Intelectuales en su tinta y timbre | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: Félix Vallotton, Public domain, via Wikimedia Commons

Intelectuales en su tinta y timbre

En una época convulsa de pandemia, depresión económica, movimientos sociales contra el racismo y la misoginia, líderes incapaces y conflictos violentos, la reflexión sobre los intelectuales y su materia de trabajo es necesaria.

Las desavenencias que se hicieron públicas hace unos meses entre el presidente de México y personajes notables para la vida cultural y política del país han provocado un beneficio colateral, pese a lo costoso y desgastante del entuerto: se ha renovado la conversación sobre el papel de la intelectualidad en la sociedad.

En 1937 ocurrió en Valencia, España, el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Fue un encuentro de intelectuales de casi treinta países, quienes se sentaron durante varios días a discutir y tomar una postura común frente a las desventuras de esos tiempos de fascistas. Asistieron poetas como César Vallejo, León Felipe, José Bergamín, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Tristan Tzara, W.H. Auden y Octavio Paz. También participaron novelistas, ensayistas y filósofos como Elena Garro, André Malraux, María Zambrano, Heinrich Mann, Ernst Hemingway y John Dos Passos. Se trató de un espacio para reflexionar sobre la libertad, en plena guerra civil española. Cincuenta años más tarde, Valencia protagonizó un encuentro más en el que intelectuales discutían el rol que les tocaba jugar en la sociedad de la década de los ochenta del siglo pasado. Repetía Octavio Paz, quien leyó el discurso inaugural. Lo acompañaron en esa ocasión escritores y pensadores como Fernando Savater, Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa, Manuel Vázquez Montalbán y Jorge Semprún. Su contexto era otro, enmarcado por la guerra fría y animado por la discusión sobre la democracia y el capitalismo. Así como el espíritu de sus tiempos empujó a aquellos intelectuales a deliberar los signos de una época, nuestros días reclaman lo propio con urgencia. El contexto y el presente siempre definirán el papel de quienes se dedican como profesión a pensar, leer y construir ideas genuinas. Más de treinta años después, en una época convulsa de pandemia, depresión económica, movimientos sociales contra el racismo y la misoginia –por mencionar algunos–, líderes incapaces y conflictos violentos, la reflexión sobre intelectuales (y su materia) me parece necesaria. Parafraseando a Fredrich Holderlin, ¿y para qué poetas en tiempos de penuria? Para qué y qué tipo de intelectuales hacen falta. Apunto algunas ideas.

Los intelectuales y el poder

Como decía Lord Acton, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los intelectuales no están exentos de tal inclinación. En México la tentación es demasiada. Por ello, considero necesario en la actualidad que los intelectuales abdiquen de ser orgánicos: afines o reticentes a la ideología del gobierno –eso es irrelevante–, les convendría mirar con ojos críticos toda manifestación de lo político, incluso la mirada propia. Contra la tentación del poder y sus consecuencias, el examen de conciencia, el autoanálisis.

Intelectuales y su independencia

Gramsci odiaba a los indiferentes. Haciendo eco de Friedrich Hebbel, sostenía que vivir significa tomar partido. Octavio Paz, por su parte, decía que “el intelectual está condenado –porque vive en la historia– a tomar partido”. En muchas ocasiones esta fatalidad significa estar en contra o a favor de quien detenta el poder público. Los intelectuales de hoy en día requieren una independencia absoluta de aquel poder, porque corrompe sin piedad y ofusca hasta las mentes más brillantes.

La honestidad intelectual

Manuel Vázquez Montalbán consideraba que la honestidad intelectual es la “aspiración de la verdad, sabiendo que no la puedes conseguir”. Añadía puntualmente: “Y luego, cuando dices mentiras no cobrar por ellas”.

Los intelectuales y la polarización

En México, como en otras partes del mundo, la polarización se ha agudizado y tornado cada vez más virulenta y, peor aún, violenta. Entre grupos y facciones antagónicas el diálogo se ha tornado inexistente. La cámara de eco (echo chamber) nos tiene encarcelados en nuestras propias certezas y prejuicios. Escuchamos solo lo que confirma nuestros sesgos cognitivos y difícilmente conocemos puntos de vista distantes, antagónicos. Un rol de los intelectuales en nuestro tiempo es el de romper esas cámaras, promover el diálogo crítico entre ideas antagónicas, promover una discusión armónica y combatir la polarización.

Intelectuales y la libertad

En México, la libertad, particularmente la de expresión, siempre ha sido un bien escaso. Las tecnologías para acallar la crítica son variopintas. Entre la hipervigilancia burocrática, las persecuciones y amenazas, incluyendo el asesinato de periodistas y la denostación y violencia en contra de movimientos feministas, la lista es larga y todos los gobiernos contribuyen a ella. Los intelectuales de cualquier posición ideológica serían los primeros en defenderla, aún si comulgan o no con quien detenta el poder público, particularmente porque ese poder es el menos relevante cuando lo que se requiere es trabajo de base. Un intelectual hoy vale más a la sociedad si se preocupa por lo local, lo vecindario. Las preguntas universales ya no son parte del repertorio que nos interesa. Foucault y su microfísica del poder podría ser un referente.

Los intelectuales juegan un rol fundamental en defender la libertad de expresión de los demás como prioridad. La libertad de expresión propia queda circunscrita a la defensa de la del otro. El cambio parece sutil pero es radical. Defender la libertad de expresión propia conduce al aislamiento. En cambio, defender la libertad de expresión del otro promueve la tolerancia, condena la polarización y trastoca la violencia. El presidente de México, por ejemplo, defiende su libertad de expresión y condena la de los demás. El resultado es peligroso.

Intelectuales y el pensamiento maduro

Vivimos tiempos vertiginosos que coartan la reflexión pausada y la idea madura. Vivimos tiempos antiintelectuales donde el mundo online y las redes sociales han modificado los hábitos de reflexión y de conversación. Zygmunt Bauman anota que “[E]ntre los daños más analizados y teóricamente más nocivos de la vida online están la dispersión de la atención, el deterioro de la capacidad de escuchar y de la facultad de comprender, que llevan al empobrecimiento de la capacidad de dialogar…”. Los intelectuales pueden disputar esta realidad, salirse de la dinámica de reflexionar poco y publicar en todo momento sobre todos los temas para poder tener presencia en medios. Prefiero a aquellos intelectuales que ocupan la mayor parte de su tiempo leyendo, ejerciendo la reflexión crítica y pausada, construyendo ideas claras y útiles, madurando el pensamiento, para luego escribir y decir solo lo necesario, aquello que apunta a la sabiduría.

Intelectuales y el feminismo

La vanguardia del pensamiento en el mundo es el feminismo. La intelectualidad en México debiera pasar por el tamiz del feminismo y sus preguntas, para después tomar partido. Butler dice que no se requiere ser mujer para ser feminista: “Los hombres que son feministas, las personas no binarias y trans que son feministas, son parte del movimiento si sostienen las proposiciones básicas de libertad e igualdad que son parte de cualquier lucha política feminista”.

Corolario

Los intelectuales en México son imprescindibles. La tinta de sus textos y el timbre de su voz son hoy más necesarios frente a los estragos de un mundo que colapsa. Así como en el siglo pasado hubo ejercicios para pensar adrede el rol de las y los intelectuales, hoy la pertinencia de volverlo a hacer me parece más urgente. La defensa de la democracia es una agenda perpetua y hoy no es la excepción. Los autoritarismos siempre estarán al acecho, serán la tentación del poder público. Los políticos de todos los signos han sido incapaces realmente de imaginar y crear mejores soluciones a los problemas del país. Los intelectuales tienen la oportunidad de concebir formas de sacar al país de la penumbra en la que se encuentra.