El convite de los autoritarios | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Irene Pérez/ Cubadebate. CC BY-NC-SA 2.0

El convite de los autoritarios

La invitación del gobierno de López Obrador a Miguel Díaz-Canel, jefe de Estado cubano, a participar en los festejos del aniversario de la Independencia mexicana, tiene la flagrante intención de dividir el debate público y obligar a tomar partido entre posturas antagónicas.

La invitación del gobierno de Andrés Manuel López Obrador a Miguel Díaz-Canel, jefe de Estado cubano, a participar en los festejos del aniversario de la Independencia mexicana, ocurre bajo ese ya habitual entorno de polarización que distingue cada decisión, cada anuncio y cada intervención pública del presidente, y con la flagrante intención de dividir el debate público, de ahondar o incluso inventar diferencias irreconciliables y obligar a tomar partido entre posturas antagónicas.

Y vaya que tanto México como Cuba tienen necesidad de generar un ambiente turbio como antecedente a ese encuentro, que se realizará en el marco de la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), integrada por 33 países del continente y que este año tiene como agenda principal analizar la propuesta de crear un organismo internacional alternativo a la Organización de Estados Americanos (OEA).

La idea proviene del propio López Obrador, quien en julio pasado, ante diplomáticos de la región y como parte de los festejos del natalicio de Simón Bolívar, soltó la oferta como parte de su crítica a una instancia internacional a la que calificó de “lacaya” de intereses norteamericanos. Y si bien todas las partes que integran la Celac están convidadas a participar de la celebración independentista del 15 y 16 de septiembre, hacer énfasis en el heredero del régimen dictatorial castrista alinea la narrativa del encuentro con esa retórica bipolar también tan cara al gobierno de la Habana, hoy inserta con método y tino en la política internacional mexicana.

Son varios los precedentes que vuelven útil mantener la polarización del debate público, también al parecer en sintonía, o al menos con nada discretos guiños, hacia aquellos países que se han distinguido por mancillar las instituciones y la convivencia democrática: la recepción y cercanía con Nicolás Maduro durante la toma de posesión con que arrancó el actual sexenio, el “rescate” del boliviano Evo Morales cuando intentó ilegalmente extender su mandato, el alojamiento en territorio nacional del ecuatoriano Rafael Correa luego de perder las elecciones, el ofrecimiento de México como sede de los diálogos entre el régimen venezolano y la oposición, los silencios frente a las barbaries cometidas contra la oposición por Daniel Ortega en Nicaragua o los atropellos contra los contrapesos republicanos de Nayib Bukele en El Salvador son algunos casos.

Esta renovada amistad hacia las naciones integrantes del Foro de São Paulo, que ha distinguido a México durante los últimos tres años, se contrapone con el papel crítico y protagonista que se alcanzó durante el sexenio peñanietista tras las denuncias, por ejemplo, de la represión cruenta contra las manifestaciones opositoras a la narcodictadura que lleva más de veinte años instalada en el poder en Venezuela.

El espaldarazo y el protagonismo que desde la narrativa de la Presidencia de México se otorgan a Díaz-Canel llegan en un momento oportuno para el régimen cubano, beneficiado de la tibieza de la Cancillería mexicana ante la represión padecida por opositores que, en buena parte de la isla, se manifestaron entre el 11 y 17 de julio pasados contra la falta de alimentos, la ineficacia en el manejo de la pandemia del supuesto sistema ejemplar de salud castrista y la falta de libertades, en un despertar ciudadano como no se había visto en décadas.

La protesta pacífica pero enérgica reunió a decenas de miles de mujeres y hombres que, al llamado de “Patria y vida” (porque el ya rancio “Patria o muerte” deja nulas alternativas), fueron apaleados y mancillados por un régimen que se ensañó contra liderazgos políticos y sociales, contra la ciudadanía indefensa, a sabiendas de que el mundo asistía en vivo a lo que ocurría. Todo ello con Díaz-Canel al frente, que salió a recorrer las calles para supervisar, al parecer –porque fue la única intervención del Estado que se vio en esos días–, que las palizas y los abusos estuvieran a la orden del día. 

La conmemoración de libertad del grito de Dolores y el desfile que celebra la Independencia de México serán, de este modo, coreados y acompañados por parte de esa comitiva que no soporta otra voz que no sea la propia, ni tolera o permite la expresión libre de ideas; que inhibe, prohíbe o castiga la participación ciudadana, ya sea cívica o electoral; que reduce de manera brutal o quirúrgica las instituciones hasta volverlas serviles o intrascendentes: esos aliados de los que hoy se rodea el gobierno mexicano en su intento por desmontar instituciones que, como la OEA bajo la batuta de Luis Almagro o el INE con Lorenzo Córdova a la cabeza, son referentes democráticos frente al autoritarismo que padece parte de Latinoamérica.

Este autoritarismo no podrá contenerse, mucho menos revertirse, desde posturas que, en el otro extremo, voltean hacia perfiles inscritos en el orden republicano pero que apelan a una polarización del debate público, como la que ofrece el neofranquismo de Vox en España. Tampoco por un desgaste institucional como el que impulsa Bolsonaro en Brasil, por una radicalidad como la que generó Trump o por una indiferencia pasmosa e indolente como la que pareciera perfilarse con la era Biden en Estados Unidos.

Mucho menos por quienes, desde la construcción de narrativas que promueven y celebran la violencia en el debate público, son incapaces de ofrecer otra alternativa que aquella que tarde o temprano termina en más violencia, tal y como retrata con claridad y precisión Anne Applebaum en El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo (Debate, 2021), para los casos de Polonia y Hungría.

México ha sido en los últimos años, y será durante los siguientes días, el escenario de un desfile de autoritarismos en potencia o de facto, consecuencia de un gobierno que tiene claridad sobre cómo moverse en las aguas turbias del debate público crispado, que sabe cuáles son sus principales contrapesos y por ende, sus mayores enemigos: los espacios nacionales o internacionales de la moderación, el diálogo, la preservación y promoción de los derechos humanos y la defensa de las libertades; el centro político al que incluso parte de la oposición ha renunciado.