El gobierno no es una fortaleza | Letras Libres
artículo no publicado
Fuente: Héctor Guido Calvo / Wikimedia Commons.

El gobierno no es una fortaleza

Frente a la adversidad que representa la pandemia de la COVID-19, gobierno y sociedad deben encontrarse en un espacio de construcción y cooperación.

Días después del sismo de 1985, Octavio Paz encomió la firmeza y resolución que el pueblo mexicano mostró frente a aquella catástrofe. “La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales”, escribió. Entonces, no fue el gobierno sino el pueblo –“sin distinción de clases”– el que se sobrepuso a la adversidad. Lo mismo celebró Paz la valentía de una colectividad con escasos instrumentos, que criticó la “erosión moral de nuestras élites”. Ante la vacilación, carácter. Ante la codicia, fraternidad.

La historia se repitió 32 años después. Los sismos del 2017 sacudieron al país, pero el pueblo no retrasó una admirable respuesta. Escuelas, organizaciones no gubernamentales, equipos rescatistas, voluntarios y civiles asistieron a la población más necesitada. Los gobernados no auxiliaron a los gobernantes: los suplieron. Esta segunda ocasión confirmó la lectura de Paz sobre “un pueblo paciente, pobre, solidario y tenaz.”

Hoy, otra vez, se asoma el infortunio. La pandemia de la Covid-19 que amenaza al mundo ha llegado a México. Nadie sabe cómo se desenvolverá, como es común en las pandemias. Pero a juzgar por lo ocurrido en buena parte de Europa y Asia, la mejor es la apuesta de Pascal: esperar el peor escenario posible. Un estudio recién publicado del Imperial College de Londres muestra que los países que actúan con rapidez y eficacia –como lo fueron Corea del Sur y Singapur– logran detener el contagio masivo antes de que sea demasiado tarde. Los países que demoran su respuesta, animados en ocasiones por la superstición o el cálculo político de sus líderes –como Estados Unidos– pueden pagar altísimas consecuencias.

El presidente López Obrador, hasta el momento, parece haberle apostado a la providencia. Si bien el gobierno ha venido actuando frente a la epidemia, la percepción de una parte de la opinión pública es que el presidente ha desestimado la severidad de la amenaza. Mientras los países responsables ponían en marcha cuarentenas y aislamientos y administraban de forma masiva pruebas para detectar y detener el contagio, el presidente mexicano y los gobiernos locales afines ignoraban las advertencias, lo mismo en voz que en el ejemplo, saludando y abrazando a aglomeraciones, permitiendo que se celebrara el festival musical Vive Latino y continuando con mítines multitudinarios. Aun cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendaba no hacerlo, el presidente rebatía: "Hay quien dice que por lo de coronavirus no hay que abrazarse. Pero hay que abrazarse, no pasa nada; así. Nada de confrontación, ni de pleitos.”

Desde el principio han podido separarse las exhibiciones del presidente de las medidas del equipo encargado de detener la pandemia, encabezado por Hugo López-Gatell, subsecretario de prevención en salud, un funcionario ecuánime y responsable, con credenciales en epidemiología y en el sector salud. Sin embargo, López-Gatell ha tenido traspiés preocupantes, como cuando, esta semana, defendió la temeridad del presidente ante las multitudes. Si bien las decisiones del subsecretario han sido respaldadas por algunos expertos, desde la propia OMS se ha aconsejado que el gobierno de México actúe de manera coordinada. Esto significa, entre otras cosas, que la voz científica del gobierno no debe volverse una voz política, pues ello supone riesgos: por una parte, el de generar desconfianza en un momento en que hace falta poder discernir la información confiable de la que no lo es; por la otra, que el cálculo político, también aquí, se imponga a la orden médica.

El Estado mexicano tiene experiencia en el manejo de epidemias. La contención de la influenza A H1N1 en 2009 fue exitosa. La clave –en concordancia con las recomendaciones de la OMS– es la rapidez. Así lo declaró hace unos días el doctor Michael Ryan, director ejecutivo del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS: “Una de las lecciones que aprendí en mi carrera es que hay que ser rápidos… debemos ser los que realicemos el primer movimiento, el virus te atrapa si no te mueves rápido.”

Esta vez, el gobierno mexicano no ha mostrado la prescrita velocidad. Ante la premura, ha sido otra vez, como en los sismos, la sociedad la que ha tomado la iniciativa. Aunque la Secretaría de Educación Pública anunció la suspensión de clases a partir del 20 de marzo, desde el día 12 distintas escuelas y universidades, empresas, gobiernos estatales y locales, y ciudadanos a título individual han venido adoptando medidas encaminadas a favorecer el distanciamiento social, buscando así contener el avance de la epidemia.

La actual emergencia sanitaria entraña riesgos diferentes a los de los sismos. Puede llevar al colapso del sistema de salud, como ha sucedido ya en países como Irán e Italia, e implicar que las medidas de alejamiento duren varias semanas. Por más resuelta que esté la población a acatar dichas medidas, habrá millones que tengan que salir a trabajar para ganarse la vida. En particular vulnerabilidad se encuentran las madres solteras que no tienen con quién dejar a sus hijos. Cientos de pequeñas empresas y establecimientos pueden quebrar. Cientos de miles pueden perder sus empleos. Ante esto, los gobiernos responsables –el francés y el británico, de manera notable– han preparado paquetes de alivio y asistencia. El mexicano no sólo ha descartado estímulos fiscales, sino que los derroches en elefantes blancos han minado la capacidad de respuesta del Estado.

Por eso, porque la sociedad necesita a su gobierno y viceversa, en aquel artículo, Octavio Paz pedía que el gobierno fuera un lugar de construcción para enderezar el rumbo: “Es inaplazable que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible”. Ante la crisis del coronavirus, el gobierno no debe distanciarse. Siguiendo a Paz, no debe ser una fortaleza, sino un lugar de encuentro.