseña vivir en la República Islámica de Irán es a guardar cautela ante los titulares de los periódicos y las declaraciones de políticos y diplomáticos.

Los persas, y más aquellos en puestos estratégicos en el gobierno y el aparato religioso o estatal, tienen una mirada de largo aliento que enerva a cualquier neófito armado de soluciones simples y veloces. 

Incluso los iraníes que más vehementemente defienden la revolución islámica de 1979 saben que el régimen actual no es sino una breve etapa en la larga historia de una sólida tradición cultural, lingüística, étnica, y a veces política, cuyos orígenes se remontan al imperio aqueménida de Ciro el Grande. Lo anterior no es hipérbole, sobre todo si se considera que la mayoría de los países vecinos de Irán se diseñaron como unidades culturales y políticas apenas en el Tratado de Sèvres de 1920.

Es cierto que la revolución islámica, pletórica en carencias políticas, aberraciones socioculturales y además un profundo desdén por las capacidades de sus ciudadanos y ciudadanas, se antoja perfectible, por decirlo eufemísticamente. Pero también es cierto que no va a desaparecer de la noche a la mañana, mucho menos a través de una solución militar.

La retórica bélica en Washington en contra de Teherán ha ido en aumento luego de que Estados Unidos, léase Trump, abandonó en 2018 la compleja negociación multilateral que permitía a Irán desarrollar capacidades técnicas para su programa nuclear civil a cambio de inspecciones irrestrictas. Ahora, luego de varios meses de tensión en el Golfo Pérsico, la amenaza militar se vislumbra de nuevo en el horizonte. Pero es tan dudosa que ni siquiera las voces que de costumbre apuestan por una invasión al estilo “tormenta en el desierto” dan con una estrategia atendible.

Los vaivenes erráticos de Trump no parecen preocupar a los negociadores persas, quienes –literalmente– han optado por ni siquiera tomarle la llamada. Para la clase gobernante iraní, Trump tiene muy poco o nada que ofrecer, y aunque las sanciones se acumulan y mantienen la economía persa en vilo, todavía distan mucho de estrangularla.

Irán no tiene prisa en ver a Trump consumirse en las cenizas de sus propios errores, y prefiere en todo caso allegarse el favor, o al menos la tolerancia, de interlocutores más predecibles en la región y fuera de ella: China y Rusia, pero también los países europeos, que perseveran en mantener el acuerdo nuclear de 2015, y si acaso endulzarlo con incentivos económicos tangibles.

Cada vez que baten los tambores de guerra sobre Irán, recuerdo cuando asistí a las oraciones del viernes en la Universidad de Teherán. Este evento, más político que religioso, reúne a los elementos más radicales y recalcitrantes del régimen iraní, quienes se solazan con las arengas de los clérigos y los ayatolás en turno.

Mi presencia, en el mejor de los casos inusual, pasó desapercibida gracias a una combinación de ropa negra, barba de varios días y un mutismo absoluto. Eran los primeros días de la guerra de Líbano en 2006, en la que, gracias a la presencia informal de milicias y pertrechos iraníes, Hezbolá se desempeñó con la eficacia de un ejército regular.

Recuerdo sobre todo el clamor unísono de unas diez mil personas rematando con voces de aprobación los puntos álgidos de los discursos: ¡Muerte a América! Aquello se sucedió con perfección coreografiada hasta llegar al mensaje principal del clérigo y político Akbar Hashemi Rafsanjani (murió en 2017): la comunidad musulmana como víctima de agresiones imperialistas; la complicidad asesina de Estados Unidos e Israel; la solidaridad con los hermanos de armas.

Composición meditada de espectáculo y trance espiritual –las mismas características que sedujeron a Foucault cuando visitó Teherán en los albores de la revolución islámica–, el rezo del viernes terminó en una suerte de éxtasis colectivo.

Todos los asistentes formamos entonces una larga columna que abandonó el recinto trotando. A la salida, bajo un enorme arco de flores blancas que necesariamente había que cruzar, jóvenes milicianos arrojaban agua de rosas con aspersores.

Aquella experiencia viene a mi mente cada vez que la vía militar reemerge como una solución. En Irán existe una convicción común a todas las clases sociales, ajena al espectro político: un profundo nacionalismo, que se nutre de la cultural, la literatura y la lengua, y ciertamente una orgullosa historia enraizada en los siglos.

No todos los iraníes, y ojalá cada vez sean menos, aprueban la anacrónica teocracia que los rige. Pero de eso a suponer que no se opondrían ferozmente a cualquier intervención bélica hay una gran diferencia.

Irán no es cualquier pieza más del tablero. En Medio Oriente, Asia Central y el Golfo Pérsico, su voz conlleva autoridad y respaldo político, económico y cultural. No hay ninguna sorpresa en que Irán se haya fortalecido con los conflictos militares recientes en Afganistán, Iraq y Siria. Paradójicamente, Washington hizo de su acérrimo enemigo un enemigo más fuerte.

Si acaso existe un riesgo en la actualidad, este recaería más en la irracionalidad de Trump –no hay animal más peligroso que el herido– que en el cálculo de los persas, cuya paciencia y pericia, luego de cuarenta años de sanciones ininterrumpidas y guerras en sus fronteras, bien hace en esperar el arribo de mejores interlocutores.