El “talibán americano” en su encrucijada | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Lindh Family/ZUMA Press/Newscom/EFEVISUAL

El “talibán americano” en su encrucijada

Más de mil yihadistas de cincuenta países, sus esposas y sus hijos siguen presos en campos de refugiados sirios e iraquíes porque sus países de origen no aceptan repatriarlos.

La reciente liberación del llamado “talibán” estadounidense, John Walker Lindh, tres años antes de cumplir la condena de 20 años a la que fue sentenciado, ha creado una controversia de repercusión mundial.

Para el secretario de Estado Mike Pompeo, dejarlo en libertad fue un acto “inmoral”. Para el padre de John Walker, su hijo es un ratón de biblioteca interesado en el Islam, encarcelado por razones políticas. La visión de quienes han seguido su trayectoria es también encontrada: para unos es un erudito investigador y para otros un terrorista incorregible.

Según el escritor, explorador, aventurero, periodista y documentalista canadiense-americano Robert Young Pelton, reconocido por sus reportajes en “los lugares más peligrosos el mundo”, y quien estuvo presente el día que el ejército estadounidense capturó a Lindh en Afganistán, “Lindh parece un sociópata asociado a un grupo criminal dedicado a matar americanos y musulmanes, y, desafortunadamente, todo indica que sus obsesiones no han variado”.

Para el escritor John Wray, el destino quiso que Lindh estuviera en el lugar equivocado, en el momento equivocado, el día de su captura. Un año antes del ataque terrorista a las Torres Gemelas, Lindh fue a estudiar árabe a Yemen y a Afganistán, donde se vio atrapado en la guerra civil entre los talibanes y la Alianza del Norte. Nunca, asegura su abogado, intentó oponerse a Estados Unidos, pero nunca pudo escapar de Afganistán.

En noviembre de 2001, cuando Lindh estaba en la cárcel junto a cientos de soldados talibanes, el ejército estadounidense lo identificó, lo repatrió y de inmediato la opinión pública lo juzgó con severidad.

Lindh nació en 1981 en los suburbios de San Francisco, en una familia de clase media alta. Criado católico, se convirtió al Islam a los 16 años. Y aunque sigue siendo fiel al Islam, en 2002 declaró, “Si hubiera sabido lo que ahora sé sobre el Talibán, nunca me habría asociado con ellos”.

Quienes se oponen a su liberación temen que pueda convertirse en uno de los llamados “lobos solitarios” que en cualquier momento podrían cometer un acto terrorista. Pero hay otros que opinan que si ya cumplió su sentencia tiene derecho a rehacer su vida en libertad. Una libertad muy condicionada que, por ejemplo, le impide, acceder a internet salvo con un permiso especial y bajo vigilancia. Tampoco puede viajar libremente.

Pero el caso de Lindh no es único. Naciones Unidas calcula que más de 40,000 personas de 110 países se unieron a grupos terroristas en Siria e Iraq: 30 mil hombres, 5 mil mujeres y 5 mil niños y niñas. No se sabe con exactitud cuantos murieron en combate y cuántos ya han sido repatriados a sus países de origen. Sin embargo, hay por lo menos 800 combatientes, cientos de esposas y decenas de niños de 50 países que siguen en el limbo, en campos de refugiados sirios e iraquíes.

Algunos países europeos se niegan a repatriarlos, ya sea por temor a que reincidan en sus actividades terroristas o porque creen que la guerra los ha traumatizado y su reinserción puede ser problemática. Entre los detenidos hay asesinos irredentos que degollaron a rehenes occidentales, pero también hay muchos que, como Lindh, quedaron atrapados en el torbellino de la guerra civil previa a la invasión o fueron obligados a combatir. De los 889 perseguidos por terrorismo en Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001, 476, incluyendo a Lindh, han sido liberados y la mayoría de ellos nunca cometió un acto violento.

La terrible realidad, sin embargo, es que en ningún país occidental existe una política uniforme para decidir qué hacer con ellos, ni protocolos adecuados para prevenir la reincidencia, ni programas para ayudar a las personas culpables de actos terroristas en el pasado a reinsertarse pacíficamente en sus países de nacimiento.