A dos años, un predicador pero no un líder | Letras Libres
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Foto: Presidencia de la República

A dos años, un predicador pero no un líder

Al final del primer tercio de su administración, la promesa de una profunda transformación se ha quedado en un discurso reiterativo sobre la necesidad de una regeneración ética de la sociedad y del gobierno. Mientras, la salud, la economía y el combate a la violencia siguen siendo grandes pendientes nacionales.

Hace un año, Andrés Manuel López Obrador aseguraba que para diciembre de 2020 estarían establecidas las bases para la construcción de una nueva patria y que el cambio en el rumbo del país sería irreversible. Sin embargo, al final del primer tercio de su administración, la promesa de una profunda transformación de la vida pública de México se ha quedado en un discurso reiterativo sobre la necesidad de una regeneración ética de la sociedad y del gobierno, mientras la salud, la economía y el combate a la violencia siguen siendo los grandes pendientes nacionales.

Primero como candidato y luego como presidente –pese a que el Banxico ajustaba periódicamente a la baja sus proyecciones de crecimiento del PIB–, López Obrador decía estar convencido de que en su sexenio la economía crecería un 4% anual. En lugar de ello, la recesión y el estancamiento económico definieron el estado de las finanzas públicas, tras la cancelación de importantes proyectos de infraestructura, la caída en la confianza empresarial y el desplome en la inversión privada ante la falta de certidumbre.

La economía mexicana se contrajo 0.14% en 2019, mientras que en el contexto de la crisis por la pandemia de covid-19 la caída podría alcanzar 9.3%. No obstante los más de 106 mil muertos por covid-19 y los 12 millones de empleos perdidos en el primer tercio del año, el presidente ha declarado que a su gobierno la actual crisis le ha venido “como anillo al dedo”, pues le ayudará a afianzar la transformación que busca concretar en el país.

Para hacer frente a la violencia y la criminalidad, a inicios de esta administración se prometió que se pondría en marcha un paradigma de seguridad pública radicalmente distinto al aplicado en los sexenios anteriores. Se abandonaría el uso de la fuerza como estrategia para golpear al crimen organizado, mientras que la generación de fuentes de empleo, junto con la dispersión de recursos por la vía de programas sociales, serían suficientemente contundentes para atacar las causas profundas del auge delictivo, reduciendo en forma significativa, la base social construida por los grupos criminales.

La pacificación del país no llegó pese a la militarización de facto que significó la creación de la Guardia Nacional. Muy temprano, el entonces secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, fijó un plazo de seis meses para que pudiera advertirse “un punto de inflexión en la tendencia creciente de los índices de criminalidad en el país”. Sin embargo, los dos últimos años han sido los más violentos y con mayor número de homicidios dolosos y feminicidios de los que se tenga registro.

Además de la claudicación del gobierno ante el poder de los cárteles del narcotráfico que significó la orden presidencial de liberar a Ovidio Guzmán Loera, capturado por fuerzas federales en Culiacán, Sinaloa, organizaciones criminales han suplido la ausencia de autoridad y se han colocado como benefactores en al menos 15 entidades, mediante la entrega de apoyos a comunidades marginadas aún más empobrecidas por los efectos del confinamiento. La respuesta de Palacio Nacional a los delincuentes ha sido el regaño, el llamado a “portarse bien” y sostener que tales acciones no ayudan; que lo que de verdad ayuda es “que le tengan amor al prójimo, […] que no le hagan daño a nadie, […] que piensen en sus familias, sobre todo en sus madres y en el sufrimiento que les provocan”.

Muerto sobre muerto, ya sea a causa de la violencia, la pandemia de covid-19 o la interrupción de tratamientos a pacientes oncológicos, el discurso de López Obrador no suele dolerse de las víctimas, sino que hace que la atención se centre en él y en su idea de que lo critican porque “esto ya cambió”, en lo que revela una desproporcionada preocupación por su imagen.

Esta propensión narcisista a identificarse a sí mismo como la conciencia de la nación y plantear prejuicios y puntos de vista como sinónimo de los intereses del pueblo lo ha llevado a presentar, en sincronía con sus dos años en el poder, la Guía ética para la transformación de México, un documento al que originalmente llamó “Constitución Moral” y cuya redacción fue coordinada por su jefe de propaganda, Jesús Ramírez Cuevas.

Preocupado por la transformación del país y el bienestar del alma de los ciudadanos, este pequeño recetario para la felicidad de 34 páginas constituye un intento de su autor intelectual por normar la vida privada de sus gobernados. Con el escudo nacional, la tipografía y las imágenes distintivas del gobierno, el presidente y los suyos reconocen no una profunda crisis económica y sanitaria, sino una crisis ocasionada por la pérdida de valores culturales, morales y espirituales, de modo que prescriben a las víctimas de la violencia otorgar el perdón a sus victimarios y a los criminales y corruptos redimirse por medio de la reflexión.

De particular relevancia es el apartado dedicado al respeto a la diferencia y a evitar imponer nuestro mundo al mundo de los demás, cosa que, a decir de Eduardo Caccia, no es practicado por el patrón de los escribas. Como lo ha expresado antes Jesús Silva Herzog-Márquez, el presidente abre las puertas del Palacio a quien lo abraza, llega hasta el último rincón del país para recibir veneración, pero al crítico le da la espalda, porque nadie que no sea seguidor suyo expresa un interés legítimo. Y más aún, su maniqueísmo moral ha hecho escuela, pues sus seguidores siguen su enseñanza y la ponen en práctica tras beber el veneno de su prédica diaria, de la que se desprende que solo una mitad del país es valiosa. La otra es perversa y no merece siquiera ser escuchada.

El presidente agrede y descalifica todos los días a todo aquel que no piense como él; el mensaje que manda a quienes le apoyan es que quien disienta del gobierno es enemigo y hay que atacarlo.

Luis Rubio observa que López Obrador llegó al gobierno hace exactamente dos años convencido del primer planteamiento: todo está mal y hay que destruirlo todo. Lo serio de esto es que el proyecto de nación del presidente parece animado por motivaciones viscerales como el odio, el ánimo de venganza y el ansia de poder. Ese odio que se prodiga todos los días desde la tribuna presidencial va cerrando los espacios para el debate y la confrontación de ideas.

Bien le haría a Andrés Manuel López Obrador, inclinado siempre a exaltar su propia rectitud moral y mirar con desdén la crítica de otros, leer la página 20 de su Guía y entender que el poder y la autoridad no tienen sentido cuando solo se usan en provecho propio y de un proyecto personal.