El discurso de concesión que no llegó | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Paul Hennessy/SOPA Images via ZUMA Wire

El discurso de concesión que no llegó

Donald Trump inició su primera campaña destruyendo las reglas del discurso electoral estadounidense. No es extraño que cierre la segunda vandalizando el “discurso sagrado” que por generaciones le había dado estabilidad y legitimidad a la transmisión del poder entre los dos grandes partidos políticos.

La película Game change (2012) recrea la historia de la candidatura de Sarah Palin a la vicepresidencia de Estados Unidos en 2008. En la escena culminante, John McCain acepta con dignidad que perdió la elección ante Barack Obama y se dispone a dar su “discurso de concesión”, el mensaje que da el candidato perdedor reconociendo el triunfo de su competidor. Pero la rebelde Palin insiste en dar su propio mensaje, e instruye a los redactores de discursos a prepararlo. Steve Schmidt, director de la campaña, se entera, y el siguiente dialogo tiene lugar:

SCHMIDT: Usted no va a pronunciar un discurso, porque el candidato a vicepresidente nunca ha dado un discurso de concesión la noche de la elección. No se trata de usted, se trata del país.
PALIN: Sí, bueno, hay muchas cosas que nunca se habían hecho antes…
SCHMIDT: Gobernadora, este país acaba de elegir al primer presidente afroamericano de su historia, y estamos hablando del discurso de concesión que va a legitimar su sucesión como el próximo Comandante en Jefe. Es una ocasión seria y solemne, y John McCain y solo John McCain va a dar este discurso sagrado. Así ha sido desde el origen de la República y usted, Sarah Palin, no va a cambiar la importancia de esta orgullosa tradición estadounidense.

El protagonismo de Sarah Palin no atentó contra esa “orgullosa tradición” en 2008, pero Donald Trump y su oleada de ira populista sí lo hicieron 12 años después.

Desde la noche del 3 de noviembre de 2020, el mundo entero estuvo en vilo ante una elección que resultó mucho más reñida de lo que todas las encuestas y comentaristas políticos anticipaban. En Estados Unidos, los gobiernos de estados y municipios organizan las elecciones con sus propios estándares. En ausencia de un instituto nacional que organice la votación, cuente las boletas y anuncie al ganador, los partidos políticos y los candidatos son los que, por tradición democrática, aceptan los resultados del conteo que hacen los funcionarios públicos locales, y que van presentándose en los medios de comunicación.

Por eso es tan importante el discurso de concesión. En un deporte sin árbitro, es fundamental que el capitán del equipo que pierde reconozca este hecho, estreche la mano del vencedor y le pida al público que se vaya a casa en paz porque el juego terminó. Desde 1952, el discurso de concesión se transmite en cuanto hay resultados finales, lo que tradicionalmente ocurre la misma noche de la elección. La excepción había ocurrido en el 2000. El entonces vicepresidente y candidato Al Gore tardó 37 días en conceder, pues la votación terminó decidiéndose, luego de un amargo pleito legal, en la Suprema Corte de Justicia. Al final, y pese a toda la polémica, Gore honró la tradición democrática, respetó a las instituciones y reconoció el triunfo de George W. Bush.

Pero Trump es Trump, y como todos los populistas, se ve a sí mismo como un rebelde heroico que lucha contra un sistema con reglas e instituciones diseñadas por una “élite maligna” que conspira permanentemente contra el “pueblo verdadero”. Cuando un populista gana elecciones, es “a pesar” del sistema. Cuando las pierde, es porque el sistema le hizo trampa. Semanas antes de la votación, y ante las encuestas que anticipaban su derrota, Trump anunció que no iba a reconocer los resultados. “Ya veremos qué pasa”, fue su respuesta cuando le preguntaron si aceptaría esa realidad. En sus discursos de campaña atacaba tanto a Biden como al propio sistema electoral y, en especial, al servicio postal, ya que sabía que los electores demócratas estaban votando masivamente por correo de modo anticipado. Su cálculo fue que los primeros resultados lo favorecerían, pero que después el conteo de votos por correo lo haría perder. Su apuesta fue activar la desconfianza de sus seguidores en el voto por correo. De este modo, Trump preparó con premeditación el escenario en el que su derrota podría representarse como un capítulo más de su lucha contra “el pantano” de Washington.

Desde la noche de la elección, Trump comenzó a afirmar sin pruebas que había fraude en su contra. Furioso, el presidente escribió varios mensajes que fueron parcialmente bloqueados por Twitter por considerar que confundían a los ciudadanos con “información engañosa”. El punto culminante de esta estrategia de desinformación ocurrió la tarde del 5 de noviembre, cuando Trump afirmó en rueda de prensa: “si cuentan los votos legales, gané fácilmente, pero si cuentan los votos ilegales, ellos pueden tratar de robarnos la elección”. Entonces, ocurrió un hecho sin precedentes en una elección presidencial: las principales cadenas de televisión cortaron la transmisión en vivo del discurso y explicaron al auditorio que no podían permitir un ataque de este nivel contra la democracia. Ahí quedó clara la importancia de medios de comunicación independientes del poder que se deban más a su audiencia que al presidente en turno.

Con el conteo de votos concluido la noche del sábado 7, los medios de comunicación declararon a Joe Biden y a Kamala Harris ganadores de la contienda. El discurso de victoria de Biden fue como una primera gran dosis de paracetamol para un país inflamado por cuatro años de retórica demagógica. Fue el discurso de un gobernante serio, que entiende que su papel es construir consensos en una sociedad plural para resolver desafíos colectivos. Joe Biden no tiene una oratoria poderosa, y técnicamente su discurso fue una colección desordenada de temas, promesas y frases para los titulares. Pero varias de las frases fueron realmente buenas y el tono, presencia, lenguaje y actitud de Biden no dejan duda de que estamos ante una persona esencialmente sensata y decente. La sola promesa de trabajar para quienes no votaron por él, algo básico en cualquier democracia, pone a Biden en una liga muy distinta a la de Trump. La llegada de la primera mujer de color a la vicepresidencia ofrece nuevas oportunidades para que Estados Unidos reconozca y reduzca el saldo deudor que tiene tanto con las mujeres como con las minorías. El mundo se beneficiará de un liderazgo político estadounidense que no sea reflejo de los peores defectos de su carácter nacional, sino de sus aspiraciones más genuinas.

Donald Trump inició su primera campaña destruyendo las reglas del discurso electoral estadounidense. No es extraño que cierre su segunda campaña vandalizando el “discurso sagrado” que por generaciones le había dado estabilidad y legitimidad a la transmisión del poder entre los dos grandes partidos políticos. Trump cruzó su Rubicón y no se ve factible que se retracte de sus acusaciones, pronuncie un discurso de concesión y coopere con Biden para lograr una transición ordenada. Puede sorprender, pero lo más probable es que se radicalice e insista en su teoría del fraude, tal vez no para quitarle el triunfo a los demócratas, pero sí como estrategia para preparar un nuevo desafío político. Imagino un escenario en el que Trump, respaldado por el republicanismo más ultramontano, se presenta en 2024 con su hija Ivanka como compañera de fórmula. No sería la primera vez que un populista construye una plataforma política a partir de un fraude electoral inexistente. Tal vez en unos meses las librerías de Estados Unidos ofrezcan un nuevo libro de Trump con el sugerente título The mafia stole the presidency from us. Con traducción al español del Fondo de Cultura Económica, la obra encontraría lectores entusiastas a ambos lados de la frontera.