Cartografía del Extremo Occidente | Letras Libres
artículo no publicado

Cartografía del Extremo Occidente

Wilfrido H. Corral

Cartografía occidental de la novela hispanoamericana

Quito, Centro Cultural Benjamín Carrión, 2011, 388 pp.

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El error del acierto (Contra ciertos dogmas latinoamericanistas)

Valladolid, Ediciones de la Universidad de Valladolid, 2013, 262 pp.

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Condición crítica. Conversaciones con Marcelo Báez Meza. Crítica revisada

Quito, Antropófago, 2015, 384 pp.

 

Para la crítica hispanoamericana y no solo para ella, sino para los estudios sobre América Latina dispersos a lo largo de las universidades de los Estados Unidos, el ecuatoriano Wilfrido H. Corral ha jugado un honorable papel, similar al de Tzvetan Todorov y Antoine Compagnon en Francia y a algunos de los teoréticos norteamericanos arrepentidos de haber profesado el deconstruccionismo y otras aberraciones, a quienes hoy vemos recorriendo aquel desierto académico en busca del paraíso perdido de la literatura del que salieron orondos, rescatados del “humanismo” por la Teoría. Hace cuarenta, treinta, veinte años. Pero no es, me parece, que Corral sea exactamente un arrepentido; más bien es un crítico pensante, alérgico a los dogmas, quien ha sido capaz de asumirlos y de abandonarlos.

Empiezo recordando la magna obra que Corral recopiló junto con su colega comparatista y estudiosa del Brasil, Daphne Patai, Theory’s empire. An anthology of dissent (2005), un verdadero parteaguas en la resistencia frente a aquella Teoría cuyas pretensiones resultaron tan descomunales que tornaron innecesaria la portación del apellido “literaria” pues ella era, solipsista, un mundo cerrado que secuestró y sustituyó a la literatura. . Por su supuesto que la Teoría, con su avidez presupuestal frente a las ubres académicas y sus mutaciones políticas basadas en el Resentimiento ideológico, sobrevivirá pero no en balde, tras Theory’s empire, se rompió el hielo y empezaron a regresar del frío no pocos arrepentidos, tiritantes y acatarrados.

Para quien no la conozca, gloso, a la brevedad y a mi manera, algo de aquella antología monumental, que comienza resaltando el carácter de palimpsesto de esa Teoría, de ardua definición cabal pues su primer triunfo fue desafiar la lógica formal. En los años setenta, el primero de los grandes arrepentidos, René Wellek, cuando denunció “la destrucción de los estudios literarios”, señaló los síntomas que fueron mutando en pandemia: abandono de la estética, negación de las relaciones de la literatura con la realidad (para la cual hubo de pedir el auxilio de no pocos lukacsianos jubilados), indistinción entre la poesía y la prosa que la criticaba (homogeneizada bajo la odiosa etiqueta del “texto”), abandono relativista de las nociones elementales de la verdad y en fin, la “invención” cultural como génesis de cualquier obra o movimiento. Un gran crítico, como el irlandés Denis Donoghue, una de las plumas convocadas por Corral y Patai, fue el primero en aquella antología en poner a Derrida en la mira, al gran fantoche, al perseverante oscurantista.

En cuanto al llamado “giro lingüístico”, sin negar su impacto en la historia de las ideas del siglo pasado, acabó por hacer de la literatura un sinónimo del lenguaje y consecuentemente ello la desarmó, como en los peores momentos del realismo socialista, ante la política. Es la época del peor Barthes (“El lenguaje es fascista”), tan horripilante que él mismo desertó de su Escuela y se regresó a la vera de Chateaubriand en ultratumba, donde estaba cuando, paradójicamente, murió en 1980. Otro caso reseñado en Theory’s empire es el del deconstruccionista Paul de Man, cuya pasión juvenil por el rexismo belga (la variante local del fascismo) obligó a sus sicofantes a recurrir –entonces sí, pues se les estaban quemando las castañas en la estufa– a la calumniada diferenciación humanista entre vida y obra. Se equivocaron, según yo: es más interesante el ocultamiento (la persona) de De Man que su contribución a la Teoría. No en balde en Theory’s empire aparece J. G. Merquior quien estableció la tendencia –que no regla– de la Teoría a devenir en política antiliberal, sea de izquierda o de derecha.

El coctel de la Teoría, nos cuentan Corral y Patai a través de sus antologados, fue aderezado con la identidad, convocando a las partes a devorar el todo. Fue expulsada del discurso la infamada cultura occidental y ponderadas toda una serie de víctimas suyas, reales o imaginarias: los negros, las mujeres, los homosexuales, los latinoamericanos, los orientales, lo cual los convertía –gracias en parte a la discriminación de estos “desheredados”– en autores de obras moral y políticamente superiores a las hegemónicas, contradiciendo, desde luego, la autonomía, la asepsia y la indeterminación del texto. Nada tontos, algunos teoréticos se sirvieron de la “intertextualidad” para saltar a lo que en pseudoespañol llaman la “agencia” política, es decir, el orden del día militante, el llamado a filas. Se sirvieron para hacerlo, de Foucault, gran tratadista de sabor clásico, politólogo originalísimo e historiador fraudulento como lo prueban las correcciones sin fin a las que han sido sometidos, por verdaderos especialistas, sus compendios sobre la locura o la sexualidad.

Finalmente, Corral y Patai abordan la deformación de las ideas de Saussure y el conocido fraude denunciado por Sokal y Bricmont en 1997 del uso ignaro que hacían los maîtres à penser de las ideas científicas. Concluyen, respaldados en Frank Kermode y Wayne C. Booth, que en los Estados Unidos y en sus colonias profesorales, cuando se enseñaba literatura se enseñaba todo menos literatura. A Corral le quedaba completar la tarea y llevar esa tarea de demolición intelectual a nuestro dominio a través de Cartografía occidental de la novela hispanoamericana (2011), El error del acierto (2013) y Condición crítica (2015), así como Bolaño traducido: nueva literatura mundial (2011) y Vargas Llosa, la batalla en las ideas (2012).

Ha sido interminable la discusión, entre colegas, de quien acuñó primero, si Arturo Uslar Pietri, Octavio Paz o alguien más, la expresión “extremo occidente” para subrayar a la vez la excentricidad y el occidentalismo de las letras americanas.[1]

Corral no tiene dudas de que la nuestra es una literatura occidental, no solo por razón de la lengua hablada y escrita sino porque, después del boom y su debatido particularismo, al que dedica demasiadas páginas en Cartografía occidental de la novela hispanoamericana, la única diferencia de fondo entre nuestras novelas y las del resto de Occidente es que su apogeo fue simplemente posterior. Yo diría, si interpreto bien a Kundera citado en ese libro, que como él, checo, sus amigos “boomistas” llegaron con ventaja pues Joyce y Faulkner y Musil ya los estaban esperando en el escritorio. Creo, aun,  que Corral no se separa lo suficientemente de Rama y va a buscar a la sociología y a la estilística lo que en mi opinión está en una suerte de historia filosófica de la literatura. Yo no creo que la ontogénesis de la cultura latinoamericana sea solo nuestra.

Nuestra otredad, en mala hora subrayada por el admirable Todorov, creó una interminable comedia de enredos identitarios.[2] Sostengo que la única diferencia de fondo entre el encuentro entre bárbaros cristianos y romanos paganos durante los primeros siglos de nuestra era o entre Marco Polo y los chinos, radica en que la conquista de América es muy reciente, apenas fue hace cinco siglos y que al contar con una amplísima documentación histórica, le damos una excentricidad más temporal y geográfica que ontológica. Lo prueba la inicial coexistencia pacífica de las “repúblicas de indios” antiaztecas con los conquistadores españoles a quienes sirvieron. El mestizaje, hoy tan denostado en México, se sirvió, como siempre en la historia, de la violencia.

Con Ángel Rama, Corral desarrolla la contradicción entre la aparición de los boomistas como nuevos artífices de la novela contemporánea mundial y la perseverancia de los críticos locales (y de no pocos profesores estadounidenses) empecinados en destacar, a la vez acomplejados y supremacistas, nuestra peculiaridad identitaria, sobre todo a través del “realismo mágico”, pomada de uso múltiple que, epígonos aparte, desapareció, una vez cumplida su misión, poco después de Cien años de soledad. La Revolución cubana y su alianza con el boom hasta el caso Padilla convirtió a los paradigmáticos Fuentes y Vargas Llosa en escritores mundiales, hijos no solo de sus lecturas “occidentales” sino de la gran literatura latinoamericana de las generaciones anteriores, dice Corral, desde Ramos Sucre y Darío hasta Rulfo y Carpentier. Sin Macedonio, insiste el crítico de Guayaquil (1950), en Condición crítica, no hay Bolaño. Ya éramos Occidente desde entonces pero hubo de actuar el poder comercial de la novela para atraer la mirada sobre nosotros. A lo lejos, Sartre y Beauvoir, par de turistas, visitando al Che o a Castro, en la isla, son un detalle pintoresco frente a la recia personalidad de un Julio Cortázar y un García Márquez.

El error del acierto, me parece, es el eslabón que une a Theory’s empire con la Cartografía corraliana. Como ocurre con Harold Bloom (a quien Corral no tiene en mucha estima a pesar de los esfuerzos del viejo por ilustrarse en nuestras letras tras el deslinde de Roberto González Echevarría, su asesor hispanoamericano en El canon occidental ), a veces Corral, víctima del claustro, se olvida de que su público va más allá del aula, pero casi siempre regresa para dar en el blanco. También, lo noté en los ensayos revisados en Condición crítica, Corral a veces escribe atropelladamente, como si tuviese prisa en ajustar su ponencia al tiempo que se le asignó.

Los famosos “estudios culturales hispanoamericanos”, afirma el ecuatoriano, no son ninguna de las tres cosas que anuncian ser, sino una suerte de empleada doméstica –la comparación es mía– al servicio de la Teoría y su nómina de profesores, doctorandos y estudiantes. Lo que allí se estudia es un cajón desastre donde por cultura no se entiende lo que dicen los antropólogos que es (Lévi-Strauss incluido) sino una agenda dedicada al examen culpígeno de la opresión política, sexual y económica por letrados escasamente instruidos en las culturas que estudian.

Corral se pregunta por qué escasean los estudios culturales sobre Julio Iglesias o sobre Plácido Domingo: uno pertenece al jet set, el otro a la música clásica y su popularidad está fuera del canon del buen salvaje.  Por ello, a Corral le atrae mucho Carlos Monsiváis, quien a diferencia de otros de los estudiosos culturales (aunque el cronista mexicano lo fue por vocación y no por interés universitario) se servía de un corte transversal que abarcaba casi toda la cultura, fuese popular y elitista.[3] Corral, humorístico, termina preguntándose qué harían los estudios culturales con un cuento como “Sensini”, de Bolaño, sobre aquel ganador compulsivo de premios literarios provinciales en la España anterior a la crisis de 2008.[4] En El error del acierto, Corral entierra a Derrida, al spanglish y sus perogrulladas y concluye con algo más serio: la “novela de Rigoberta Menchú”, una comedia que lejos de despreciar la injusticia secular de la que los indígenas son víctimas, retrata a la Premio Nobel atrapada en “un giro cuya ironía no se nos debe escapar”, pues ella “sigue dedicada a reiterar su victimología en el primer mundo cuyos habitantes son causantes de su condición de víctima”, al trucar en individual (y literaria) una memoria colectiva usurpada.

Finalmente, Condición crítica es una larga conversación de Corral con su colega Marcelo Báez Meza, donde asistimos a la escenificación de un género escaso: la autobiografía conversada del crítico literario, a la Steiner, que es a la vez una novela del campus, una lección sobre literatura andina, la actualización de sus antipatías ante Žižek o Rancière, su desconfianza ante san Walter Benjamin tocado por el ángel de la historia y un tributo de admiración de este profesor cuya larga marcha es inconcebible sin sus maestros. Alumno que fue lo mismo de Rama, de Todorov o de Edward Said, Corral siempre tiene para ellos, más allá de las inevitables y profundas huellas del distanciamiento político y teórico, una palabra de aprecio, un gesto de reconocimiento. Wilfrido H. Corral ha seguido la lección de Erasmo, el principio de la facilior lectio: “si tienes dos lecturas en diferentes manuscritos, rechaza la más fácil”. Ya era hora de agradecérselo. ~

 

 

[1] Por cierto, una duda: si algunos profesores gringos se atreven a llamar “poscoloniales” a los escritores latinoamericanos del xix y hasta del xx, ¿por qué no hacen lo mismo con Dickinson, Hawthorne y Melville?, ¿porque sienten culpa de escribir en la lengua colonial por antonomasia o porque “poscoloniales serán los Otros”?

[2] En 2010, al concertar para Letras Libres las conversaciones con historiadores mexicanistas que se convirtieron en Profetas del pasado (2011), le pedí, por correo electrónico, una entrevista a Todorov. Cortésmente se negó, advirtiéndome que se arrepentía de La conquista de América. La cuestión del otro (1982), una temeraria aventura sobre un terreno que no dominaba.

[3]  Por cierto, según creo, fue don Luis Cardoza y Aragón y no Rafael Humberto Moreno Durán el primero en firmar aquel chiste de “la literatura mexicana descansa en Paz”.

[4] Seguramente, ese “estudio cultural”, querido Will, ya se hizo y llegó a las conclusiones que tu profetizas, si no es que peores.


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