Culiacán desde Colombia | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Fundación Luis Carlos Galán

Culiacán desde Colombia

El episodio de Culiacán recuerda, desde Colombia, a episodios pasados de la larga historia de lucha contra el narcotráfico. La experiencia en ese país recuerda que ese combate solo se gana de la mano de las instituciones.

La noche de 1989 que mataron al candidato a la presidencia Luis Carlos Galán mi madre nos encerró en su cuarto a mi hermana y a mí para que durmiéramos con ella. Mi padre estaba de viaje y a diferencia de todas las noches en casa, cerramos la puerta del cuarto principal en un hogar de puertas abiertas. Fue, imagino, la única manera que tuvo mi madre para reaccionar frente a lo que acababa de ocurrir en el país. El narcotráfico había acabado con la vida del candidato a la presidencia que más fuertemente atacaba a los mafiosos y que prometía un gobierno de mano dura. Esa noche todos tuvimos miedo.

Recuerdo también que una tarde, cuando regresábamos a casa en el bus del colegio, todos quedamos petrificados al ser sacudidos por un fuerte estallido. A solo unas cuadras de distancia una bomba acababa de explotar en un centro comercial de Bogotá. Esa tarde veinticinco personas murieron y setenta resultaron heridas en una bomba del narco. Nos tenían acorralados.

Los que crecimos en la década de los 80 y 90 en Colombia tenemos claro el rigor de la guerra en contra del narcotráfico. Unos más cerca que otros, pero no hay colombiano vivo en esa época que pueda decir que, de alguna manera, no fue tocado por la guerra sin cuartel que los cárteles de Cali y Medellín le declararon al Estado para imponer su ley de mafia y terror.

Bombas, amenazas, muertes. Ese fue el lento minuto a minuto de esta nación que incluso fue catalogada por la revista Time como un Estado fallido producto de sus narcogobiernos, narcoestados, narcopolíticos y narcotraficantes. Fueron años en que se perdió hasta la ilusión. Los narcos acabaron con todo lo que encontraron, incluso con la valiente prensa que se atrevió a denunciarlos, como fue el caso del diario El Espectador que fue reducido a cenizas por exponer los vínculos del negocio del polvo blanco con los políticos.

Aún treinta años después, Colombia sigue en la pelea contra el narco. No hemos ganado la guerra pero por lo menos ya no la estamos perdiendo. Aunque hoy por hoy tenemos más de 200,000 hectáreas de coca cultivada, en gran parte por la permisividad que se otorgó en medio del proceso de paz, está claro que esta sociedad no está dispuesta a volver a dejarse someter por los capos de la droga. El sacrificio de nuestras fuerzas armadas y la voluntad de las mayorías de elegir gobernantes dispuestos a dar la pelea de frente ha permitido dar pasos contundentes hacia la construcción de una mejor sociedad. De los procesos electorales en el país se puede decir todo menos que un presidente haya sido elegido bajo la bandera de claudicar contra el narcotráfico. Todo lo contrario.

Cada país vive como puede la pesadilla del narco. En Colombia aún se viven destellos de la narcocultura, somos campeones mundiales de la exportación de narcoseries y telenovelas de tetas, coca y paraísos, pero también es cierto que hemos aprendido a exigirle a nuestras autoridades mano dura cuando corresponde y, al mismo tiempo, hemos entendido que es necesario darle la bienvenida a la mano amiga de la comunidad internacional cada vez que las circunstancias nos sobrepasan.

El episodio de la fuga del hijo del Chapo la semana pasada hizo que muchos en Colombia viéramos en vivo y en directo desde Sinaloa una película que ya vivimos acá; la mala noticia para ustedes es que esa guerra solo se gana de mano de las instituciones y el convencimiento de que nada justifica al narcotráfico, su cultura y su violencia. Vencerlo, o por lo menos detenerlo, tiene un enorme precio y toma mucho tiempo y vidas, pero lo importante es arrancar con mandatarios que así lo entiendan.

A los que miramos los toros desde la barrera aún nos queda por entender si Andrés Manuel López Obrador es un mandatario que tenga claro su momento en la historia o si quiere asumir el compromiso que le corresponde frente a esta lucha. Su falta de discurso contundente deja dudas sobre su discernimiento ante lo que todos acabamos de ver: una ciudad rendida a los pies de los narcotraficantes y una sociedad vencida. Un jefe de Estado desorientado, a quien pareciera que los hechos lo hubieran dejado atolondrado a punto del knockout. Bajar la cabeza al narcotráfico, como lo hizo AMLO, manteniendo discursos de flores y abrazos, es perder la guerra desde el vamos; los mafiosos solo saben decapitar.