El discurso de los secretarios de Hacienda y Economía: oportunidades perdidas | Letras Libres
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El discurso de los secretarios de Hacienda y Economía: oportunidades perdidas

Durante sus participaciones en un foro de la revista The Economist, los dos funcionarios federales no consiguieron transmitir un mensaje tranquilizador frente a un público preocupado por la marcha de la economía.

Tuve la oportunidad de asistir al foro sobre México que anualmente organiza la revista británica The Economist. Ahí pude ver cómo el discurso del secretario de Hacienda, Arturo Herrera y el de la secretaria de Economía, Graciela Márquez, están quedándose cortos en la difícil misión de generar credibilidad y confianza en las decisiones del gobierno. A ambos funcionarios les hicieron falta tres cosas:

• Respeto por la opinión y sentimientos de la audiencia. Cuando un orador se planta frente a una audiencia escéptica, lo primero que debe hacer es reconocer con honestidad que sabe que hay diferencias de opinión y que las respeta. También debe reconocer explícitamente la emoción que domina a su público, en este caso preocupación por la marcha de la economía. Pero tanto Arturo Herrera como Graciela Márquez hablaron mucho de cómo se sentían ellos y de lo que ellos pensaban: las cosas no solo no están mal, sino que, de hecho, van bien y la relación con la iniciativa privada es excelente. Cuando hay una disonancia cognitiva entre lo que la audiencia piensa (preocupación) y lo que el orador dice (triunfalismo), el ciclo de la comunicación se cierra, y no hay espacio para la persuasión.

• Una narrativa que haga menos tóxico al populismo presidencial. El enorme reto de cualquier integrante del gabinete de López Obrador que va a hablar a foros de las élites es hacer menos tóxica la narrativa populista del presidente. El vocero que logró hacerlo bien por un tiempo fue Alfonso Romo, pero las decisiones y palabras del presidente –siempre contrarias a lo que Romo decía– terminaron por hacer polvo su credibilidad. ¿Qué hacer? Tal vez la opción realista para funcionarios como Herrera y Márquez sea explicar en términos que la élite entienda por qué la justicia es más importante para el presidente que la eficiencia, y que ellos están ahí para que no se olvide de la eficiencia. En ello, me pareció que Herrera se acerca más a lograrlo que Márquez, porque logra explicar y justificar a su jefe mejor que su colega de Economía, quien no logra articular mensajes claros.

• Un llamado a la acción creíble. En el caso que nos ocupa, el llamado a la acción debe construirse desde una posición de humildad y respeto para cerrar la brecha de confianza y credibilidad y hacer equipo: “estamos esforzándonos para llegar a donde todos queremos, vemos que las cosas no son tan fáciles como pensamos inicialmente, nos está costando trabajo y por eso necesitamos de su participación, confianza y apoyo”. Lamentablemente, ese tono no está presente en los discursos de los dos principales funcionarios económicos. Arturo Herrera habla con una sonrisa y un tono amable, pero en el fondo su mensaje es que en el mundo hay dos clases de personas: las que piensan que México va mal y las inteligentes que llegan a secretario de Hacienda. Graciela Márquez ni siquiera hace el intento, y cree que lo mejor es decirle a un público escéptico que todo lo que está pasando ocurre porque “no puede haber una transformación con viejas prácticas políticas, el mandato de las urnas fue un cambio y todo cambio puede traer equivocaciones y fricciones.” O, como dicen los propagandistas más silvestres en las redes, “la 4T va”.

Una de las principales carencias de la comunicación de Enrique Peña Nieto fue su falta de empatía con el sentir de la sociedad en momentos clave. Cuando se pensó que sería un presidente exitoso fue cuando hablaba únicamente con las élites de sus “reformas transformadoras”, en los días dorados del “Pacto por México”. Al olvidarse con soberbia de la sociedad, Peña Nieto y sus funcionarios trazaron la ruta del fracaso de su administración. Hoy escucho a Arturo Herrera y a Graciela Márquez, y pienso que hemos transitado al otro extremo: toda la empatía para “el pueblo”, y toda la soberbia y cerrazón para la élite, a la que se le dice que tiene que obedecer, creer e invertir, porque “así son las transformaciones”. ¿Funcionará? A juzgar por las cifras, no.