¿Por sus transiciones los conocerás? No necesariamente | Letras Libres
artículo no publicado

¿Por sus transiciones los conocerás? No necesariamente

El actual periodo de transición entre administraciones es novedoso por el protagonismo que ha tenido el presidente electo. Pero las esperanzas y preocupaciones que ha generado la etapa preliminar no tienen por qué indicar cómo será el gobierno.

Un día sí y otro también, las acciones y “decisiones” de López Obrador en este periodo de transición inquietan, agitan, asombran, preocupan, alegran, desconciertan y/o tranquilizan. Algunos incluso ya aventuran que, a este ritmo, el 1 de diciembre más que “toma de posesión” va a ser “informe de gobierno”. Pero, ¿qué es exactamente lo que nos destantea? que esta transición es muy novedosa. 

Tradicionalmente el periodo de transición, entendido como el tiempo transcurrido entre principios de agosto, cuando se hace la declaratoria de “presidente electo”, y el 1 de diciembre, cuando el nuevo presidente toma protesta, era un periodo de silencio y recogimiento del presidente electo. Antes de Fox, las transiciones entre priistas se resolvían calladamente, supongo que porque “todo quedaba en familia” y no era sino hasta los primeros cinco días de diciembre que nos enterábamos de quiénes iban a ser los miembros del gabinete. 

Buscando en internet noticias entre el 2 de julio y el 30 de noviembre del año 2000, que den cuenta de los trabajos de transición Zedillo-Fox, Google arroja menos de setenta resultados en los que se mencione al en ese entonces presidente electo, Vicente Fox. Entre lo más relevante de esas fechas destaca que el 17 de julio “se filtraron” los nombres de su equipo de transición.  Y que no fue sino hasta el 23 de noviembre, siete días antes de su toma de protesta, cuando presentó al primer bloque de su "gabinete plural". (¿Se acuerdan de ese gabinete Montessori?) 

Los periodos de transición Fox-Calderón, Calderón-Peña Nieto estuvieron marcados por ¡oh sorpresa! López Obrador. El conflicto postelectoral de 2006, los campamentos de Reforma y los preparativos para la unción de la presidencia legítima ocuparon todos esos meses de acostumbrado silencio. La transición Calderón-Peña Nieto estuvo marcada nuevamente por las acusaciones de fraude electoral que hizo el Movimiento Progresista, liderado por el hoy presidente electo. Estos meses fueron los tumultuosos tiempos de la comisión de vigilancia ciudadana de #YoSoy132 y el caso Monex. Acá todavía puede leerse una explicación a cuatro manos –escrita por Claudia Sheinbaum Pardo y Carlos Ímaz Gispert– sobre “El fraude electoral en favor del PRI: un monstruo de dinero con mil cabezas”. En esa transición, Peña Nieto nombró a su equipo de transición hasta el 3 de septiembre y anunció a los miembros de su gabinete un día antes de tomar posesión

No era necesario ser un físico cuántico ni un sesudo analista político para intuir que AMLO no iba a hacer una transición discreta, ni dejar vacíos de poder que pudieran hacerle perder el impulso de 18 años de campaña entre esa noche del 1 de julio cuando supimos que había resultado ganador y el día en que tomará posesión. 

Ahora bien, todas las esperanzas y/o preocupaciones que ha generado este movido periodo de transición, ¿son indicios de cómo se va a desempeñar su gobierno? No estoy segura. Y permítanme hacer una analogía deportiva (todavía no beisbolera): estas transiciones son como las preparación y calificación al Mundial. Las eliminatorias para clasificar no son indicativas de cómo te vas a desempeñar en el torneo, no importa cuán bien o mal te haya ido en ellas. Piensen, por ejemplo, en México en el Mundial de Argentina 1978. Calificó como nunca (fue ganador del Hexagonal final de la Concacaf), llevaba un equipazo, Hugo Sánchez entre ellos, y la marca Levi´s en la camiseta. ¿Resultado? El peor Mundial de México. El Tri perdió todos sus partidos. Consideren también a Argentina en el Mundial de México 1986: calificó por los pelos y acabó con un Dios y la Copa.

¿A dónde quiero llegar con esto?  A un llamado a la calma. Las preparativos para gobernar no son necesariamente sinónimo de cómo va a acabar gobernándose.