Andrés Manuel López Obrador: La movilización permanente | Letras Libres
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Andrés Manuel López Obrador: La movilización permanente

Sobrevivió a su propia desmesura. Sin apoyo de su partido ni de los medios y con buena parte de la sociedad en su contra por el cierre de Reforma y la parodia de la “presidencia legítima”, Andrés Manuel López Obrador renace de sus cenizas. Cynthia Ramírez explica cómo lo logró sin dejar de ser el mismo de siempre.

El debate presidencial del 6 de mayo lo vi en el Zócalo, en dos pantallas gigantes auspiciadas por el Gobierno del Distrito Federal. Aunque la Plaza de la Constitución no albergaba ni de cerca la concentración de los mítines de Andrés Manuel López Obrador en los últimos seis años, los asistentes, que fundamentalmente se identificaban con el PRD y el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), vitorearon cada intervención de AMLO, tacharon de complot las tres o cuatro veces que las pantallas perdieron la señal televisiva y abuchearon todas las apariciones a cuadro de Enrique Peña Nieto. Terminado el debate, los organizadores anunciaron que Andrés Manuel vendría para festejar su triunfo. Llegó tan rápido que no me dio tiempo de volver a mi lugar con un café. A lo lejos, escuché lo sonoros gritos: “¡Es un honor estar con Obrador! ¡Presidente, presidente!” Ahí estaba el hombre que hace seis años había amenazado con “nada de normalidad política mientras no haya democracia en el país”, quien sin contar con un puesto formal en estructura partidista o institucional alguna tomó durante 48 días desde el Zócalo hasta la avenida Reforma y quien llamó después a la construcción de la nueva república mediante una “Convención Nacional Democrática” (CND) fundacional que habría de nombrarlo “presidente legítimo”. Con este título, conferido a mano alzada en una asamblea multitudinaria, Andrés Manuel mandó al diablo a las instituciones, emprendió una campaña a la Fitzcarraldo que lo llevó a recorrer varias veces el país, redefinió el rumbo de la presidencia de Felipe Calderón, la actuación del Congreso, las decisiones del PRD y logró colocarse de nueva cuenta en la carrera presidencial. El nombre de la película de Mandoki jamás habría sido más atinado para este perfil: ¿Quién es el señor López?

 

El presidencialismo legítimo

Entre julio y agosto de 2006, López Obrador afirmaba que él había ganado la presidencia de la república por más de dos millones de votos. Fundado en esa certeza, llamó a tomar el centro de la ciudad de México con la instalación de 47 campamentos hasta que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación fallara a favor del recuento total de los votos (“¡voto x voto!”).

Con el plantón, Andrés Manuel ganaba tiempo y visibilidad. Aprovechando esos dos elementos, convocó a una convención que tendría como objetivo decidir –junto con los representantes de todo el país que dormían en la plancha del Zócalo– el papel que asumirían en la vida pública de México. Amparado en “la gente”, su autoridad moral y en una muy literal interpretación del artículo 39 de la Constitución, llamó a desconocer el “gobierno de facto” de Felipe Calderón.

Una de las doce resoluciones sobre las que el 16 de septiembre de 2006 se pronunció la CND, contemplaba la posibilidad de nombrar no un “gobierno legítimo” sino una “Coordinadora Nacional de la Resistencia Civil”, así en lugar de un presidente legítimo habría un coordinador nacional de la resistencia. Pero Andrés Manuel llevaba ya muchos años anhelado ese cargo y durante los últimos meses se había dedicado a dar entrevistas en las que afirmaba: “Yo soy el presidente de México”, así que el resolutivo que tocaba esa disyuntiva nominal fue un mero trámite que ese día se resolvió por aclamación: “¡Presidente, presidente!”

Es sintomático que López Obrador haya elegido el título de “presidencia” para continuar su lucha por la “purificación de la vía pública”. De todas las posibilidades, precisamente eligió la figura que a lo largo de la historia mexicana se ha asociado al ejercicio caprichoso y personal de poder. La elección de ese título no fue casualidad, como tampoco lo es el que en ninguna de sus propuestas para acabar con el “régimen caduco”[1] diga, explícitamente, que es necesario ponerle fin al presidencialismo. Él quiere tener la oportunidad de gobernar desde lo que alguien alguna vez llamó “la monarquía sexenal absoluta”. Andrés Manuel busca el poder político; por eso, como señala Martí Batres,[2] no se le verá como candidato a cualquier puesto: “No se trata de hacer una carrera política, sino de disputar la conducción del país.”

 

Frente Amplio Progresista

El 11 de octubre de 2006 se registró ante el IFE el Frente Amplio Progresista (FAP). Saúl Escobar, en este entonces secretario de Relaciones Internacionales del PRD y uno de los diseñadores del proyecto del FAP, dijo a Proceso[3] que al principio la conformación de este frente no fue bien vista por López Obrador, pero “lo retomó cuando se dio cuenta de que el FAP no se reñía con su idea de ser presidente legítimo”.

Constituir un frente parecía resolver dos problemas: por un lado daba a las demandas del movimiento de Andrés Manuel una salida institucional y, por otro, los partidos de la alianza Por el Bien de Todos tenían un marco legal y legítimo (se hacía con la venia de AMLO) para justificar que trabajaran dentro de las instituciones formales a las que López Obrador había mandado al diablo. Originalmente, el Frente “actuaría concertadamente en la lucha competitiva por el poder político”, que es la tarea que atinadamente asigna Schumpeter a los partidos, y López Obrador promovería el bienestar público conforme al principio con el cual estaba de acuerdo todo el movimiento: primero los pobres.

Los temores de Andrés Manuel respecto al Frente no eran del todo infundados: el Frente se movería dentro de un espectro de responsabilidades institucionales, legislativas y partidistas, y él quedaría al margen de la coordinación política. O al menos eso esperaban los legisladores y miembros del PRD. ¿Pero cómo disociar al partido del “movimiento”? El “movimiento” llegó a la LX legislatura encarnado en los 157 legisladores de Convergencia, PT y PRD. Durante el primer periodo de sesiones, portándose “a la altura de las circunstancias” –como les exigía AMLO desde las plazas públicas–, los diputados tomaron por lo menos en dos ocasiones la tribuna (el 1o de septiembre de 2006, impidiendo a Vicente Fox la entrada al Palacio Legislativo de San Lázaro y, meses después, montando la toma de protesta presidencial más caótica que recuerde este país) y los senadores presentaron la iniciativa de Ley de Precios Competitivos, una promesa del gobierno legítimo.

A casi seis años de distancia, Jesús Ortega, dirigente de Nueva Izquierda, me explica durante una entrevista que estas acciones tenían como objetivo resistirse al fraude electoral:

–La diferencia no era si nos oponíamos o no al fraude, sino cómo se era más efectivo en esa resistencia y se ganaban simpatías. La diferencia estaba en el contenido y forma de esas acciones. Una parte de los legisladores pensaba que ese objetivo se alcanzaba presentando iniciativas, legislando, debatiendo. Haciendo que la condición de segunda fuerza en la Cámara de Diputados tuviera un peso que pudiera influir en el rumbo del país. Otra parte tenía –y sigue teniendo– una visión diferente: pocas propuestas, pocas iniciativas, pero sí impugnación constante. La política del testimonio antes de la construcción.

Ortega asegura:

–Se comete un error al tratar de ponerle padrino a las acciones de determinados legisladores. Se asume que AMLO lo ordenó, pero la verdad es que no era así. Algunos pensaban interpretar a Andrés Manuel al hacer cosas descabelladas, pero yo estoy seguro que eran contrarias a las que él estaba pensando llevar a cabo.

Pero cuesta trabajo dar crédito al margen de interpretación al que alude Ortega cuando era el mismo López Obrador quien declaraba:

No le hace que se nos vengan encima los medios de comunicación acusándonos de que somos revoltosos, irrespetuosos y antiinstitucionales. Que digan lo que quieran, pero que tomen la Cámara; además lo pueden hacer, tienen fuero. A [nuestros] diputados federales no les pueden hacer nada de conformidad con la Ley [2 de septiembre 2007].

Si parte de los legisladores pretendía hacerse de una carrera política e institucional al margen de AMLO, él no estaba dispuesto a permitir que se deslindaran tan rápidamente de su causa.

Cuando arrancó el segundo periodo de sesiones, los diputados afines a López Obrador se redujeron a ochenta. Reinaba una especie de “resaca política” y muchos legisladores se preguntaban por qué ellos, que finalmente sí habían llegado a sus puestos a través de las urnas, tenían que legislar para dar visibilidad al excandidato presidencial y a un “gabinete legítimo” con el que además había que compartir la dieta legislativa. Los legisladores y el PRD se dieron cuenta de que marginar a esos doce “secretarios” sería sencillo. La vulnerabilidad del gabinete radicaba precisamente en que el poder de la presidencia legítima se concentraba en AMLO. A los miembros del gabinete jamás se les delegó decisiones o acciones de mayor peso, ni tampoco fueron parte de las giras por el país para organizar los comités municipales del “gobierno legítimo”, que tiempo después acabarían convirtiéndose en las bases de Morena. Achicar al “presidente legítimo” sería mucho más complicado.

 

La movilización como diferencia

Andrés Manuel no es un político de izquierda tradicional. Pero ¿qué lo hace diferente? Sus seguidores apuntan a que esta diferencia se encuentra en la reserva moral y su genuina vocación social; sus críticos más tenaces fundan ese elemento diferenciador en su desprecio por las normas (sobre todo cuando los resultados le son adversos). La diferencia, ciertamente, no es ideológica, pues, al igual que en el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, la semilla del nacionalismo revolucionario se trasmina en cada discurso:

Restauraremos la República al fundar sus instituciones nuevas en una cultura política de libertad, racionalidad y tolerancia. Sobre estos cimientos sólidos y profundos, contra el régimen caduco del privilegio y la injusticia, del partido de Estado y el corporativismo, de la dependencia y la corrupción, levantaremos una nación de mujeres y hombres libres [Cuauhtémoc Cárdenas, 14 de septiembre de 1988].

 

Vamos a refundar la República. Vamos a renovar las instituciones caducas que no representan el interés general del pueblo ni cumplen con el mandato constitucional. Es el momento de las transformaciones de fondo en nuestro país [López Obrador, 2 de septiembre de 2006].

Tampoco lo es la política social. Las prioridades de AMLO y Cárdenas, como jefes de Gobierno del Distrito Federal, fueron el combate a la pobreza y la desigualdad y la protección a grupos vulnerables. Cárdenas lo hizo, durante su brevísimo paso por el GDF, a través de la Dirección General del Sistema de Servicios Comunitarios Integrados y López Obrador a través de la Dirección General de Participación Ciudadana.

El gran elemento diferenciador en la trayectoria de Andrés Manuel ha sido y es apoyarse en la movilización y desde ahí negociar. Para lograr esto, López Obrador entendió desde que era dirigente del PRI en Tabasco que si las estructuras institucionales no funcionaban había que crear otras: “fundar nuevas organizaciones territoriales con cuadros arraigados en las comunidades”[4] y mantenerse en contacto con ellas. Esta misma estrategia la aplicó como dirigente del PRD (con las Brigadas del Sol) y como jefe de Gobierno capitalino con el Programa Integrado Territorial para el Desarrollo Social, que le permitió articular y operar diversos programas de transferencia de recursos monetarios a sectores vulnerables.

Es cierto que para aglutinar este poder de movilización AMLO ha desplegado sus mejores dotes como líder carismático.[5] La campaña presidencial de 2006 se enfocó en un importante sector de la sociedad que durante años ha sido marginado de las promesas, planes y acciones de gobierno. El discurso sencillo y con adversarios definidos de Andrés Manuel; su pasión y voluntarismo, tan alejado de las poses impostadas de un príncipe nacional revolucionario o un intelectual sesentaiochero, congeniaron con las necesidades e intereses de este sector y fueron ellos los que dieron vida al movimiento.[6] Conseguido eso, Andrés Manuel se ha encargado, a lo largo de estos años, de lograr un equilibrio entre la palabra y la acción para mantener la credibilidad de sus seguidores. ¿Cómo lo hizo? Acercándose a su voto duro, reconociendo, instigando y en ocasiones dando forma a las inconformidades ciudadanas. Cada carencia, cada agravio (real o imaginario) fue denunciado en alguna plaza pública. Las reformas electoral, fiscal y energética; el movimiento de la APPO, las elecciones intermedias de la Cámara de Diputados, las delegacionales del Distrito Federal y después las demandas del SME fueron episodios que le dieron elementos y argumentos para que el “movimiento” sumara causas o empezara a luchar desde derroteros diferentes.

 

La movilización como fortaleza

Perdida la elección de 2006, Andrés Manuel comprendió rápidamente su desventaja. Su candidatura le había dado votos y mandatos al PRD,[7] pero él, el líder carismático, había quedado fuera de cualquier organigrama institucional. Todos los que habían alcanzado un hueso tras la elección tenían los incentivos suficientes para, si no traicionar, por lo menos no atender tan diligentemente las demandas de López Obrador. Sumándose a eso, los medios de comunicación, que habían cubierto con sorna las actividades del “legítimo”, empezaron a ignorarlo. Para superar esta posición de desventaja y seguir siendo un actor decisivo, Andrés Manuel hizo de la movilización su fortaleza. Así logró mantenerse en el imaginario social y desde ahí fijó límites a los temas que podrían tocar Felipe Calderón, los legisladores y el PRD. Él no le dejaría sus bases al PRD, ni permitiría que Calderón o el Congreso gobernaran sin él.

Con respecto al presidente, a lo largo de mis entrevistas escucho con frecuencia que la presencia y el discurso de AMLO jugaron un papel decisivo para que Felipe Calderón buscara legitimarse a través del ejército. En cuanto al Congreso, en entrevistas por separado, Ruth Zavaleta, René Arce y Fernando Belaunzarán coinciden en que Andrés Manuel no cree que de él puedan surgir cambios, una desconfianza que seguramente tiene que ver con “ese gen priista” que cree que el presidente debe concentrarlo todo y con el hecho de que “sus” legisladores y el PRD tenían todos los incentivos para marginarlo políticamente. Para que esto no sucediera, López Obrador usó la amenaza de la movilización para condicionar y hacer costosa la toma de decisiones (a perredistas y no perredistas) sobre las reformas fundamentales del sexenio.

La discusión sobre la reforma energética durante 2008 fue quizá una de las crestas más altas de descontento social que López Obrador pudo capitalizar. En enero de ese año, bajo la consigna “se es mexicano o se es traidor” promovió la defensa del petróleo. El 18 de marzo, en el marco del septuagésimo aniversario de la expropiación petrolera y antes de que se presentara alguna iniciativa en materia energética a la cual contraponerse,[8] López Obrador anunció en la Plaza de la Constitución que ya habían tomado la decisión de llevar a cabo un plan de resistencia civil pacífica para defender el petróleo “en caso de que las cúpulas del PRI y del PAN decidieran cometer traición a la patria”. La presión de las movilizaciones de AMLO obligó a la Junta de Coordinación Política del Senado a acordar veintiún foros. De cualquier manera, estos no impidieron que los seguidores de AMLO sitiaran el Senado para evitar que se aprobaran los dictámenes que ya habían sido consensuados por todas las fracciones legislativas.

La reforma energética, precisamente, agotó las cortesías que de mala gana llevaban ofreciéndose AMLO y el PRD. Las grabaciones que dio a conocer El Universal en las que se escuchaba a un impaciente Andrés Manuel aclarándole a Navarrete: “El movimiento soy yo”, profundizaron la brecha que se había abierto entre ambos desde comienzos de 2008, cuando López Obrador había declarado abiertamente su preferencia para que Alejandro Encinas dirigiera el PRD. Al año siguiente, para las elecciones intermedias de la Cámara de Diputados y las delegacionales del DF, Andrés Manuel –alejado del PRD y de Jesús Ortega, el nuevo dirigente del partido– hizo campaña a favor del PT y Convergencia. Reforzó su fe en la movilización y puso a prueba sus réditos políticos, logrando con ello descalabrar electoralmente al PRD, quien regresó a la tercera posición en el Congreso y vio cómo un patético Juanito le arrancaba, en nombre del PT, Iztapalapa, su bastión más importante en la capital.

 

“Protagonistas del cambio”

Con solo 39 legisladores afines en la nueva legislatura (2009-2012), Andrés Manuel enfiló sus baterías a fortalecer el Movimiento Regeneración Nacional. En Morena se fusionaban los cuadros que quedaban del movimiento de “resistencia” al fraude electoral, los comités del “gobierno legítimo”, los grupos de defensa de la economía popular y la defensa del petróleo.

Morena, aunque Andrés Manuel dijera lo contrario, era el primer paso para echar a andar una candidatura presidencial en caso de que el PRD se inclinara por Ebrard. El primer “ensayo” de la efectividad electoral de Morena en la elección para gobernador del Estado de México de 2011 fue un rotundo fracaso. Del millón de votos que obtuvo Encinas, Morena solo aportó el 13%. Sin importar esta pifia, en octubre de ese mismo año (treinta días antes de que se llevara a cabo la encuesta que habría de dar como ganador a López Obrador o Ebrard como candidato presidencial de las izquierdas), AMLO presentó formalmente Morena en el Auditorio Nacional. Según los números dados a conocer esa tarde, este movimiento contaba con 2,200 municipios del país, 33,000 comités seccionales y cuatro millones de “protagonistas del cambio”. Ebrard acusó de recibido. Ni él ni Demócratas de Izquierda tenían posibilidad alguna de competir con esa estructura. Andrés Manuel sería el candidato presidencial de las izquierdas.

Durante los últimos meses, la nueva frontera de Andrés Manuel ha sido presentarse (solo) como un candidato. De ahí el discurso amoroso y conciliador, el deslinde con Fernández Noroña, las reuniones con empresarios y el acercamiento con la clase media. Andrés Manuel López Obrador ha comprobado que debe cambiar su discurso para poder ser un candidato con posibilidades. Pero no es la “república amorosa” –cursi, conciliadora y pastoral– la que ha reducido sus negativos, sino su desempeño medianamente eficaz dentro de los márgenes de las instituciones. Andrés Manuel no es ningún “diletante político estérilmente agitado”, ni un alborotador antisistema. Sabe que no hay política sin visión electoral, por eso nunca dejó de ser miembro de un partido y por eso Morena es una A. C. con altas posibilidades de convertirse en uno.

En 2006, López Obrador intentó copiar miméticamente el trauma fundante de la izquierda: un fraude electoral en medio de una elección polarizada contra un gobierno (en esta ocasión panista) que intentaba perpetuarse mediante el “autoritarismo, el desprecio a la voluntad popular, la parcialidad en el juicio y el atropello a los procedimientos establecidos en la ley”.[9] Ahora le toca asumir su responsabilidad objetiva con México y con la izquierda. El 1o de julio (difícilmente) puede ganar, pero de perder debe, a partir de aceptar los resultados, transformarse en el factor que le abra las puertas de la presidencia a la izquierda en un futuro no muy lejano. ~



[1] “Es un régimen podrido, es una inmundicia, y esto solo se puede resolver con un verdadero cambio, con una transformación.”

[2] Martí Batres, Las claves de AMLO, México, Debate, 2008.

[3] Gloria Leticia Díaz, “Nuevo cauce para la resistencia”, Proceso, 17 de septiembre de 2006.

[4] Jorge Zepeda Patterson, “Andrés Manuel López Obrador: La revancha”, Presidente 2012, México, Planeta, 2012.

[5] No olvidemos que los líderes carismáticos no son seguidos a ciegas, sino que son seleccionados intencionalmente por sus seguidores (David Norman Smith, “Faith, reason, and charisma: Rudolf Sohm, Max Weber, and the theology of grace”, Sociological Inquiry, vol. 68, ej. 1, enero de 1998).

[6] En 2006, de los 92 distritos con bajo y muy bajo grado de desarrollo humano, Por el Bien de Todos recibió la mayoría de sufragios en 56, el PAN en 29 y el PRI, que tenía gran parte de su capital político en este tipo de distritos, junto con el PVEM, ganó en 7 (“El voto de la población excluida y marginada”, Alejandro Tuirán G., Reforma, 24-12-2006).

[7] Las dos veces en la historia del PRD que este partido ha logrado ser la segunda fuerza en la Cámara de Diputados lo ha logrado de la mano de AMLO. La primera en 1997, cuando López Obrador era dirigente del partido (se lograron 125 diputados, la jefatura de gobierno del D.F. y las gubernatura de Zacatecas, Tlaxcala y Baja California), y la segunda en 2006, cuando, siendo él el candidato presidencial de la alianza Por el Bien de Todos, se lograron 157 diputados repartidos de la siguiente forma: 127 para el PRD, 13 para PT y 17 a Convergencia. En alguna ocasión Dolores Padierna y Yeidckol Polevnsky señalaron que los legisladores perredistas que habían alcanzado una curul el 2006 se lo debían a Andrés Manuel.

[8] Las primeras iniciativas del Ejecutivo se enviaron al Senado el 8 de abril de ese año.

[9] Palabras de Cuauhtémoc Cárdenas el 14 de septiembre de 1988.