El caso Khashoggi: frente a la barbarie | Letras Libres
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El caso Khashoggi: frente a la barbarie

Lo que la opinión pública norteamericana y el Congreso deben sopesar es si la definición del interés nacional debe responder a los intereses ideológicos de Trump y su partido o debe afirmar la voluntad de los ciudadanos.

El desenlace era previsible. Arabia Saudita ha ofrecido una nueva explicación, plausible aunque poco creíble, del crimen del periodista Jamal Khashoggi alegando que en el consulado Saudí en Estambul hubo una riña y al intentar someterle a los miembros del equipo de seguridad Saudí especialmente enviados a Turquía para entrevistarle se les pasó la mano.

Entre mentiras, contradicciones y silencios los saudíes han anunciado el arresto de 18 ciudadanos, el despido de cinco funcionarios de alto nivel, entre ellos un asesor real y el número dos de los servicios de inteligencia, y la continuación de la investigación de los hechos que supervisará el Príncipe Mohamed bin Salman, el principal sospechoso de estar implicado en el crimen.

Obviamente, Donald Trump ha dicho que la explicación es creíble y un buen “primer paso” para resumir la alianza entre EU y los saudíes. Un contubernio que ha sobrevivido por décadas a pesar de que los autores del atentado terrorista del 11 de septiembre eran Saudíes y Osama bin Laden había estado directamente conectado con la familia real. El Reino ha sido el principal aliado en la lucha contra el Estado Islámico, Irán y otros adversarios. También hay razones económicas y financieras que unen a los dos países, los saudíes son importantes clientes en la compra de armamento, fuertes inversionistas en negocios y socios clave para mantener la estabilidad en el mercado de energéticos.

En qué términos se reconstruirá la alianza después de este horrendo incidente va a depender de la reacción del Congreso estadounidense a la estrategia de control de daños del Reino, al informe de los servicios de inteligencia norteamericanos, a la presión que los medios independientes ejerzan sobre las autoridad y a la reaparición de una opinión pública que se niega a ser aliada de un régimen que tortura y mata a sus opositores y persigue a las mujeres que luchan por sus derechos.

La brutalidad del asesinato del periodista que vivía en Virginia y era colaborador del Washington Post en el propio consulado de un país aliado ha replanteado en Estados Unidos el viejo debate sobre quien debe decidir los principios que guían la política exterior del país y quien debe formular los elementos que conforman el “Interés Nacional”. ¿Si la soberanía nacional reside en el pueblo no debería ser el pueblo quien lo define?

Cuando el interés nacional lo exige, se debe pactar hasta con el diablo dice una vieja interpretación de la política exterior basada en la llamada defensa de los intereses nacionales. Pero como bien nos enseñó la guerra de Vietnam la opinión pública puede redefinir el interés nacional basada en los principios y valores de la nación.

Si el gobierno de Canadá pudo expresar su alarma por la detención ilegal de un defensor de los derechos humanos pariente de una familia residente en Canadá, e instar al gobierno Saudí a liberar a las mujeres activistas que luchan por sus derechos sin temor a las represalias, ¿Por qué Estados Unidos no puede hacer lo mismo?

La condena casi universal al asesinato de Khashoggi es inusual sobre todo porque en Arabia Saudí el trato salvaje a los disidentes es rutinario. También ha sido sorprendente la primera reacción de un nutrido grupo de empresas globales y gobiernos amigos que decidieron boicotear un importante foro empresarial que se llevará a cabo en Riad esta semana.

Otra aparente sorpresa fue la decisión del gobierno turco de hacer públicos, gota a gota, los detalles del macabro tormento de Khashoggi. Los expertos en la política del área lo explican como un chantaje para obtener dinero de los Saudíes y concesiones de Trump. El silencio tiene precio.

Mirando hacia el futuro inmediato, lo que la opinión pública norteamericana y el Congreso deben sopesar es si la definición del interés nacional debe responder a los intereses ideológicos de Trump y su partido o debe afirmar la voluntad de los ciudadanos. En las relaciones internacionales no todo es dinero y ejércitos. Si los valores y las normas de un país no sirven de guía para formular políticas, entonces no sirven para nada.