El dilema británico | Letras Libres
artículo no publicado
Ray Tang/Xinhua via ZUMA Wire // Xinhua via ZUMA Wire

El dilema británico

A tres años de que el referéndum sobre el Brexit desatara una crisis política inédita, los votantes del Reino Unido acudirán a las urnas a elegir entre dos opciones que no auguran salidas satisfactorias.

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del populismo demagógico. Y para darse una idea precisa de la magnitud del problema bastaría con echarle un vistazo al amargo dilema al que tendrán que enfrentarse los ciudadanos de Reino Unido en la elección general del próximo 12 de diciembre tras tres años de caos e incertidumbre producidos por el “Brexit”, el divorcio entre la isla y la Unión Europea. Decía Karl Popper que una democracia auténtica es como un experimento científico y que su principal virtud es ofrecerle a los electores un mecanismo para corregir errores lo más rápido posible y sin violencia, es decir, para echar a un gobernante o a un partido cuyas políticas públicas se pusieron a prueba y fracasaron. La monarquía parlamentaria británica, con todo y su sistema de representación directa, es una democracia o una sociedad abierta, para ser más popperianos, ejemplar en ese sentido.

Y es que, a diferencia de otros gobernantes, el primer ministro británico debe afrontar cada día consciente de que una crisis repentina podría acabar con su gobierno de la noche a la mañana. Paradójicamente, esa incertidumbre es la base de la estabilidad que ha distinguido al país desde hace décadas y que lo hizo inmune al totalitarismo durante el siglo XX. Pero como dice el físico David Deutsch –el más serio y brillante de los intelectuales defensores del Brexit– pocas cosas son más ajenas al sistema representativo británico que los referéndums. Y fue precisamente un referéndum el que alteró esa estabilidad tan característica de la isla, pues la separación de la Unión Europea no era un tema prioritario para el electorado: de haberlo sido lo habrían manifestado en una elección general y sus representantes en el Parlamento hubieran avanzado por ese camino de forma ordenada.

Pero lo que sucedió fue exactamente lo contrario. En un arranque de irresponsabilidad imperdonable, el primer ministro David Cameron decidió organizar el famoso referéndum para apaciguar a la minoría euroescéptica de su partido creyendo que el bando proeuropeo, al que él mismo pertenecía, ganaría fácilmente. Es decir, el referéndum le fue impuesto a una ciudadanía desprevenida, y por eso el inesperado resultado desencadenó una crisis política y social sin salida a la vista pero que en tres años le ha costado el puesto a dos primeros ministros, detonando el mismo número de elecciones generales y transformando un tema que en 2015 era secundario en un vía crucis nacional, cuyo desenlace marcará el destino del país durante las próximas décadas. Además, el Brexit abrió la caja de Pandora del populismo demagógico y convirtió a Gran Bretaña en el paciente cero de esta pandemia global.

Ese es el caótico contexto en el que se desarrollará la histórica elección del 12 de diciembre, y que enfrentará a los dos grandes partidos (el Conservador y el Laborista) en su versión más extremista de los últimos tiempos—y quizá de la historia—, pues tanto Jeremy Corbyn como Boris Johnson han emprendido purgas de moderados al interior de sus respectivas bancadas, reemplazándolos con candidatos mucho más cercanos a los extremos que al centro ideológico tradicionalmente favorecido por el electorado británico. En esta tenebrosa era, no es sorprendente que el populismo cuente con un representante en prácticamente todas las elecciones del mundo (Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Le Pen en Francia, Orbán en Hungría, Salvini en Italia, López Obrador en México, etc.) pero lo que sí es insólito es que los dos candidatos punteros en una contienda electoral sean demagogos impresentables. Esa circunstancia es la que llevó a un columnista del Financial Times a escribir que “los locos se apoderaron del manicomio” y que los electores británicos se enfrentan a una elección imposible, y motivó al consejo editorial de The Economist a bautizar los comicios con un título muy dickensiano: “La pesadilla antes de Navidad”, y a llamar a votar por los Liberal Demócratas aunque no tengan oportunidad de ganar.

Y nadie está exagerando. Por un lado, el partido Conservador, alguna vez liderado por gigantes de la talla de Thatcher y Churchill, ha caído en manos de una pandilla de “brexiters” chovinistas encabezados por Boris Johnson, un político famoso por su irredenta mitomanía, su frivolidad, su oportunismo craso y su vacío ideológico. Un hombre sin principios ni valores pero con una ambición tan grande como su narcisismo. Uno de los rostros más visibles de la campaña a favor del Brexit que, sin embargo, y según el ex primer ministro David Cameron, quien fue un testigo privilegiado de su proceso de decisión, jamás creyó realmente en la causa y solo decidió apoyarla para avanzar en su carrera política y cumplir su obsesión de vivir en el número 10 de Downing Street. Quizás el retrato más despiadadamente preciso del personaje sea el que publicó en The Evening Standard el político conservador y exmiembro del Parlamento Nick Boles, quien además trabajó como jefe del gabinete de Johnson cuando era alcalde de Londres, y en el que lo describió como “un mentiroso compulsivo que ha traicionado a todas las personas con las que ha tenido algo que ver: a cada mujer que lo ha amado, a cada miembro de su familia, a todos sus amigos, colegas, empleados y votantes.”

Boris ha centrado su campaña alrededor del Brexit, prometiendo que el Reino Unido abandonará la Unión Europea antes del 31 de enero de 2020 y asegurándole al electorado que después de eso el país podrá cambiar de tema, pensar en otra cosa y mirar hacia delante. Esto es una mentira descarada, porque aunque ese plazo se cumpliera, apenas estaríamos ante el final del principio de la pesadilla, pues aún habría que negociar un acuerdo comercial con Europa. Según el Instituto Nacional de Investigación Económica y Social (NIESR), el trato impulsado por Boris podría costarle 70,000 millones de libras esterlinas a la economía británica durante la próxima década, provocando una contracción del 3.5% del PIB. Y esto sin hablar de lo que sucedería si las negociaciones fracasan.

En el país que prácticamente inventó la excentricidad, Boris siempre había sido un personaje popular, pero desde que empezó el calvario de Brexit, y sobre todo desde que reemplazó a Theresa May como primer ministro, su mitomanía y oportunismo han hecho mella en la percepción de los electores. Según la última encuesta de Ipsos Mori, solo el 33% de los británicos tiene una opinión favorable sobre él, mientras que el 47% lo rechaza. Normalmente, semejantes números, aunados a los tres años de caos provocados por Brexit, a los desastrosos meses de su gobierno (durante los cuales, según la Corte Suprema, suspendió el Parlamento ilegalmente mintiéndole a la Reina en el proceso) y a la década de cruel austeridad impuesta por los sucesivos gobiernos conservadores, bastarían para garantizarle una derrota resonante y holgada. Sin embargo, a cuatro días de la elección, Boris tiene una ventaja de más de diez puntos en todas las encuestas. ¿Por qué? Porque, aunque usted no lo crea, del otro lado hay un candidato mucho más impopular y peligroso.

Por desgracia, el Partido Laborista Británico, alguna vez encabezado por hombres excepcionales como Tony Blair y Clement Attlee, cayó en manos de una secta extremista acaudillada por Jeremy Corbyn, quien hasta hace un par de años no era más que un obscuro miembro del Parlamento que pasó más de tres décadas en los márgenes de la política británica, apoyando causas obscenas y fraternizando con terroristas de toda laya. Los ejemplos sobran pero estos me parecen suficientemente elocuentes: a lo largo de los años Corbyn nunca ocultó su simpatía por los terroristas del Ejército Republicano irlandés, responsables de la muerte de cientos de ciudadanos británicos, y a mediados de los ochenta incluso acudió a un evento en el que guardó un minuto de silencio en honor a un puñado de asesinos de dicha organización. Años después, Corbyn asistió al funeral de uno de los terroristas palestinos que asesinaron a 11 atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972 e incluso depositó una corona fúnebre sobre su tumba. Y en varias ocasiones compartió escenario e incluso invitó al Parlamento a miembros de Hamás y Hezbollah y se refirió afectuosamente a ellos como: “nuestros amigos”.

Corbyn ha sido además un fiel simpatizante de todas las tiranías del mundo, siempre y cuando sean enemigas de Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel y el resto de Occidente. Durante años fue una presencia constante en los canales propagandísticos iraníes desde donde lisonjeaba sin pudor a la teocracia de los ayatolas. En innumerables ocasiones ha fungido como apologista del régimen de Vladimir Putin: culpando a la OTAN de la invasión de Crimea y de la guerra en Ucrania, minimizando los crímenes de lesa humanidad que el ejército ruso y los esbirros de Bashar Al-Assad cometen cotidianamente en Siria, y, al más puro estilo de Donald Trump, poniéndose del lado de Putin y en contra de las agencias de inteligencia de su propia patria después de que dos agentes del GRU (la agencia de espionaje del ejército ruso) trataron de asesinar al exespía Serguéi Skripal en Salisbury, un pacífico pueblito inglés, usando Novichok, un agente nervioso de grado militar, en lo que fue el primer ataque químico en suelo británico desde la Segunda Guerra Mundial.

Previsiblemente, Corbyn es también un gran admirador de los populistas demagogos latinoamericanos y, además de mantener una estrecha amistad con Andrés Manuel López Obrador, durante años fue un leal propagandista del chavismo. Ese entusiasmo quedó inmortalizado en el bochornoso tuit que publicó tras la muerte del dictador venezolano y que me permito traducir: “Gracias Hugo Chávez por demostrar que los pobres importan y que la riqueza se puede compartir. Él hizo grandes contribuciones a Venezuela y al ancho mundo.” Si usted piensa que la crisis cuasi apocalíptica en la que se precipitó Venezuela tras la muerte de Chávez lo hizo reflexionar y cambiar de opinión, entonces no conoce la mentalidad petrificada e impermeable a la evidencia de Corbyn, quien hasta la fecha sigue defendiendo a la dictadura encabezada por Nicolás Maduro.

A todo esto hay que agregar que Corbyn ha mantenido una postura exasperantemente ambigua en torno al Brexit, pues él mismo es un “brexiter” de closet que desprecia a la Unión Europea por considerarla un club capitalista y neoliberal, pero no puede confesarlo en voz alta pues decepcionaría a las legiones de jóvenes ingenuos que lo siguen como si fuera una estrella de rock. El resultado es que el líder de la oposición nunca fue una voz firme o influyente en el tema más importante para el país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el punto más bajo al que ha descendido el laborismo en estos años es la crisis de antisemitismo que lo envolvió desde que Corbyn se convirtió en su líder. El tema es tan vasto y desolador que merecería un texto aparte. Pero citar las consecuencias que ha acarreado basta para darse una idea de la magnitud del problema.

La situación es tan grave que, en un gesto inédito, el gran rabino del Reino Unido Ephraim Mirvis publicó un editorial en The Times asegurando que el odio antisemita “se ha enraizado en el partido como un veneno sancionado desde lo más alto”. Y calificó de “ficción mendaz” la declaración que emitió Corbyn durante una entrevista con el periodista de la BBC Andrew Neil, asegurando que se había investigado cada denuncia y se estaba haciendo todo lo posible para combatir el flagelo. En más de 300 años, nunca un gran rabino británico había intervenido en asuntos políticos de manera tan clara. Y Mirvin habla por la inmensa mayoría de la comunidad a la que representa, pues según una encuesta de Survation, el 84% de los judíos británicos piensan que el Laborista es un partido irremediablemente contaminado de antisemitismo, el 87% cree que Corbyn es personalmente antisemita, el 94% no votará por él y el 47% pensaría seriamente en abandonar el país si se convirtiera en primer ministro.

Esas cifras son todavía más dramáticas si recordamos que el Partido Laborista ha sido el hogar político de la mayoría de los judíos británicos desde hace más de un siglo. Y para cerrar el tema es importante señalar que la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos, una institución autónoma creada por el gobierno de Tony Blair, se vio obligada a lanzar una investigación en contra de Corbyn y su partido. El único instituto político al que la Comisión había investigado en el pasado es el “British National Party”, una agrupación extremista caracterizada por su racismo fascistoide. Por estas y muchas razones más es que el 60% del electorado tiene una opinión desfavorable de Corbyn (el 43% muy desfavorable) mientras que sólo el 22% siente simpatía por él.

Ante un panorama tan obscuro, quizá lo mejor, o lo menos peor, que podría pasarle a Reino Unido sería que Boris Johnson y los Tories obtuvieran un triunfo contundente el próximo jueves y que los Liberales Demócratas (el partido más sensato y apegado a los valores liberales que participará en la contienda) ganaran suficientes asientos para convertirse en una fuerza moderadora al interior del Parlamento. Eso precipitaría la caída de Corbyn y el regreso del Partido Laborista Británico a la moderación. Además, contar con una mayoría clara permitiría que Boris implementara sus absurdas políticas sin poder culpar a nadie cuando fracasen. Si las consecuencias del Brexit son tan desastrosas como muchos creemos, el electorado, como quería Popper, podrá castigar a Johnson activando el mecanismo de reparación de errores que le brinda su democracia, y el Laborismo, ya sin Corbyn en el timón, seguramente volverá a ser una opción opositora a la altura de las circunstancias.

Pero independientemente del resultado de la elección, la moraleja de esta tristísima historia es que caer en las trampas del populismo suele acarrear consecuencias muy onerosas para cualquier nación. Y los británicos tendrán que seguir pagándolas durante muchos años a partir del próximo viernes 13…